
Antes de casarme y ser mamá, mi única responsabilidad era estudiar y de vez en cuando, tender mi cama.
Cuando me casé, me enfrenté al “mundo real” viviendo por primera vez “sola”, pero no sabía que era tener una responsabilidad, hasta que tuve a mi primer bebé.
Me impactaba ver como desde tan chiquito, sabía que yo era su mamá y a medida que iba creciendo, copiaba con gran facilidad lo que yo hacía.
Por esa razón, me vi “forzada” a ser mi mejor versión.
Empecé a comer mejor, buscar herramientas para poner límites sin necesidad de violencia (porque no quería que aprendiera que así se solucionan los problemas), intentaba hacer ejercicio, hablar con más prudencia y lo más difícil, controlar mis emociones.
Más allá de lo que decimos, los niños aprenden principalmente mirando.
Nuestras acciones diarias —lo que comemos, cómo nos movemos, cómo descansamos— se convierten en mensajes silenciosos que influyen profundamente en su desarrollo.
Hoy sabemos, gracias a la evidencia científica, que los hábitos saludables de los padres tienen un impacto directo y duradero en los hábitos de los hijos.
Este artículo explora por qué el ejemplo es tan poderoso y cómo puede convertirse en una herramienta clave para la salud familiar.
La familia: el primer entorno de aprendizaje
Antes que el colegio, los amigos y la sociedad, los niños aprenden en casa.
La casa es el primer espacio donde se construyen rutinas, valores y comportamientos que pueden durar toda la vida.
Desde los primeros años, los niños miran atentamente lo que hacen sus padres.
No distinguen entre “enseñanza formal” y “vida cotidiana”: todo es aprendizaje.
Comer juntos, salir a caminar o apagar el celular para descansar son experiencias que se graban profundamente.
Numerosos estudios coinciden en que los hábitos adquiridos en la infancia tienden a mantenerse en la adultez, especialmente cuando se aprenden en un entorno afectivo y seguro.
Por eso, cuando hablamos de salud infantil, no podemos separar al niño de su contexto familiar.
El poder del ejemplo: aprender mirando
Los niños no solo oyen lo que decimos: nos ven constantemente.
Este proceso, conocido como modelado parental, es una de las formas más potentes de aprendizaje.
Cuando un niño ve a sus papás disfrutar de una comida equilibrada, moverse con regularidad o priorizar el descanso, rezar, hablarse lindo, manejar el estrés, interioriza esas conductas como normales y deseables.
La ciencia ha demostrado que el ejemplo tiene más impacto que las normas o las explicaciones, especialmente en edades tempranas.
Decir “come verduras” no es tan efectivo como comerlas juntos.
Este aprendizaje por imitación ocurre de forma natural, sin esfuerzo consciente, y por eso resulta tan importante.
Alimentación saludable
La relación que los niños desarrollan con la comida comienza mucho antes que puedan elegir por sí mismos.
Empieza mirando qué hay en la mesa y cómo los adultos se relacionan con los alimentos.
Las investigaciones muestran que los niños que tienen padres consumen frutas y verduras con regularidad tienen más probabilidades de hacerlo también.
Lo mismo pasa con el consumo de bebidas azucaradas y alimentos ultraprocesados.
No se trata de perfección, sino de coherencia.
Cuando la alimentación saludable forma parte de la rutina familiar, deja de sentirse como una obligación y se convierte en algo cotidiano.
Además, el ambiente emocional durante las comidas es tan importante como la comida misma.
Comer en calma, sin pantallas y con conversación fortalece tanto la nutrición como el vínculo familiar.
Evitar la presión y fomentar la confianza
Forzar a los niños a comer ciertos alimentos suele ser contraproducente.
La evidencia indica que la presión excesiva puede generar rechazo y conflictos en torno a la comida.
En cambio, ofrecer opciones saludables de forma constante y dejar que el niño explore sabores a su ritmo favorece una relación positiva con la alimentación.
El ejemplo vuelve a ser clave: cuando los padres disfrutan la comida saludable, los niños se sienten más curiosos y abiertos a probar.
Con el tiempo, esta exposición repetida y sin presión construye hábitos sólidos y duraderos.
Actividad física: moverse juntos
La actividad física no tiene que ser sinónimo de deporte estructurado.
Para los niños, moverse es jugar, explorar y compartir tiempo con quienes aman.
Los estudios muestran que los hijos de padres activos tienen mayores niveles de actividad física, incluso sin instrucciones explícitas.
