“Brave” Aprendiendo a pedir ayuda en la maternidad

“Brave” Aprendiendo a pedir ayuda en la maternidad

Por qué compartir la carga emocional y aceptar apoyo también es una forma de amor propio

Saben qué me encanta de la película de Disney “Brave”: Mérida es una mujer valiente desde el principio de la historia, decidida y sin miedo a las cosas que normalmente producen temor. Todo empieza con ella galopando a velocidades imprudentes mientras perfectamente apunta con un arco.

En medio de argumentos termina convirtiendo a su mamá en un oso, debido a querer únicamente su independencia y escapar de lo que le corresponde como heredera al trono.

En todo este lío ella tiene que enfrentar a Mor’du (un oso de aspecto monstruoso) que era un príncipe y perdió su humanidad al llevar un tiempo como oso.

Lo hace con valentía, pero le falta sabiduría y fortaleza. ¿Quién se la da? Su mamá. ¿Y a ella? Sus hijos y su esposo. Porque la fortaleza se encuentra al valientemente pedir ayuda. Es aceptar que a veces la carga es muy pesada y que como humanos estamos llamados a la comunidad, no al aislamiento.

No todo el que es valiente es fuerte, ni todo el que es fuerte es valiente

Antes de empezar, necesitamos distinguir dos conceptos que a menudo confundimos: valentía y fortaleza. La valentía es la capacidad de enfrentar situaciones difíciles o peligrosas a pesar del miedo.

Es ese impulso que nos hace actuar incluso cuando temblamos por dentro, como Mérida enfrentando literalmente a un oso en el bosque. La fortaleza, por otro lado, es la resistencia emocional y mental que nos permite sostener nuestro bienestar a largo plazo.

Es la sabiduría de reconocer nuestros límites y la capacidad de mantenernos firmes sin quebrarnos. En la maternidad solitaria, muchas mujeres son increíblemente valientes: enfrentan días agotadores, toman decisiones importantes sin compañía y superan obstáculos que parecerían imposibles.

Pero la valentía sin fortaleza es como un árbol con raíces superficiales: puede parecer fuerte ante la brisa, pero se quiebra con la primera tormenta. La verdadera fortaleza maternal viene de entender que pedir ayuda no es debilidad, sino el acto más valiente de todos.

La independencia no es sinónimo de fortaleza 

La psicología emocional nos enseña que los seres humanos somos criaturas inherentemente sociales. El Dr. John Bowlby, fundador de la teoría del apego, demostró que nuestro desarrollo emocional saludable depende fundamentalmente de nuestras conexiones con otros.

Pero aquí está el problema: vivimos en una cultura que nos dice lo contrario, especialmente a las mamás que crían solas. Nos venden la idea de que ser fuerte significa hacerlo todo sin ayuda de nadie. 

Esta mentalidad de “puedo sola” en la maternidad solitaria se convierte en una trampa: nos hace sentir que pedir ayuda es fracasar. La realidad es exactamente al revés: pedir ayuda cuando la necesitamos no es debilidad, es inteligencia 

Es como Mérida al principio de la película, convencida de que la verdadera libertad significaba rechazar cualquier forma de apoyo o consejo.

Pero su viaje le enseña algo fundamental: la independencia mal entendida puede llevarnos a romper los lazos que realmente nos sostienen. La investigadora y psicóloga Brené Brown, en sus estudios sobre vulnerabilidad y conexión humana, encontró algo increíble sobre esta tendencia. 

Las personas que evitan pedir ayuda frecuentemente sienten mayor ansiedad, depresión y agotamiento porque viven en un estado constante de hipervigilancia y autoexigencia. Cuando nos convencemos de que debemos hacerlo todo solas, nuestro cerebro entra en modo de supervivencia permanente, lo que nos agota emocional y físicamente. 

En el contexto de la maternidad solitaria, esto se intensifica de manera alarmante. Las mamás que crían solas ya enfrentan una carga práctica y emocional alta: son las únicas que toman decisiones, las únicas levantándose por la noche , las únicas presentes en cada momento importante y difícil.

Cuando a esto se suma la creencia de que pedir ayuda es señal de fracaso, el autocuidado materno queda relegado al último lugar de la lista de prioridades. No es que estas mamás no valoren su bienestar, es que han aprendido a creer que sus necesidades siempre deben esperar, que su agotamiento es el precio inevitable de la maternidad solitaria.

Enfrentando a un oso: el costo emocional del aislamiento

Cuando vivimos la maternidad solitaria sin una red de apoyo sólida, pagamos un precio alto en nuestro equilibrio emocional. La Dra. Emma Seppälä, directora científica en Oxford, explica que el aislamiento social tiene efectos comparables al tabaquismo en términos de impacto en la salud física y mental.

