
Piensa en la persona más fuerte que conoces. Piensa en la persona que más admiras, las celebridades que sigues. Piensa en quien crees, en a quién le rezas. ¿Sabes qué tienen todas estas personas en común?
Fuerza. Pero no una fuerza únicamente física o superficial, sino una que viene del control de la mente, de la voluntad y la disciplina. Una fuerza que se construye en el silencio, en el encuentro con Dios.
La naturaleza de la fuerza
Cuando hablamos de fuerza, tendemos a pensar en músculos, en resistencia física, en la capacidad de cargar peso. Pero esa no es la fuerza que sostiene una vida ni la que mantiene unida a una familia.
La fuerza que realmente importa es interior: la capacidad de controlar tus pensamientos cuando todo a tu alrededor es caos, la disciplina de escoger tu respuesta en lugar de reaccionar desde el impulso. Sabiendo que cuando tu propia fuerza se agota, Dios es quien sostiene.
La psicología moderna lo nombra “regulación emocional”. Las tradiciones espirituales lo han nombrado dominio propio, templanza, control mental. Pero al final, todo se reduce a lo mismo: ¿quién controla tu mente?
¿Controlas tú tus pensamientos, o tus pensamientos te controlan a ti? ¿Escoges tú tus respuestas emocionales, o tus emociones deciden por ti? Porque sin control mental, no hay disciplina. Y sin disciplina, no hay fuerza.
El ejemplo del desierto
Jesús, antes de enfrentar lo más difícil de su vida, estuvo en el desierto durante 40 días y 40 noches. En el silencio. A solas con Dios, preparándose para lo que venía.
Fue un encuentro profundo con Dios para encontrar la fuerza interior necesaria. No la fuerza física, sino la interior. La fuerza que viene del encuentro con Dios. El desierto no fue castigo, fue preparación. El silencio no fue vacío, fue el espacio donde encontró la fuerza.
Personalmente, cuando tenía un bebé, esos momentos los encontraba en la lactancia, en donde podía estar en silencio. Ahora que mi hijo tiene dos años, los tengo a las 2pm que es la hora de su siesta o apenas mi esposo se queda dormido.
Incluso esos momentos se pueden tener a veces en familia. Pero si hasta el mismo Dios decidió encontrar la fuerza en el desierto 40 días, tú como mamá necesitas retomar la fuerza del día en esos 10 minutos de silencio.

Por qué una mamá necesita una fuerza diferente
Ser mamá es la bendición más grande y también la responsabilidad más grande. Porque no solo cuidas un cuerpo, cuidas una mente en formación, emociones que apenas empiezan a entenderse. Cuidas un alma que te mira buscando ejemplo, seguridad, amor incondicional.
Y para hacer eso bien, necesitas más que energía física: necesitas estabilidad emocional, claridad mental y fuerza espiritual que solo viene de Dios. ¿Cómo esperas controlar tu salud, tus emociones y tu cuerpo si no tienes control sobre tu mente?
Es imposible. La maternidad moderna es agotadora no solo físicamente sino mentalmente. Una sobrecarga constante de decisiones, preocupaciones, información y demandas que requieren una base sólida desde donde operar.
Si no tienes un lugar donde tu mente se calme, donde encuentres a Dios, donde tus pensamientos se ordenen y tu sistema nervioso se regule, eventualmente todo colapsa. No porque seas débil, sino porque eres humana. Porque necesitas una fuerza más grande que tú.
El silencio como espacio de encuentro
Vivimos evitando el silencio. Lo llenamos con música, con podcasts, con redes sociales, con cualquier cosa que nos distraiga de estar a solas con nosotras mismas. Pero el silencio no es el enemigo.
Es el espacio donde Dios habla, donde nuestra mente encuentra orden, donde la verdad emerge sin filtros ni distracciones. La neurociencia lo confirma: el cerebro necesita pausas, momentos sin estímulos externos para procesar, integrar y restaurar.
Sin esos momentos, el sistema nervioso vive en modo supervivencia, en alerta constante, en reactividad emocional pura. Y cuando vives así, no respondes conscientemente, reaccionas automáticamente. No escoges, explotas.
El silencio no es pereza; es el espacio donde tu mente deja de ser arrastrada por cada estímulo y empieza a dirigir con intención. Pero más importante aún: el silencio es donde encuentras a Dios. Es donde Él habla.
Es donde su fuerza se convierte en tu fuerza. Por eso el silencio no es opcional para quien busca vivir con propósito y presencia. Es necesario. Es el lugar del encuentro con Dios y contigo misma.
La oración como encuentro con la fuerza que sostiene
La oración no es repetir palabras ni cumplir con una lista de peticiones. No es un ritual que cumples porque te dijeron que debías hacerlo. La oración es un encuentro con Dios.
Es ese momento en el que reconoces que tu propia fuerza no es suficiente, que necesitas a alguien más grande que tú. Y Él responde. Siempre responde, aunque no siempre de la forma que esperamos.
Porque al final del día, por más disciplinada que seas, por más fuerte que te consideres, hay momentos en los que tu propia fuerza no alcanza. Hay días en los que el cansancio pesa más de lo que puedes cargar. Hay situaciones que no puedes controlar por más que lo intentes.
Y es ahí donde la oración se vuelve ancla. No porque mágicamente todo se solucione, sino porque en ese momento de encuentro con Dios recuerdas que no estás sola. Que Él es tu fuerza, que cuando tú no puedes, Él sí puede.
La oración es soltar la ilusión del control total. Es reconocer que necesitas ayuda, pedir desde la humildad de saber que fuiste creada para depender de tu Creador. Y en ese acto de soltar, paradójicamente, encuentras fuerza.
Porque ya no cargas sola. Porque Dios sostiene lo que tú no puedes sostener. Él es el ancla cuando todo tiembla, la roca firme cuando todo lo demás se mueve.

