El texto aborda la adolescencia como una etapa de grandes cambios físicos, emocionales y sociales que puede generar tensiones entre padres e hijos. Se explica cómo la OMS define este período entre los 10 y 19 años, dividido en preadolescencia, adolescencia temprana y tardía. La autora, desde su experiencia como mamá y abuela, destaca que aunque esta fase puede ser desafiante, también es una oportunidad para fortalecer vínculos. Recomienda acompañar a los hijos con paciencia, comunicación abierta, límites claros y, sobre todo, con afecto. El mensaje central es que la adolescencia no debe verse como un campo de batalla, sino como un proceso natural donde el apoyo de los adultos marca la diferencia.
El texto aborda la adolescencia como una etapa de grandes cambios físicos, emocionales y sociales que puede generar tensiones entre padres e hijos. Se explica cómo la OMS define este período entre los 10 y 19 años, dividido en preadolescencia, adolescencia temprana y tardía. La autora, desde su experiencia como mamá y abuela, destaca que aunque esta fase puede ser desafiante, también es una oportunidad para fortalecer vínculos. Recomienda acompañar a los hijos con paciencia, comunicación abierta, límites claros y, sobre todo, con afecto. El mensaje central es que la adolescencia no debe verse como un campo de batalla, sino como un proceso natural donde el apoyo de los adultos marca la diferencia.

¿Cómo afrontar la adolescencia sin morir en el intento?

No soy experta, soy mamá y abuela.

Una famosa expresión popular evoca los sentimientos que despiertan la ternura e inocencia de los niños en su primera infancia, cuando decimos “¡Me provoca comérmelo (a) a besos!”, declaración que, al pasar los años y tratar de entender la psicología de los adolescentes, deriva en esta afirmación “¿Por qué no me lo (a) comí?”.

Aunque esta descripción es un chiste que produce hilaridad y sonrisas, la realidad es que en el mundo actual padres y educadores enfrentan un desafío importante al afrontar las etapas de la adolescencia, esa época reveladora en la que nuestros hijos se van transformando de niños a jóvenes, en múltiples aspectos.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la adolescencia como el período comprendido entre los 10 y los 19 años, cuando se dan natural, biológica, psicológica y culturalmente las fases de desarrollo de la infancia a la juventud.

Para entender mejor toda la avalancha de cambios y nuevas manifestaciones que esta etapa de la vida conlleva, puede decirse que empieza con la llamada preadolescencia o pubertad (aproximadamente entre los 9 y 12 años), seguida por la denominada adolescencia temprana (de los 12 a 14 años) y finalmente, la adolescencia tardía (entre los 14 y los 19 años).

Esta transición ampliamente documentada a nivel científico no resulta tan fácil de asimilar, tanto para los protagonistas (los adolescentes), como para los directamente involucrados (los padres, hermanos y grupo familiar).

En efecto, los que viven en carne propia la experiencia de comprobar cambios significativos en su fisonomía, su voz, su piel, su descarga hormonal, pero, sobre todo, los cambios emocionales en la adolescencia, con todo lo que esta conlleva, empiezan a entender lo que significa crecer y enfrentar el mundo, cuando se les da la bienvenida a “la vida real”.

El pan de cada día de un adolescente típico puede tener los siguientes ingredientes: inseguridades, miedo a tomar decisiones, ciclos cambiantes y repentinos de humor, silencios y explosiones de euforia o irritabilidad, dificultad para socializar, desenfreno y falta de control en gustos y hábitos, sueño excesivo, reacciones y actitudes desconcertantes e impulsivas, mentiras, gritos, llanto, insultos, dramas, choques con papá y/o mamá, insatisfacción frente a la imagen corporal, etc.

Además, episodios más preocupantes y delicados como el tener trastornos de alimentación, depresión, ansiedad, obsesiones, sensación de vacío y sinsentido ante la vida, de no ser queridos, valorados, aceptados, o de no pertenecer a un grupo; auto imagen lesionada, falta de confianza en sí mismos; fobias, fanatismo, manías, adicciones…

Otra característica común en los adolescentes es el afán por querer explorar la rumba, adentrarse en los recovecos de la noche, el probar trago, cigarrillo o sustancias psicoactivas que alteren su estado de conciencia.

Y un aspecto que aflora de manera inevitable en muchos adolescentes es su marcado interés y curiosidad por descubrir y empezar a tener relaciones sexuales, que logran consumar al esconderse detrás de mentiras, relatos fantasiosos, disculpas y justificaciones ante los padres para empezar a vivir lo que saben no les va a ser permitido.

Todos estos cambios en el comportamiento de los adolescentes buscan integrar la personalidad y definir una identidad propia, más allá del modelo de “adolescente ideal” que generalmente solo habita en el imaginario de los padres, abuelos, profesores o figuras de autoridad. El niño que antes no se despegaba de sus padres, hacía berrinches porque lo dejaban solo y dependía por completo de sus mayores, ahora prefiere a sus amigos y anhela tener total autonomía e independencia, sin que le pregunten, lo cuestionen, lo regañen o lo castiguen, o incluso lo maltraten físicamente.

Estas manifestaciones derivan así mismo en cambios sociales en la adolescencia quealteran y afectan la estabilidad y la armonía en el grupo familiar, y en el entorno cultural. Paradójicamente, detrás de esas fachadas de rebeldía, autosuficiencia, altivez, desobediencia e impulsividad, subsiste el enorme deseo de sentirse reconocidos, valorados, aceptados y amados, tanto en su entorno familiar como en el escolar y social.

