Claves de empatía para fortalecer los vínculos en la crianza
En un mundo globalizado, con acceso a millones de fuentes de información, redes sociales, Inteligencia Artificial con respuestas para todas las preguntas y medios de comunicación actualizados 24/7, es paradójico que a los seres humanos nos cueste comunicarnos.
Aprendemos a hablar, pero no siempre a expresarnos desde nuestra esencia. Podemos argumentar, defender nuestro punto de vista, pararnos en la raya con nuestra postura frente a un tema en particular, subir la voz, el tono y el calibre de las palabras, pero no comunicar lo que realmente estamos sintiendo, de forma auténtica y transparente.
Y mucho más aún en el entorno familiar, por patrones de comportamiento que los padres traemos de nuestras familias de origen, ya que en las generaciones anteriores no se podía opinar, cuestionar ni objetar la decisión de papá y mamá. Aún redunda en mi cabeza la sentencia de “¡Porque yo lo digo!” o “¡Porque yo soy su mamá y punto! en momentos de efervescencia y calor de mis progenitores.
Nos da miedo tocar ciertos temas por la reacción que pueda producir en el otro; preferimos callar y dejar que el tiempo haga su trabajo y cierre las heridas, antes que pedir explicaciones o reconocer errores, disculparnos por lastimar a los que más queremos o pedir perdón.
Evitamos el “vamos a hablar” para no tener que afrontar el malestar que generan conversaciones incómodas para negociar, conciliar y llegar a acuerdos en múltiples temas de dinero, criterios de crianza, educación, creencias, familia política, trabajo, malentendidos o disgustos por falta de confianza, consideración o apoyo, etc.
Este es el entorno en el que los hijos nacen, van creciendo y copiando de sus padres modelos de silencio, disculpas, verdades a medias, manipulación, mentiras, hermetismo frente a lo que están pensando, sintiendo y haciendo, o simplemente actuar como si no hubiera pasado nada.
Por eso es necesario repensar la manera en que se dan las interrelaciones al interior de la familia. Es vital construir empatía en la crianza como una forma de comunicación auténtica, transparente y veraz.
Consisteen enseñar y motivar a los hijos a expresar sus necesidades, inquietudes, alegrías y tristezas, sueños y propósitos, respetando tanto padres como hijos la dignidad de ambos.
Como si se tratara de una planta, la comunicación con los hijos se siembra, se riega, se estimula, se promueve. Desde que los pequeños comienzan a hablar y manifestar con palabras lo que les gusta y lo que no, se empieza a construir una dinámica de diálogo que redunda en la creación de vínculos familiares fuertes.
Es importante tener en cuenta algunas
claves de empatía para estimular una
crianza positiva:
Escuchar con toda la atención y la mirada puestas en el hijo. Y esa actitud es para comprender su punto de vista, sin interrumpirlo hasta que termine de expresar lo que siente (no para ir elaborando en la mente la respuesta, con un posterior sermón cargado de juicios, descalificando o minimizando sus problemas).
Dedicarle el tiempo que requiera para hablar. La conexión se logra al reconocer sus emociones detrás de las palabras y los gestos. No importa si quiere hablar cuando los padres dan prioridad a otros asuntos, deben dejar a un lado lo que están haciendo y escucharlo con amor y real interés.
Validar sus sentimientos. Una fórmula que los papás pueden poner en práctica es contarle experiencias y emociones similares que sintieron cuando eran niños o adolescentes, y cómo sus padres les ayudaron a transitar esos momentos de tristeza, preocupación, drama o incertidumbre.
Aceptar su posición, aunque no se comparta. Una forma de explorar su mundo interior es haciendo preguntas abiertas que permitan descripciones detalladas de lo que mueve sus fibras y su escala de valores. Por ejemplo, preguntarle, ¿Por qué crees que muchos jóvenes quieren tomar trago y consumir drogas?
Decirle “Te escucho, te entiendo, te acepto, te valido”. Hacerle saber que lo amas completo y sin condiciones ni comparaciones, Que puede ser como realmente es a tu lado. Ese es el mensaje que el hijo debe encontrar en sus padres para tener plena confianza en ellos y no preferir hablar con otras personas de aspectos fundamentales de su vida.
En la cotidianidad, se pueden adoptar nuevas formas de comunicación familiar -si se han perdido o han dejado de tener importancia-, para construir un verdadero entorno de respeto, confianza y amor real y congruente entre padres e hijos.
Se me viene a la cabeza la imagen de vinilos adhesivos con frases motivacionales para pegar en una pared de alta visibilidad en un lugar de la casa o apartamento, que se han vuelto muy populares para describir a través de mensajes una especie de manifiesto de la familia. Un ejemplo es este:
Si estas declaraciones se cumplen en la familia que las proclama, ¡enhorabuena! Si se leen continuamente, se interiorizan y se empeñan en convertirlas en un propósito diario, ¡qué bendición de hogar!
Si solo es una intención con un impulso inicial muy bonito y loable que al pasar los días, semanas, meses y años se lo lleva el viento, la invitación es a crear ese espacio de encuentro y comunicación constante para conquistar y preservar la anhelada empatía.
Entre las múltiples opciones que cada familia tiene, como grupo único e irrepetible en sus códigos de comportamiento, costumbres, hábitos, tradiciones, expresiones cariñosas, formas de manifestar el amor, detalles, palabras clave, acuerdos, normas y límites, se plantean algunas dinámicas para conectar con los hijos:
Destinar una de las tres comidas del día para compartir juntos en la mesa y conocer los planes, expectativas, ilusiones y sueños que cada uno tenga para el día o las situaciones que haya tenido durante la jornada.
Programar un encuentro de la familia en un momento del fin de semana, cuando no haya afanes y se tenga un ambiente más relajado y de descanso, para conversar. Un miembro de la familia plantea una pregunta que todos los demás deben responder. Por ejemplo, “Si pudieras cambiar algo de ti, ¿qué sería y por qué?”.
Lo que cada uno conteste puede dar pie a reflexiones profundas y aspectos que muchas veces salen a flote y que los demás desconocen, incluso después de convivir durante años.
3. Hacer acuerdos previos para los momentos de desacuerdos, discusiones, desencuentros y peleas. Establecer entre todos la forma de abordar los momentos tensionantes que todas las familias viven por múltiples motivos, con reglas claras de comunicación asertiva, respeto, honestidad y amor.
Es como un protocolo a seguir, de acuerdo con la personalidad, el carácter y la esencia de cada uno. Por ejemplo, si hay menores que hacen pataleta, botan la comida al piso, gritan, tiran la puerta y lloran sin consuelo, los padres deben tener una respuesta serena y firme de contención, dándole al niño la instrucción de quedarse en su cuarto hasta que se calme. Y luego sí, abordar la crisis con posturas claras.
Si se trata de un adolescente que desafía a sus padres por no estar de acuerdo con permisos para salir, planes con ciertos amigos, horas de llegada, etc., la forma y el tono en el que se den los argumentos y razones de los padres serán determinantes en lograr que el hijo module sus emociones y ambas partes puedan llegar a acuerdos.
En conclusión, fomentar una buena comunicación desde la primera infancia o mejorarla con los hijos si el modelo ha fallado, es la puerta de entrada a una relación de confianza, seguridad, autoestima, plenitud y felicidad en los hijos.
La relación familiar encuentra armonía y respeto para resolver las diferencias y acompañar a los hijos en su proceso de madurez y sana comunicación con los padres.