Para una mamá criando sola, esto significa que la falta de apoyo no solo afecta su bienestar presente, sino también su capacidad de estar emocionalmente disponible para sus hijos. El agotamiento maternal, conocido en psicología como “burnout parental”, se caracteriza por el agotamiento extremo relacionado con el rol parental, el distanciamiento emocional de los hijos y la pérdida del sentido de logro como mamá.

Este fenómeno se presenta con mayor frecuencia en contextos de maternidad solitaria donde falta una red de apoyo funcional. Es el momento cuando Mérida, después convertir a su mamá en oso, se da cuenta de que ha llevado las cosas demasiado lejos y que necesita más que su propia determinación para resolver la situación.

Sin equilibrio emocional, comenzamos a funcionar en piloto automático. Perdemos la paciencia con facilidad, nos sentimos desconectadas de nosotras mismas y de nuestros hijos, y experimentamos culpa constante.

La psicóloga  Shefali Tsabary enfatiza que una mamá que no practica el autocuidado materno transmite involuntariamente patrones de autoexigencia y desconexión emocional a sus hijos. Nuestros hijos absorben no solo lo que les decimos, sino cómo nos tratamos a nosotras mismas.

El clan DunBroch: la fortaleza está en la comunidad

Uno de los giros más hermosos en “Valiente” ocurre cuando la Reina Elinor, convertida en oso, debe confiar en sus hijos y en su esposo para protegerse y encontrar la solución al hechizo. En ese momento vulnerable, la familia se une de formas que nunca habían experimentado.

De manera similar, cuando finalmente decidimos pedir ayuda en nuestra maternidad solitaria, abrimos la puerta a conexiones más profundas y auténticas. La teoría de la regulación emocional interpersonal, propuesta por el psicólogo James Gross, sostiene que nuestras emociones no se regulan solamente de forma individual, sino a través de nuestras interacciones con otros.

En términos prácticos, esto significa que cuando compartimos nuestras cargas emocionales con una red de apoyo confiable, no solo conseguimos ayuda práctica, sino que nuestro sistema nervioso literalmente se calma y recupera equilibrio. Nuestro cuerpo reconoce que no estamos solas enfrentando el peligro, y esta señal de seguridad permite que nuestros niveles de estrés disminuyan.

Construir una red de apoyo no significa necesariamente tener un ejército de personas disponibles las veinticuatro horas. Puede ser tan simple como una llamada de una amiga, un familiar que cuida a los niños una tarde al mes, o un grupo de mamás que entienden tus dificultades porque atraviesan las mismas.

La clave está en permitirse ser vulnerable y aceptar que pedir ayuda es un acto de fortaleza, no de debilidad. Como el clan DunBroch que finalmente se une para enfrentar a Mor’du, nuestra fortaleza se multiplica cuando dejamos de pelear solas.

De oso a humano

Existe una creencia errónea de que el autocuidado materno consiste únicamente en momentos de spa o escapadas solitarias. Si bien estos descansos son valiosos, el verdadero autocuidado comienza con reconocer nuestras necesidades emocionales y físicas, y tomar acciones concretas para satisfacerlas, incluyendo pedir ayuda cuando la necesitamos.

La Dra. Kristin Neff, investigadora líder en autocompasión, describe tres componentes esenciales de esta práctica: mindfulness (conciencia del momento presente), humanidad común (reconocer que el sufrimiento es parte de la experiencia humana compartida) y auto-bondad (tratarnos con la misma amabilidad que ofreceremos a un amigo). Pedir ayuda engloba estos tres elementos.

Requiere estar conscientes de nuestros límites, aceptar que necesitar apoyo es completamente humano, y tratarnos con bondad al permitirnos recibirlo. En la maternidad solitaria, pedir ayuda se convierte en un acto revolucionario de autocuidado porque desafía directamente la narrativa cultural de la “súper mamá” que puede con todo.

Es decir “merezco apoyo” y “mi bienestar importa, no solo para mí, sino para mis hijos que necesitan una mamá presente y emocionalmente regulada”.

La fuerza para enfrentar lo imposible

Mérida descubre su verdadera fortaleza cuando deja de pelear sola contra Mor’du y acepta que necesita a su mamá. En ese momento crucial, su valentía se transforma en algo más profundo: sabiduría.

Entiende que los lazos que intentaba romper eran precisamente los que le daban la fuerza para enfrentar lo imposible. Para nosotras, como mamás navegando la maternidad solitaria, ese momento de transformación llega cuando reconocemos que el equilibrio emocional no es un estado que alcanzamos en aislamiento.