Salir a caminar, jugar en el parque, bailar en casa o andar en bicicleta juntos transmite un mensaje claro: moverse es parte de la vida.
Además de los beneficios físicos, el movimiento compartido fortalece el vínculo emocional y reduce el estrés tanto en niños como en adultos.

Menos sedentarismo, más bienestar
El aumento del tiempo frente a pantallas es una preocupación creciente en la infancia.
Sin embargo, los límites funcionan mejor cuando los adultos también los respetan.
Los niños son más propensos a reducir el uso de pantallas cuando ven a sus padres equilibrar el tiempo digital con otras actividades.
Proponer alternativas —juegos, lectura, actividades al aire libre— es más efectivo que solo prohibir.
El mensaje implícito es claro: hay muchas formas de disfrutar y relajarse más allá de una pantalla.
El sueño
Dormir bien es fundamental para el desarrollo físico, emocional y cognitivo de los niños.
Sin embargo, el sueño suele ser uno de los hábitos más descuidados en la vida moderna.
Los niños aprenden la importancia del descanso observando cómo lo viven sus padres.
Rutinas predecibles, horarios regulares y desconexión de pantallas antes de dormir crean un entorno propicio.
La investigación ha vinculado rutinas familiares de sueño consistentes con menor riesgo de obesidad infantil y mejor regulación emocional.
Cuidar el descanso es cuidar la salud integral.
Gestión emocional y autocuidado
Los hábitos saludables no se limitan al cuerpo. La forma en que los padres gestionan el estrés, expresan emociones y cuidan su bienestar emocional también deja huella.
Cuando los niños ven a sus padres tomarse pausas, pedir ayuda o expresar emociones de manera sana, aprenden que cuidarse es válido y necesario.
Este tipo de ejemplo contribuye a una mejor salud mental y a relaciones más equilibradas en el futuro.
El autocuidado parental no es egoísmo: es una inversión en la salud familiar.
Cuando el entorno influye
No todas las familias tienen las mismas oportunidades. Factores como el nivel socioeconómico, el acceso a alimentos saludables o espacios seguros para jugar influyen en los hábitos posibles.
La ciencia reconoce que el ejemplo parental opera dentro de un contexto más amplio, y que no todo depende de la voluntad individual.
Aun así, pequeños cambios sostenidos dentro de las posibilidades de cada familia pueden generar grandes beneficios a largo plazo.
La clave está en hacer lo mejor posible con los recursos disponibles, sin culpa ni exigencias irreales.
El rol de la salud pública y la educación
Los programas de promoción de la salud infantil son más efectivos cuando incluyen a las familias. Involucrar a los padres como modelos activos multiplica el impacto de cualquier intervención.
Escuelas, centros de salud y políticas públicas tienen un rol fundamental en apoyar a las familias con información clara, accesible y basada en evidencia.
La salud infantil no es solo una responsabilidad individual, sino un compromiso colectivo.
No se trata de ser perfectos
Uno de los mensajes más importantes para madres y padres es este: no hace falta hacerlo todo perfecto.
Los niños no necesitan modelos impecables, sino adultos reales que cuidan su salud y muestran que el equilibrio es posible.
Comer una verdura más, moverse un poco más, dormir un poco mejor: cada pequeño gesto cuenta.
El cambio no pasa de un día para otro, sino a través de hábitos sostenidos en el tiempo.
El ejemplo que deja huella
Las investigaciones son claras: el ejemplo de los padres es uno de los factores más influyentes en la adopción de hábitos saludables en los hijos.
Más allá de las palabras, son las acciones cotidianas las que construyen el estilo de vida familiar.
Elegir alimentos nutritivos, moverse juntos, descansar y cuidar la salud emocional no solo beneficia a los niños hoy, sino que sienta las bases de su bienestar futuro.
En un mundo cada vez más acelerado, el ejemplo consciente de los padres se convierte en un acto profundo de amor y prevención.
Conclusión
Criar hijos saludables no es una tarea aislada ni una lista de normas. Es un proceso compartido, cotidiano y profundamente humano.
Cada elección diaria comunica algo. Cada hábito vivido en familia deja una enseñanza silenciosa.
Cuando los padres cuidan su propia salud, no solo se benefician a sí mismos: regalan a sus hijos una herencia de bienestar que puede acompañarlos toda la vida.
Y ese, sin duda, es uno de los regalos más valiosos que podemos ofrecer.

Escrito por:
Maria Gómez
Coach de Nutrición
Referencias
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