Lo que alimenta la mente, alimenta la fuerza
Además del silencio y la oración, hay algo más que construye fuerza interior: lo que permites que entre en tu mente. Lo que lees, lo que ves, lo que oyes. Todo eso moldea tus pensamientos, y tus pensamientos moldean tu vida.
La psicología cognitiva lo ha demostrado repetidamente: somos profundamente influenciados por lo que exponemos a nuestra mente de manera regular. Si llenas tu mente de contenido vacío, de negatividad, de ruido constante, tu mente se debilita.
Pero si la llenas de contenido que te inspira, que te edifica, que te conecta con Dios y con tu propósito, tu mente se fortalece. Por eso es crucial ser intencional: leer cosas que te inspiren, ver contenido que fortalezca tu espíritu.
La Biblia, testimonios de fe, historias de mujeres que han caminado este camino antes que tú. Todo eso alimenta tu mente, te recuerda quién eres, te conecta con algo más grande que tus circunstancias inmediatas.
Una mente bien alimentada es una mente fuerte. Una mente conectada con Dios es una mente que puede enfrentar cualquier cosa. Porque no depende solo de sí misma sino de una fuente inagotable de sabiduría y fortaleza.
La disciplina que nadie ve
Nadie ve tus momentos de silencio. Nadie está ahí cuando te levantas antes que todos para tener diez minutos a solas con Dios. Nadie aplaude cuando apagas el celular y simplemente respiras.
Nadie te da una medalla cuando oras en lugar de explotar. Pero esos momentos son los que te construyen, los que forman esa fuerza interior que todos admiran pero que pocos entienden de dónde viene.
La fuerza que importa no es la que se exhibe; es la que se cultiva en privado, en lo ordinario, en la disciplina silenciosa de cuidar tu mente y tu espíritu. La neuroplasticidad nos enseña que el cerebro cambia con la práctica.
Cada vez que escoges el silencio sobre el ruido, estás recableando tu cerebro. Cada vez que escoges la oración sobre la reacción, estás fortaleciendo tu control mental y emocional. No es magia, es disciplina.
Es la decisión diaria de cultivar tu interioridad, de encontrarte con Dios, de nutrir tu mente con lo que la fortalece. Y esa disciplina, esa constancia invisible, es lo que construye la fuerza que sostiene todo lo demás.
Es lo que te permite ser la mamá que quieres ser, estar presente cuando todo en ti quiere escapar, amar cuando estás agotada. Es lo que te permite responder con paz cuando todo es caos.
El ancla cuando todo tiembla
Hay días buenos en los que te sientes capaz de todo, en los que la energía fluye y te sientes presente y fuerte. Y hay días difíciles en los que apenas puedes contigo misma, en los que el cansancio pesa, la paciencia se agota.
En esos días, la oración y el silencio se vuelven tu ancla. No porque todo se resuelva de inmediato, sino porque en ese encuentro con Dios recuerdas quién eres más allá del cansancio y la incertidumbre.
Recuerdas que tu valor no depende de tu productividad ni de tener días perfectos. Recuerdas que la fuerza no es nunca caer; la fuerza es saber dónde encontrar sostén cuando caes.
Y ese sostén es Dios: el ancla que te mantiene firme cuando todo tiembla, la roca sobre la que te apoyas cuando sientes que no puedes más. La presencia constante que te recuerda que no estás sola en esto.
La fuerza invisible que sostiene todo
Quiero ser la mejor mamá posible, la mejor esposa posible, la mejor versión de mí misma. No por perfeccionismo, sino porque sé que mi forma de vivir afecta profundamente a las personas que amo.
Y para eso necesito una fuerza que no viene solo de mi voluntad o mi esfuerzo. Necesito el silencio que me ayuda a controlar mi mente, a desarrollar la disciplina que luego se traduce en fuerza física y emocional.
Porque a veces lo que necesitas simplemente es parar. Dejar tu mente en blanco, lejos de distracciones, en donde lo único que llegue a ti sea inspiración para seguir. Ese espacio de quietud es donde se ordena todo lo demás.
Es donde tu mente aprende a dirigir tu cuerpo, tus emociones, tus decisiones. Es donde el control mental se convierte en autocontrol. Es donde la disciplina interior se vuelve la base de todo: de tu salud, de tu presencia, de tu capacidad de amar bien.
Por eso la oración y el silencio no son un lujo en mi vida. Son una necesidad vital. Son el lugar donde mi mente se ordena, donde mis emociones se regulan, donde encuentro la claridad para seguir adelante.
Son el espacio donde me encuentro con Dios, donde Él me recuerda quién soy, donde su fuerza se vuelve accesible cuando la mía se agota. Y donde aprendo que la fuerza más grande no viene del esfuerzo constante, sino de saber cuándo parar, respirar y dejar que solo la inspiración llegue.

Escrito por:
Juanita Gómez
Social Media Manager, Creadora de Contenido y Asistente de Productores en Hollywood