Para ello presentamos una lista de 7 consejos de salud mental para ayudar a los adolescentes en su plano existencial:

  • Valorar su afán de independencia, el deseo de adquirir autonomía y tener una voz propia en sus decisiones. No importa si se equivocan una y otra vez. Llegará el momento en que logren afianzar su criterio.

Adolescencia: retos y aprendizaje

 Pero ojo: es importante estar atentos a cómo asumen la presión de grupo, que en muchas ocasiones crea un ambiente tóxico y la puerta de entrada al mundo de lo prohibido, inmoral o ilegal, y eventualmente a episodios de bullying.

  • Respetar su comportamiento fluctuante e impredecible, producto -en gran medida- de sus cambios hormonales. Evitar la crítica, el juicio, la descalificación y el demeritar la forma como el adolescente va construyendo su imagen propia, su mundo y proyecto de vida.
  • Generar en ellos un sentido de responsabilidad, compromiso, cumplimento y ética, enseñándoles el valor de honrar la palabra y de hacer valer su dignidad e integridad, y de jamás negociar sus principios. En este punto el ejemplo y la coherencia de los padres es un modelo fundamental.
  • Reconocer sus talentos, gustos, habilidades y hobbies, encausando el uso del tiempo, la energía y el esfuerzo que ello supone. Esto refuerza su propósito y sentido de vida.
  • Apoyarlos en la elección que hagan de los estudios universitarios o académicos que quieran adelantar. La época de “es que usted tiene que ser abogado o médico o arquitecto como su papá y su abuelo” es cosa del pasado. Hoy en día los adolescentes asocian la realización en la vida con lo que quieren y les gusta hacer, pues esto define en gran parte su nivel de felicidad.
  • Permitirles que afiancen su identidad, sin importar el qué dirán, a partir del conocido precepto de libre desarrollo de la personalidad.
  • Acompañarlos en su proceso de transformación, con el mejor ingrediente: la presencia, la comunicación, la escucha, la comprensión y el diálogo como padres en quienes se puede confiar. Así se les demuestra el amor incondicional que se tiene por ellos.

Sin embargo, el concepto de amor – y, más aún, lo que ellos definen como ‘amor’-, tiene para los jóvenes un sentido e interés diferente, pues va cargado de hormonas sexuales, atracción física, liberación de endorfinas, de no medir riesgos ni límites, consecuencias ni desenlaces.

Un universo complejo de exploraciones, descubrimientos y hallazgos en los que muchas veces creen haber encontrado la respuesta a esa palpitante inquietud de dejar su rol de niños para definir el de adultos.

Es esa certeza de sentir que es el primer amor, el único amor, “sin el cual no pueden vivir”. Las crisis emocionales que surgen de las primeras relaciones afectivas, con códigos cambiantes según las generaciones actuales, en donde se ha distorsionado el valor de una naciente relación de pareja, con variantes como el poliamor, los amigos con derechos, la autodeterminación sobre el cuerpo como propiedad única, es un tema álgido para como decimos, “coger con pinzas”.

¿Cómo hablar entonces del amor en la adolescencia con los hijos? Es fundamental propiciar espacios y momentos de total confianza para abordar situaciones que pueden resultar incómodas tanto para padres como para los adolescentes, pero que son absolutamente necesarias para enmarcar posibles escenarios y prever situaciones embarazosas que pueden cambiar el rumbo de su proyecto de vida.

El acompañamiento constante, con una sana distancia, pero haciéndoles sentir que papá y/o mamá están ahí, dispuestos a transitar con ellos esa montaña rusa de emociones, desaciertos y salidas en falso, pero también el viaje profundo y significativo de moldear gran parte de la persona que serán por el resto de sus vidas, debe ser un aliciente de unión, lazos fuertes y sólidos, a prueba de vicisitudes y desencuentros.

Un aspecto clave es no permitir que tomen un camino por su cuenta, como ruedas sueltas, sin orientación ni una brújula que los guíe. Que los adolescentes tengan la plena convicción de poder expresar sus sentimientos y las situaciones que están afrontando, para pedir consejo, orientación o ayuda cuando así lo necesiten.

Finalmente, se recomienda incorporar unos buenos hábitos cotidianos que facilitarán su estabilidad física, emocional, mental y espiritual:

  • Poner límite al uso y horario de pantallas y dispositivos electrónicos, especialmente a la hora de dormir. El sueño es fundamental en su desarrollo cognitivo y estado de ánimo.
  • Propiciar actividades físicas, rutinas de ejercicios, práctica de deportes. Además de ser un excelente generador de salud física, permite socializar e interactuar con otras personas.
  • Establecer momentos para compartir con la familia (y no solo con los amigos), para dar estabilidad y consistencia a la dinámica del hogar.
  • Programar planes para salir de la rutina, a paseos, actividades al aire libre y en contacto con la naturaleza, para descargar toda la contaminación electrónica, visual y auditiva de los entornos en los que se mueven a diario.
  • Inculcar en ellos el crecimiento personal y espiritual, dando las bases de una relación con Dios que afiance su fe.

¡Que en la adolescencia no adolezcamos de empatía, confianza, presencia y acompañamiento constante a nuestros hijos!

Por Adriana Arango M.

No soy experta, soy mamá y abuela.

Comentarios

Aún no hay comentarios. ¿Por qué no comienzas el debate?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *