Como coach de nutrición y mamá de tres hijos, he aprendido que los hábitos no se imponen, se viven.
Se construyen en lo pequeño.
En lo repetido.
En lo cotidiano.
Nuestros hijos aprenden más de lo que ven que de lo que oyen.
Por eso, cuando hablamos de hábitos saludables en familia, hablamos de coherencia.
No se trata solo de formar cuerpos fuertes, sino de formar personas íntegras.
La disciplina, cuando nace del amor, no es dureza, es guía, es estructura, es dirección.
Y los niños necesitan dirección.
- Movimiento y deporte: cuidar el cuerpo con responsabilidad
El cuerpo no es un accesorio, es parte esencial de quienes somos.
Cuidarlo es una forma de respeto. De responsabilidad. De gratitud.
Los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC, 2024) recomiendan que niños y adolescentes hagan al menos 60 minutos diarios de actividad física.
Además, muestran que los hijos tienden a imitar el nivel de actividad de sus papás.
En nuestra casa lo veo claramente.
Si nosotros escogemos caminar, ellos caminan. Si nosotros preferimos el sofá cada tarde, ellos también.
Por eso el movimiento tiene un lugar fijo en nuestra rutina.
• Caminatas familiares.
• Deportes organizados.
• Sesiones cortas de pilates en casa.
No siempre hay ganas. Pero hay esfuerzo y ellos lo notan.
El deporte también educa el carácter.
⁃ Enseña perseverancia.
⁃ Enseña respeto por reglas.
⁃ Enseña humildad ante la derrota.
⁃ Enseña dominio propio.
Virtudes que van mucho más allá del ejercicio físico.
- Alimentación saludable: formar el orden interior
Como coach de nutrición, sé que el mayor desafío no es saber qué es saludable. Es sostenerlo.
La evidencia reciente confirma que los hábitos alimentarios de los papás influyen directamente en la conducta de los hijos (Butun, 2025).
El ambiente que hay en nuestra casa, marca profundamente la relación futura con la comida.
La alimentación no es solo biología.
En mi casa trabajamos tres pilares:
Planificación semanal.
Participación activa de los niños en la cocina.
Moderación constante.
No eliminamos todo lo que consideramos menos saludable.
• Enseñamos equilibrio.
• Reducimos ultraprocesados.
• Elegimos alimentos reales.
• Cocinamos con intención.
Investigaciones recientes muestran que rutinas estructuradas en las comidas y mayor frecuencia de comidas familiares se asocian con menor riesgo de sobrepeso infantil (Özdemir & Bektaş, 2026).
La constancia protege.
Aprender a decir “suficiente” es una habilidad para toda la vida.
- Comer juntos: fortalecer el vínculo
La mesa en nuestra casa es un espacio protegido.
Procurar que no haya distracciones mientras comemos, sino estar conscientes y presentes en lo que hacemos.
Estudios publicados en Appetite (2022) señalan que las comidas familiares regulares se relacionan con mejores hábitos nutricionales y mayor bienestar infantil.
Pero el beneficio no es solo físico.
Comer juntos crea pertenencia.
Da seguridad.
Permite conversar con calma.
En nuestra casa tratamos de mantener un horario estable para las comidas. Antes de comer damos gracias por los alimentos. Ese pequeño gesto recuerda que nada es automático. Todo es un regalo.
Después compartimos algo del día.
La repetición diaria convierte ese momento en un ancla emocional.
- Vida sana sin excesos: aprender a gobernarse
Vivimos en una cultura de excesos.
Exceso de estímulos. Exceso de pantallas. Exceso de azúcar.
Por eso el equilibrio no surge espontáneamente. Se aprende.
Los datos actuales muestran que pequeños cambios sostenidos en estilo de vida tienen impacto significativo en la salud a largo plazo (CDC, 2024).
En nuestra familia hay límites claros:
Los dulces no son diarios.
Las pantallas tienen horario.
El descanso es prioritario.
Dormir bien también es disciplina.
La moderación no significa privación. Significa libertad interior.
Saber detenerse.
Saber elegir.
Saber esperar.
Ese autocontrol es una de las mayores fortalezas que podemos transmitir.
- Virtudes en la vida cotidiana: formar el corazón
La verdadera salud incluye el interior.
Responsabilidad. Gratitud. Respeto. Servicio.
Estas actitudes no se desarrollan por accidente. Se forman mediante repetición.
En casa cada hijo tiene responsabilidades acordes a su edad. No como castigo, sino como forma de participación en el bien común del hogar.
Ayudar en la casa forma carácter.
La investigación contemporánea muestra que entornos familiares estructurados favorecen la autorregulación y el bienestar emocional.
Cuando un niño aprende a cumplir pequeñas tareas con constancia, aprende también a cumplir compromisos más grandes en el futuro.
La disciplina cotidiana forma adultos confiables.
- Aprender un instrumento: entrenamiento de la perseverancia
La música ocupa un lugar importante en nuestra dinámica familiar.
Aprender un instrumento exige práctica diaria. A veces es entretenido. A veces no.
Pero ahí está el crecimiento.
La evidencia reciente continúa relacionando la práctica musical con mejoras en atención y desarrollo cognitivo.
Más allá de eso, fortalece algo esencial: la perseverancia.
Practicar cuando no hay ganas.
Repetir cuando no sale.
Avanzar poco a poco.
Ese entrenamiento silencioso construye paciencia y confianza.
- La lectura: cultivar profundidad
Leer en familia es uno de los hábitos más valiosos que hemos adoptado.
Estudios recientes muestran que la lectura compartida desde la infancia favorece el desarrollo del lenguaje y habilidades cognitivas (ScienceDirect, 2025).
Además, la lectura por placer se asocia con mayor bienestar emocional (Greater Good Science Center, 2023).
Una idea puede ser tener un espacio especial para leer.
Sin pantallas.
Sin ruido.
Con calma.
También incorporamos lecturas que inspiran valores, historias que elevan la mirada y fortalecen el espíritu.
Leer amplía horizontes.
Fortalece el pensamiento crítico.
Invita a la reflexión interior.
Y requiere constancia.
- Rutinas: estructura que da libertad
Si algo sostiene todos estos hábitos es la rutina.
Los niños necesitan estructura.
Horarios claros.
Expectativas claras.
Límites claros.
Las rutinas reducen conflictos y disminuyen improvisaciones poco saludables.
Cuando las prácticas saludables se repiten cada día, dejan de depender del ánimo.
Se vuelven parte de la identidad familiar.
La constancia transforma decisiones conscientes en hábitos firmes.
El ejemplo educa más que cualquier discurso
Como mamá de tres y coach de nutrición, confirmo algo cada día: la coherencia transforma.
No necesitamos perfección.
Necesitamos consistencia.
Cada caminata.
Cada comida compartida.
Cada práctica musical.
Cada momento de lectura.
Todo suma.
Educar en hábitos saludables es formar personas capaces de gobernarse, de elegir el bien, de vivir con equilibrio.
Es enseñar que el cuerpo merece cuidado.
Que el carácter se forma con esfuerzo.
Que la moderación da libertad.
Que la vida tiene un propósito más grande que el placer inmediato.
Y todo comienza en casa.
En lo chiquito.
En lo repetido.
En lo constante.

Escrito por:
Maria Gómez
Coach de Nutrición
Bibliografía (APA, 2020 en adelante)
Butun, A. (2025). The relationship between family nutrition and physical activity practices and physical activity attitudes in children. BMC Public Health, 25, 2922.
Centers for Disease Control and Prevention. (2024). Tips to support healthy routines for children and teens. CDC.
Özdemir, E. Z., & Bektaş, M. (2026). Family nutrition and physical activity practices associated with overweight and obesity in children. Children (Basel), 13(1), 123.
Happy and healthy: How family mealtime routines relate to child nutritional health. (2022). Appetite, 171, 105939.
Early language development and reading aloud with children. (2025). ScienceDirect.
Why reading is important for children’s brain development. (2023). Greater Good Science Center.



