La familia como refugio en tiempos de cambio

La familia como refugio en tiempos de cambio

Cómo mantenernos unidos y fuertes en medio de los retos actuales

“¡Familia unida, jamás será vencida! Esta adaptación de un grito universal del poder de la unión popular puede resumir a cabalidad la inquebrantable fuerza de los lazos familiares, cuando se valoran, se promueven, se honran y se cuidan como el tesoro más valioso.

La familia es la base y el centro de toda la estructura de la sociedad, es el eje de donde parte la escala de valores, las creencias y los modelos de comportamiento, y es la encargada de la formación de las personas para que salgan al mundo como ciudadanos de bien.

Las familias se han ido transformando a lo largo de los siglos y las tradiciones, costumbres, normas, reglas y posición de autoridad que los abuelos y padres ostentaban antaño se han ido adaptando a la apertura de nuevas formas de pensar, sentir, actuar y vivir, tanto de los mayores como de los hijos.

La influencia que ejercen factores externos como el contacto con otros grupos a través del ingreso al colegio, la universidad y entornos laborales; el conocer otros contextos y realidades sociales; la posibilidad de conectar con otras culturas, las innumerables oportunidades de viajar, vivir experiencias, sumergirse en otras formas de mirar el mundo e incluso radicarse en otras latitudes, ha ido moldeando gustos, intereses y opiniones que pueden ir diversificando el sello original de cada familia.

Las generaciones en familia experimentan tiempos de cambio. Ya no es tan sencillo convocar, reunir y disfrutar de todos los miembros de la familia primaria y extendida para compartir las horas de la comida, momentos especiales o celebraciones importantes. Los horarios son variables, los compromisos laborales y sociales cobran prioridad, el afán de la vida no permite muchas veces tener tiempo para estar ahí; las agendas de cada uno de los miembros de la familia no coinciden…

O lamentablemente, existe una contraparte más dolorosa y preocupante que está lesionando y desintegrando esta poderosa estructura social: familias disfuncionales, que padecen episodios continuos de violencia intrafamiliar con padres y madres que ejercen una autoridad irracional, represiva, ofensiva, inflexible y rígida, con una total carencia de respeto, lealtad y amor. Una autoridad mal ejercida, que lo único que logra es desencadenar en los hijos reacciones de hostilidad, rebeldía, indiferencia y el “no querer vivir en ese infierno”.

Y, sin embargo, en el mejor de los escenarios, los vínculos de sangre y parentesco, los afectivos y emocionales se activan para generar esa cohesión interna con el amor incondicional que caracteriza a las familias funcionales y sanas.

Por eso es tan importante promover, conservar, preservar y, si es necesario, rescatar el sentido de la familia unida en medio de los retos actuales. Retos asociados a múltiples circunstancias como la incertidumbre social, política, económica y cultural, el desempleo, la inseguridad, la depresión, la enfermedad, la muerte, las pérdidas económicas, las rupturas afectivas; las adicciones a drogas y alcohol, los trastornos alimenticios, las crisis existenciales y de identidad; la falta de comunicación; la escasa supervisión y control de los papás en el acceso de los hijos a las redes sociales, el manejo laxo y flexible de permisos y salidas y, en fin, un sinnúmero de situaciones que se viven de puertas para adentro y pueden poner a tambalear la estabilidad del hogar.

Como mamá de dos hijos de un primer matrimonio (que ya son mayores, independientes y con proyectos de vida matrimonial y en pareja establecidos), y de una hija soltera que aún vive con mi segundo esposo y conmigo, y además abuela de dos nietos (¡y uno que viene en camino!), quiero compartirles la forma como me he empeñado en defender a toda costa la unión familiar, en un nuevo núcleo que se formó hace 24 años y que como una nueva familia ha sorteado momentos de gran tribulación, adversidad, ajustes y adaptación al cambio, pero también de gran felicidad.

Sin que se trate de un manifiesto o una carta de navegación por escrito, hemos logrado establecer, interiorizar y poner en práctica el ADN de nuestra familia a partir de una serie de códigos propios, pautas, rutinas, acuerdos y manera de vivir para mantenernos unidos y fuertes:

  • Sabemos que el techo que nos cobija es “la casita” (como en la dulce expresión de la película “Encanto”), el lugar donde nos sentimos seguros, protegidos, valorados, cobijados, cómodos y a salvo.

Es el refugio, donde pase lo que pase, no importa cuál sea el problema, las preocupaciones o las pruebas difíciles que tengamos que atravesar, al abrir esa puerta estarán unos brazos esperándonos para recibirnos, acogernos, comprendernos, recogernos, sostenernos o contenernos en lo que sea. Como les aseguro a mis hijos “Esta siempre será tu casa”.

