Hay una frase que casi todas las mamás hemos dicho o pensado en algún momento: “Tengo que buscarle algo para que haga”.  Como si el tiempo sin actividad fuera un problema que hay que resolver, o como  si el aburrimiento fuera una señal de que algo está mal.

Pero ¿y si el aburrimiento es exactamente lo que tu hijo necesita?

A veces podemos sentir que dejar que nuestros hijos se aburran es descuidarlos y nos sentimos culpables, pero la realidad es que esta es una condición necesaria para que pasen algunas de las cosas más importantes del desarrollo infantil: la creatividad, la autonomía, la capacidad de regularse, y algo que en Montessori se llama “ actividad libre” que es ese estado en que el niño encuentra por sí solo qué hacer, cómo hacerlo y cuánto tiempo dedicarle.

El aburrimiento como umbral.

Cuando un niño dice “estoy aburro”, lo que está diciendo en realidad es: “ todavía no sé qué quiero hacer en este espacio” y eso, lejos de ser un problema, es el inicio de algo valioso.

La investigadora Sandi Mann, de la Universidad de Central Lancashire, ha estudiado extensamente los efectos del aburrimiento en la cognición. En estos estudios encontró que  el aburrimiento activa un estado mental particular  que se llama la  mente divagante o  mind-wandering y  que está directamente asociado con el pensamiento creativo, la resolución de problemas y la capacidad de generar ideas originales (Mann & Cadman, 2014). En otras palabras: el cerebro aburrido no está apagado, sino que está trabajando de una manera diferente, más profunda y más libre.

Ahora bien, para los niños chiquitos esto tiene implicaciones enormes. Un niño que aprende a tolerar el aburrimiento (que no colapsa ante él sino que lo atraviesa) está desarrollando una habilidad que lo va a acompañar toda la vida: la capacidad de encontrar motivación desde adentro, no desde afuera.

Lo que Montessori entendió hace más de cien años

María Montessori no usaba la palabra “aburrimiento”, pero lo que describía en sus observaciones apunta exactamente en esa dirección. Ella habló de la importancia de la “actividad libre” y se refería a ella como períodos en los que el niño elige qué hacer sin intervención del adulto y lo veía como condición esencial para el desarrollo de la voluntad, la concentración y la iniciativa propia (Montessori, 1912/1964).

Adicionalmente, lo  que Montessori observó en sus salones de clase fue que los niños, cuando se les daba tiempo y un ambiente preparado pero sin dirección constante, eventualmente encontraban algo que les interesaba profundamente. De igual manera se dio cuenta que cuando eran capaces de encontrarlo, también eran capaces de concentrarse durante períodos que sorprendían incluso a los adultos que los acompañaban. A ese estado ella lo llamó “la normalización” que es ese estado en que el niño ha aprendido a dirigirse a sí mismo.

Sin embargo,  hay un paso previo a ese estado, y es incómodo para nosotras como mamás: el momento en que el niño no sabe qué hacer. Ese momento de aburrimiento que Montessori no  eliminaba, sino que lo respetaba como parte fundamental del proceso.

En la actualidad la neurociencia también apoya estas ideas. La “red neuronal por defecto” que es el sistema cerebral que se activa cuando no estamos enfocados en una tarea externa, es fundamental para la consolidación de la memoria, la imaginación, la empatía y la autoconciencia (Immordino-Yang et al., 2012). Esta red sólo puede activarse plenamente cuando el cerebro no está siendo estimulado desde afuera, sino que se prende cuando hay silencio.

 El problema con llenar cada momento

Vivimos en una cultura que le tiene pánico al vacío. Las agendas de los niños están repletas: estimulación temprana, inglés, natación, música, plastilina dirigida, pantallas educativas, y todo eso con la mejor intención del mundo que es querer darles lo mejor. Pero hay un costo que no siempre se nombra.

Cuando un niño crece en un ambiente donde siempre hay algo que lo estimule desde afuera, no desarrolla la capacidad de estimularse a sí mismo.l y eso, a largo plazo, se convierte en una dificultad real: niños que no saben jugar solos, adolescentes que no toleran el silencio, adultos que necesitan distracción constante para no sentir incomodidad.

El psicólogo Stuart Brown, fundador del National Institute for Play, señala que el juego libre (no dirigido, no estructurado, sino el que nace del propio niño) es esencial para el desarrollo emocional y cognitivo, y que su ausencia está relacionada con dificultades para la resolución de problemas y la regulación emocional en etapas posteriores (Brown & Vaughan, 2009).

El juego libre no puede ocurrir si cada momento está planificado y casi siempre, el juego libre nace exactamente del aburrimiento.

Qué pasa realmente cuando tu hijo se aburre

Si alguna vez has resistido la tentación de intervenir cuando tu hijo dice “no sé qué hacer”, probablemente has visto esto: primero viene la queja. Después viene la deambulación. Si el adulto no cede, algo ocurre: el niño encuentra algo: un palo en el jardín se convierte en varita mágica, una caja de cartón se convierte en nave espacial o dos medias se convierten en títeres.

Eso no es magia. Es el cerebro haciendo exactamente lo que está diseñado para hacer cuando se le da espacio: crear.