Es un proceso dinámico que requiere una red de apoyo que nos respalde cuando necesitamos fuerza y nos recuerde quiénes somos cuando nos perdemos en las demandas infinitas de la crianza. La psicóloga Pauline Boss, experta en resiliencia familiar, explica algo fundamental sobre las familias que logran prosperar frente a la adversidad.

Las familias más fuertes  no son las  que evitan pedir ayuda, sino las que han desarrollado la capacidad de buscar y aceptar apoyo de manera proactiva. ¿Qué quiere decir esto en la práctica diaria? Significa que estas familias han normalizado la vulnerabilidad como parte de la vida.

Han aprendido que expresar necesidad no es vergonzoso, sino humano. Reconocen que todos atravesamos momentos en los que la carga se vuelve demasiado pesada para cargarla solos. Esto  no aparece mágicamente, se construye con el tiempo, hablando las cosas con honestidad..

Cada vez que nos atrevemos a decir “necesito ayuda” o “no puedo hacerlo sola”, estamos fortaleciendonos en la vulnerabilidad. Cada vez que aceptamos el ofrecimiento de apoyo de alguien, estamos trabajando en nuestra seguridad emocional.

El heredero al trono

Cuando finalmente nos permitimos pedir ayuda, no solo mejoramos nuestro propio bienestar, sino que también les enseñamos a nuestros hijos que está bien tener límites, que pedir apoyo es sabio, y que la comunidad es fundamental para el bienestar humano.

Pero si nos ven construyendo una red de apoyo saludable, practicando el autocuidado materno y pidiendo ayuda cuando la necesitamos, aprenderán que esas son conductas normales y deseables. Como Mérida enseñando a sus hermanitos a usar el arco, nosotras les enseñamos las habilidades esenciales para la vida.

Y una de las más importantes es saber cuándo pedir ayuda. Al final de “Valiente”, tanto Mérida como su mamá han cambiado. Han aprendido que la verdadera fortaleza no viene de rechazar a quienes nos aman, sino de abrirnos a la posibilidad de encontrar fortaleza en ellos.

Tips para saber cuándo es necesario pedir ayuda

Señales físicas y emocionales:

  • Te sientes constantemente agotada más allá del cansancio normal de la maternidad
  • Experimentas irritabilidad excesiva o lloras con frecuencia sin razón aparente
  • Tienes dificultades para dormir incluso cuando tienes la oportunidad
  • Has perdido interés en actividades que antes disfrutabas
  • Sientes que estás funcionando en piloto automático la mayor parte del tiempo

Señales en tu relación con tus hijos:

  • Notas que pierdes la paciencia con mayor facilidad y frecuencia
  • Te sientes emocionalmente desconectada de tus hijos
  • Experimentas culpa constante relacionada con tu maternidad
  • Tus hijos expresan que te ven triste o cansada frecuentemente

Señales en tu funcionamiento diario:

  • Las tareas básicas del hogar te parecen aburridas.
  • Postergas continuamente citas médicas o necesidades personales
  • Has dejado de socializar completamente o de responder mensajes
  • Sientes que no tienes tiempo ni energía para el autocuidado más básico

Señales en tus pensamientos:

  • Piensas frecuentemente “no puedo más” o “no soy suficiente”
  • Te cuesta imaginar cómo seguir adelante
  • Quieres constantemente con escapar de tus responsabilidades

Cuándo actuar:

Si identificas tres o más de estas señales de manera consistente durante más de dos semanas, es momento de buscar apoyo activamente. Recuerda que no necesitas esperar a estar en problemas para pedir ayuda; la prevención es siempre más efectiva que la intervención.

Escrito por:

Juanita Gomez

Referencias

Bowlby, J. (1988). A Secure Base: Parent-Child Attachment and Healthy Human Development. Basic Books.

Brown, B. (2012). Daring Greatly: How the Courage to Be Vulnerable Transforms the Way We Live, Love, Parent, and Lead. Gotham Books.

Boss, P. (2006). Loss, Trauma, and Resilience: Therapeutic Work with Ambiguous Loss. W.W. Norton & Company.

Gross, J. J. (2015). Emotion regulation: Current status and future prospects. Psychological Inquiry, 26(1), 1-26.

Neff, K. (2011). Self-Compassion: The Proven Power of Being Kind to Yourself. William Morrow.

Seppälä, E. (2016). The Happiness Track: How to Apply the Science of Happiness to Accelerate Your Success. HarperOne.

Tsabary, S. (2014). The Conscious Parent: Transforming Ourselves, Empowering Our Children. Namaste Publishing.

Tomasello, M. (2009). Why We Cooperate. MIT Press.

Roskam, I., Brianda, M. E., & Mikolajczak, M. (2018). A step forward in the conceptualization and measurement of parental burnout: The Parental Burnout Assessment (PBA). Frontiers in Psychology, 9, 758.

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