“Sonríe, aunque te duela el corazón. Sonríe, aunque lo tengas roto. Sonríe y tal vez mañana verás el sol brillando para ti”.
Esta cita que se le atribuye al famoso Charles Chaplin, puede ser una buena forma de resumir la resiliencia femenina y la fortaleza con las que miles -mejor aún, millones- de mujeres afrontamos diferentes circunstancias según las condiciones de vida que tenemos, o debido a las repentinas vueltas que da la vida: cuando llegan la adversidad, las carencias, las pérdidas, las quiebras, las rupturas, las limitaciones, la época de vacas flacas, los desiertos espirituales, las noches oscuras del alma…
Entre mis historias de vida (y a manera de confesión), una de las pruebas más duras, difíciles, dolorosas y vergonzosas que he tenido que afrontar fue la privación de la libertad (por la pésima administración, gravísimos errores financieros y malas decisiones que tomamos con mi esposo como dueños de una empresa comercializadora).
Sabiendo que tarde o temprano tendría que pagarle a la justicia con una condena penal e irremediablemente iría a la cárcel, una mañana de domingo, mientras abrazaba en mi cama a mi hija mayor (que para esa época tenía apenas 15 años), y ante el temor y la incertidumbre de una situación que se avecinaba como algo inevitable, le dije: “Hoy estamos acá en esta cama mullida, con cobijas y almohadas confortables y calienticas… y si mañana tengo que estar en un calabozo frío, oscuro y maloliente, estoy segura de que Dios te abrazará y cuidará de tus hermanos y de ti, como lo hará conmigo”.
Creo que esa fue una de mis mayores demostraciones de resiliencia femenina, para mostrarme como una mujer fuerte ante mi hija, intentando infundirle tranquilidad, confianza y seguridad a una adolescente que estaba emocionalmente devastada y llena de miedo por perder a su mamá por al menos cinco años.
Y ahí es donde precisamente aflora la capacidad de levantarnos, adaptarnos, aceptar la dificultad, el problema, la tribulación, la derrota o la tragedia que estemos viviendo para seguir adelante, sin amilanarnos ni victimizarnos.
Antes bien, estoy convencida de que la necesidad y el dolor son una fuente de valentía, templanza, determinación y recursividad para encontrar respuestas y soluciones, o al menos formas de transitar y gestionar las vicisitudes de la vida.
Quizá estos consejos de abuela y reflexiones ayuden a gestionar los momentos difíciles con todo el poder de la resiliencia femenina:
Los fracasos y pérdidas nos hacen más humildes. En esta lucha constante entre lo que establecen los parámetros del mundo y tu ego, no es fácil reprogramar ese disco duro con el que nuestros padres y mayores nos formaron -con la intención más loable-, queriendo que fuéramos la hija más inteligente, la más bonita, la más querida, la mejor estudiante, la mejor hermana, la mejor profesional, la mejor amiga, la mejor mamá, la mejor abuela… Y mi papá me decía siempre: “Tiene que ser la mejor en lo que haga, ¡usted es capaz”!
2. Nuestras convicciones y creencias nos sostienen. Duranteel tiempo delacondena, mi papá me llamaba todos los días y solía decirme“Mamonín (ese era el apodo que me tenía), ¡nunca puede tirar la toalla!”.
Con esas palabras que buscaban afianzar en mí la imagen de una mujer fuerte,pude sobrellevar una experiencia que jamás imaginé vivir, poniendo la mejor actitud, la mejor disposición y energía, y encontrándole sentido a convivir con cientos de mujeres recluidas en una cárcel con historias de vida tan diferentes a la mía.
Descubrí el valor del servicio, entregando mi alegría, compartiendo lo que sabía, lo que tenía y lo que podía a mujeres que en su gran mayoría jamás habían tenido una familia amorosa, una crianza con valores, un hogar estable y las oportunidades de estudiar y salir adelante, como yo sí las había tenido.