Desde la perspectiva del desarrollo, este proceso tiene nombre: juego simbólico, y su aparición espontánea (sin que nadie lo haya propuesto ni estructurado). Este es uno de los indicadores más claros de desarrollo cognitivo y emocional saludable en la primera infancia (Vygotsky, 1978). El niño que inventa no solo está jugando: está desarrollando lenguaje, pensamiento abstracto, capacidad narrativa y regulación emocional, todo al mismo tiempo.

Todo eso comienza con un “estoy aburrido” en donde el adulto no resolvió.

 El rol del adulto: no resolver, sino acompañar

Aquí es donde muchas mamás sienten la tensión más fuerte porque el instinto es cuidar, resolver, llenar. Pero cuando nuestros hijos están inquietos o frustrados, quedarnos quietas se siente casi cruel.

La realidad es que acompañar no significa resolver, sino que significa estar disponibles sin interferir.

Montessori lo formuló así: el adulto debe ser un observador activo y no un director. Su papel es preparar el ambiente (asegurarse de que haya cosas interesantes disponibles, que el espacio sea seguro, que los materiales estén al alcance) y después esperar (Montessori, 1936/1966). No hay que  desaparecer… la idea es seguir presentes, pero sin llenar el espacio con miles de actividades y clases.

En la práctica, esto puede verse así: cuando tu hijo dice “me aburro”, en vez de proponer inmediatamente una actividad, puedes responder con calma: “Mmm, ¿qué se te ocurre?” y esperar. Aunque sea incómodo y aunque le tome tiempo a nuestros hijos resolver, esa espera es un acto de confianza en ellos y ellos lo perciben.

Aburrimiento y pantallas: la trampa más común

No podemos hablar de aburrimiento sin hablar de pantallas, porque hoy son la respuesta más inmediata y más común cuando nuestros hijos no saben qué hacer.

El problema no es solo que la pantalla ocupe el tiempo, sino es que lo ocupa de una manera que no deja espacio para nada de lo que hemos dicho anteriormente. El estímulo audiovisual constante, rápido y prediseñado no activa la red neuronal por defecto y no genera pensamiento divergente. Tampoco desarrolla iniciativa ni imaginación. Es, en el sentido más literal, el opuesto funcional del aburrimiento productivo (Radesky et al., 2015).

Esto no significa que las pantallas sean el enemigo absoluto. Significa que usarlas constantemente como solución al aburrimiento tiene un costo específico: el niño no aprende a atravesar ese umbral, y por lo tanto nunca llega a los aprendizajes que están al otro lado.

Cómo empezar: lo concreto para esta semana

Si todo esto resuena contigo pero no sabes por dónde empezar, aquí te doy algunas ideas:

  • Elige un momento al día para no intervenir: No tiene que ser mucho: veinte minutos. Un espacio en que tu hijo esté en un ambiente seguro con materiales disponibles interesantes (libros, bloques, papel, elementos naturales) y tú no propongas nada. Solo observa.
  • Tolera la queja inicial: Casi siempre hay un período de protesta antes de que el niño se autorregule y encuentre algo. Ese período puede durar entre cinco y quince minutos. Si lo atraviesas sin ceder, lo que viene después vale la pena.
  • Resiste la tentación de elogiar el resultado: Cuando tu hijo llegue con lo que inventó, no digas “¡wow qué lindo!” de inmediato. Pregunta: ¿Cuéntame qué hiciste?” Eso pone el foco en el proceso, no en la aprobación externa.
  • Revisa el ambiente: Un niño que no encuentra nada interesante genuinamente no puede autorregularse. Asegúrate de que haya materiales abiertos (que no tengan un solo uso correcto) que estén accesibles sin necesidad de pedirte permiso. Pueden ser bloques de madera, papel y crayolas, elementos naturales como piedras o palos, telas, cajas de cartón, recipientes, plastilina. Lo opuesto serían esos juguetes con botones que hacen una sola cosa: estimulan, pero no invitan a inventar.

Conclusión

La próxima vez que tu hijo diga “estoy aburrido”, antes de buscar soluciones, pausa un segundo. Respira y acuérdate que en ese momento de vacío (ese momento que a ti te parece incómodo e improductivo) puede estar pasando algo que ninguna actividad planificada podría apoyar: tu hijo está aprendiendo a encontrarse a sí mismo y esto es clave para su desarrollo y su futuro.

Escrito por:

Carolina Calderón

Psicóloga y Guía Montessori

Referencias

Brown, S., & Vaughan, C. (2009). Play: How it shapes the brain, opens the imagination, and invigorates the soul. Avery.

Immordino-Yang, M. H., Christodoulou, J. A., & Singh, V. (2012). Rest is not idleness: Implications of the brain’s default mode for human development and education. Perspectives on Psychological Science, 7(4), 352–364. https://doi.org/10.1177/1745691612447308

Mann, S., & Cadman, R. (2014). Does being bored make us more creative? Creativity Research Journal, 26(2), 165–173. https://doi.org/10.1080/10400419.2014.901073

Montessori, M. (1964). The Montessori method (A. E. George, Trans.). Schocken Books. (Original work published 1912)

Montessori, M. (1966). The secret of childhood (M. J. Costelloe, Trans.). Ballantine Books. (Original work published 1936)

Radesky, J. S., Schumacher, J., & Zuckerman, B. (2015). Mobile and interactive media use by young children: The good, the bad, and the unknown. Pediatrics, 135(1), 1–3. https://doi.org/10.1542/peds.2014-2251

Vygotsky, L. S. (1978). Mind in society: The development of higher psychological processes. Harvard University Press.

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