  • La sensación de pertenencia al grupo (a la manada o la tropa, como le decimos) es una de las necesidades básicas de todo ser humano, porque afianza el sentido de aceptación e identidad propia.
  • En nuestra familia los roles y las jerarquías son claras, para transmitirles a nuestros hijos y nietos la autoridad que define las bases de la convivencia y el interés auténtico para que cada uno se autorrealice y cumpla su proyecto de vida.
  • Les inculcamos la certeza de contar con figuras de autoridad amorosa que ejercemos la crianza con valores para educarlos, enseñarles, corregirlos, orientarlos y guiarlos con un sentido moral y ético; entendemos y conocemos sus necesidades, capacidades y temperamentos, y por eso cada uno tiene un cajoncito exclusivo con su nombre propio en el corazón de los padres y abuelos.
  • Recibimos a los amigos, novios y compañeros con total agrado y hospitalidad.
  • Hacemos oración de gratitud a Dios cada mañana y al terminar el día, bendecimos los alimentos y a nuestros hijos y nietos al salir de casa y al emprender su vida cotidiana, y procuramos tener espacios para nutrir nuestra vida espiritual como familia.
  • En nuestra casita decimos: “Que en esta familia reine el amor, la paz, la armonía, el respeto, la alegría, la verdad, la confianza y la lealtad”.
  • Desde que mis hijos estaban pequeños, antes de irse al jardín infantil o al colegio, cada uno decía el color de un hilo imaginario que se iba entrelazando con los hilitos de los demás hermanos, mi esposo y yo, hasta formar un lazo fuerte e irrompible que hoy nos mantiene unidos.

Por ejemplo, Juan Esteban decía “Mi hilito de amor es hoy rojo”; el de Mariana era verde, el de Natalia morado, el de mi esposo azul y el mío amarillo.  Y así, todos los días…

  • Hilitos de amor incondicional que nos mantienen unidos y fuertes en” las duras y las maduras”, en el renunciar a nuestra comodidad e intereses personales para ayudar, apoyar y estar para nuestros seres queridos; nuestra prioridad es entregar nuestro tiempo, energía, planes e incluso la plata que tengamos disponible si es necesario. Somos un equipo con la expresión de la solidaridad entre hermanos y padres a prueba de todo.
  • Nuestro trato es amoroso y cálido, con expresiones afectuosas, caricias, besos, sonrisas y abrazos. No hay palabras vulgares ni soeces, ni gritos o juegos bruscos. El mejor ejemplo que damos a nuestros hijos y nietos es la forma como dialogamos y nos expresamos nuestro amor de esposos. Según expertos, “parejas sanas, familias sanas y unidas”.
  • Nos reportamos a través de una o varias llamadas, o mensajes de texto y audio por WhatsApp a lo largo del día, respetando la independencia, las ocupaciones y los compromisos de los hijos y los esposos; sin reclamos, quejas ni recriminaciones, simplemente para saber que todos estamos bien.
  • Compartimos si es posible alguna de las tres comidas -la hora del desayuno, el almuerzo o la comida- sin celulares en la mesa, para conversar y estar al tanto de lo que cada uno está viviendo y sintiendo.
  • Tenemos apertura de mente para saber dialogar sobre aspectos controversiales o en los que no estemos de acuerdo, con respeto y consideración al punto de vista de cada uno. Cuidamos los límites para no cruzar la barrera en la que el otro se sienta ofendido o lastimado, y respetamos la libertad de expresión.
  • Propiciamos la resolución de conflictos y los problemas que en toda familia surgen, sin permitir jamás que haya expresiones cínicas, insultos, humillaciones o agresiones, o un ambiente tenso de silencios incómodos e indiferencia, que desembocan en dudas, heridas enconadas o sentimientos de rabia, frustración, tristeza o indignación.
  • Podemos discutir, pero siempre buscamos volver a encontrarnos y recuperarnos emocionalmente lo antes posible.
  • Reconocemos los errores, aceptamos nuestras limitaciones y salidas en falso, y aunque a veces nos cueste, nos esforzamos en pedir perdón y perdonar.
  • Los cumpleaños, el día de la Madre, el día del Padre, el Día de la Mujer y el del Hombre, el inicio de la temporada navideña -con la armada de la decoración, los villancicos, los buñuelos y la natilla; la noche de velitas y las novenas-; y la Navidad -que celebramos con todos los honres días antes como si fuera el 24 de diciembre, para que todos podamos estar-.
  •  Los días de acontecimientos alegres se planean, preparan y celebran con gran dedicación, detalles, regalos, juegos, fotos, videos y el factor sorpresa para consentirnos, mimarnos y expresarnos lo importante que es cada uno para la familia.
  • Nos gusta que huela a hogar, con los aromas de la sazón de mamá y abuela, y los menús tradicionales con los que crecieron mis hijos y nietos. La comida es un poderoso conector familiar.
  • Preparo con esmero y amor sus platos favoritos y en torno a la mesa compartimos momentos llenos de valor que alimentan la memoria y el corazón. Es el calor de hogar que se respira en nuestra casa.
  • Hacemos ejercicio o deporte juntos.
  • Nos gusta reírnos de nosotros mismos, bailar en la cocina y hacer coreografías.
  • Vamos a cine, teatro, salimos a comer, etc.
  • Programamos actividades y planes para el fin de semana.
  • Planeamos paseos y viajes.
  • Soñamos con metas personales y familiares por alcanzar.
  • Ahorramos en un fondo común en el que cada miembro deposita cada semana una suma determinada. Lo consideramos un recurso valioso para gastos de emergencia o para darnos gusto al final del año.

La familia unida es el refugio, es el punto de partida y de llegada;es la razón y la emoción de decir “¡Hogar, dulce hogar!”

Escrito por:

Por Adriana Arango M.

No soy experta, soy mamá y abuela

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