Y, ante todo, me aferré a Dios e inicié un profundo viaje al fondo de mi ser. Lo primero fue perdonarme a mí misma por el daño generado, buscando “poner mi casa en orden para poder abrirla de par en par”. Fueron días de lágrimas, verdades aceptadas y consecuencias asumidas, para finalmente encontrar la paz en mi corazón.
3. Sentido de gratitud por lo que se tiene. Con mucho o con poco, tu situación no te define. Agradecer es un poderoso mecanismo de tener los pies en la tierra y la mirada en el cielo para valorar los “pequeños grandes” detalles del día a día: el estar viva, tener un techo, comida, sustento, ayuda, una red de apoyo, familia, amigos…
Es también mirar el vaso medio lleno y no medio vacío.
Y en ese estado de gratitud surge la esperanza para afirmar quesiempre es posible volver a empezar, aprender de los errores para no repetirlos y hacer cambios que se ajusten a tu realidad y condiciones.
Es la posibilidad de reinventarse y transformarse en una mejor persona, fuerte pero sensible, determinada y flexible a la vez (¿hay algo más resistente que la vara de un bambú?), confiada en el camino que está recorriendo, recia y clara en sus metas y objetivos.
4. “Si la vida te da limones, aprende a hacer limonada”. La superación personal consiste en encontrar salidas y soluciones aprovechando al máximo los recursos disponibles.
Es poder resolver con lo que hay, como cuando en la mañana abro la nevera y según lo que encuentre, defino el menú del almuerzo. Una de mis máximas favoritas es “Dame la solución, no el problema”.
Es buscar apoyo, pedir ayuda, activar la imaginación y no vararse. Es echar mano de “la caja de herramientas”: lo que hay es lo que hay.
Con esta mentalidad se afianzan cualidades como la mesura, la responsabilidad, la disciplina, la organización, la voluntad, el cumplimiento de la palabra, el control de gastos y una nueva forma de transmitir fortaleza, resiliencia y esperanza.
5. La fortaleza da claridad, propósito y dirección. Ante episodios y eventos de gran sufrimiento y dolor, se sacan las fuerzas de donde uno cree que no las hay para afrontar lo que sea, sin quejarse ni lamentarse.
Y no es que no se experimente el dolor o la tristeza, ni mucho menos que las emociones se repriman o enmascaren; me permito sentir dolor y estar triste, pero sin perder la paz. En esos momentos me siento una mujer fuerte, porque he logrado desarrollar mecanismos de autocontrol frente a la adversidad.
Un buen ejemplo de resiliencia es el referente histórico del pueblo judío (tengo ancestros judíos sefardíes por una rama de la genealogía de mi familia paterna); desde la antigüedad los judíos han tenido que sortear la penuria y el rechazo, y en diferentes períodos de opresión han logrado transmitir de generación en generación una filosofía de superación, demostrando una gran capacidad de levantarse y reconstruirse.
Según Hanna Perlberger, “Los grandes reveses de la historia judía sirvieron como un trampolín para nuevas y extraordinarias aventuras del espíritu y la creatividad judía (…) En tiempos de adversidad y persecución el pueblo judío encontró una fuerza singular para levantarse todavía más fuerte y resiliente que antes, ejemplificando el concepto conocido como antifragilidad: la alquimia espiritual de convertir el dolor en propósito (…)
(…) La antifragilidad es la habilidad de transformar el sufrimiento y la adversidad en crecimiento y renovación, la tragedia en triunfo, las dificultades en una renovación espiritual”.
Estas potentes declaraciones me hacen reafirmar que en mis historias de vida la adversidad me ha convertido en una mujer fuerte. He podido sobrevivir y prosperar, encontrando una fuerza en mi interior para estar serena, elevarme por encima de las dificultades, perseverando sin desfallecer con varias declaraciones que me repito todo el tiempo: “Haz lo mejor que puedas con lo que tienes” y Esto también pasará”.
Y después de todo lo vivido y lo que aún creo me falta por vivir, quiero terminar con una descripción que mi hija menor (cuando tenía 12 años) escribió en una tarea de su colegio acerca de sus padres, luego de haber recuperado mi libertad: “Mi mamá es la mujer más fuerte que conozco”.