Hay una escena que muchas mamás conocemos bien: mientras intentamos preparar el almuerzo nuestros hijos jalan nuestro pantalón, lloran, o encuentran exactamente el cajón que no deberían abrir. La cocina se convierte en un campo de batalla y nosotras terminamos sintiéndonos culpables por haberle respondido mal a nuestros hijos.

¿Y si la cocina pudiera ser, en vez de un espacio de peleas, un espacio de encuentro?

Eso es precisamente lo que propone la pedagogía Montessori: transformar los espacios cotidianos en entornos de aprendizaje auténtico, donde los niños no son un obstáculo sino que son participantes activos. Además, la cocina, con toda su riqueza sensorial y su ritmo real, es uno de los mejores laboratorios que existen para su desarrollo.

¿Por qué la cocina tiene tanto impacto en el desarrollo infantil?

María Montessori observó que los niños aprenden de manera más profunda y duradera cuando participan en actividades de la vida real y esto fue lo que ella llamó: actividades de vida práctica. Estas actividades no son un juego simulado ni ficción pedagógica: son tareas auténticas de la casa que tienen un propósito real, un inicio y un final, y que producen resultados concretos (Montessori, 1964).

La cocina reúne todo eso en un solo lugar: involucra el movimiento fino y grueso, estimula todos los sentidos, demanda concentración, y (esto es clave) el niño puede ver el resultado de su participación: por ejemplo, lavó las fresas, y ahora todos podemos comerlas. Eso es real y construye confianza.

Además, desde el punto de vista del desarrollo neurológico, las investigaciones actuales respaldan esta propuesta. Diamond (2010) encontró que actividades que combinan movimiento, atención y resolución de problemas (como las que ocurren naturalmente en la cocina) son especialmente efectivas para fortalecer las funciones ejecutivas en la primera infancia, incluyendo el control de impulsos, la memoria de trabajo y la flexibilidad cognitiva.

El principio que lo cambia todo: el ambiente preparado

Incluir a nuestro bebé en la cocina no significa dejarlo suelto entre cuchillos y ollas calientes. Significa preparar el ambiente para que pueda participar de forma segura y autónoma dentro de sus posibilidades.

Este concepto, central en la filosofía Montessori, sostiene que el entorno debe estar diseñado para favorecer la independencia del niño, no para protegerlo y detenerlo constantemente de hacerse daño (Montessori, 1966).

Ahora bien, ¿cómo podemos preparar el espacio de la cocina para que nuestros hijos puedan colaborar con nosotras?.

Hay pensar en tres dimensiones:

1. La escala:  Un niño que no alcanza la mesa no puede participar. Un taburete de aprendizaje (learning tower) o un banquito firme resuelve esto de forma efectiva, poniendo al niño a la altura del adulto y permitiéndole trabajar con sus manos sobre una superficie.

2. Los materiales adecuados:  Utensilios de tamaño real pero apropiados para sus manos: un cuchillo de untar, un pelador seguro, una tabla para picar pequeña (ojalá de madera), unos bowls. No réplicas de juguetes sino herramientas reales que funcionan de verdad.

3. Las tareas ajustadas a la edad: no todas las actividades son para todas las edades. La clave está en observar qué es capaz de hacer nuestro hijo en el presente y no ponerle actividades que esperamos que haga pero que todavía no tiene las habilidades para realizar.

¿Qué puede hacer tu hijo según su edad?

Aquí muchas veces nos preguntamos: “¿pero no es muy chiquito?” La respuesta, casi siempre, es que los niños pueden hacer más de lo que creemos (siempre que el ambiente esté preparado para que lo puedan hacer y sea seguro).

De 6 a 12 meses: Los bebés pueden estar presentes de forma activa. Podemos ponerlo de manera segura donde pueda vernos mientras cocinamos, entregarle un utensilio de madera para explorar, dejarlo tocar texturas seguras (una zanahoria cruda, un pedazo de pan), dejarlo oler todo, meterlo a la boca, e incluso tirarlo. La participación en esta etapa es principalmente sensorial y social: te ve a ti, aprende que la cocina es un lugar cotidiano y tranquilo, no un lugar de exclusión (Lillard, 2005).

De 12 a 18 meses: En esta etapa empieza la acción. Nuestros hijos pueden ayudar a revolver comida (en bowls, no en ollas calientes), meter ingredientes en recipientes, lavar frutas y verduras bajo nuestra supervisión, poner y quitar tapas. El movimiento puede ser todavía poco preciso y lento (es lo esperable).

De 18 meses a 2 años: La motricidad fina mejora notablemente. En esta etapa nuestros hijos pueden untar, echar líquidos de una jarra pequeña a un vaso (con algo de derrame, que es parte del proceso), pelar huevos duros, cortar bananos con cortadores de papas, mezclar masas. En esta etapa, los niños empiezan a anticipar la secuencia de pasos y disfrutan enormemente de completar una tarea de principio a fin.

De 2 a 3 años: Aquí la participación se vuelve verdaderamente colaborativa. Nuestros hijos pueden seguir recetas sencillas con apoyo visual (imprime imágenes de cada paso que debe seguir), usar un pelador bajo supervisión cercana, cortar con cuchillo de punta redondeada, medir y echar ingredientes en bowls, limpiar su espacio de trabajo. También puede ayudar a planear qué preparar juntos.

Lo que vi en Toronto: cuando esto deja de ser teoría

Puedo hablar de bibliografía y marcos teóricos, pero hay algo que me impactó de una manera que ningún libro logró del todo: mi primer día trabajando en un salón Montessori en Toronto.

Tenía muchas expectativas y mucha intriga de cómo se vería una clase Montessori de niños de 1 año y medio, pero definitivamente no esperaba que fueran los niños quienes prepararan su snack de la mañana.

Desde el primer día, eran los niños quienes lavaban la fruta, untaban queso crema o mermelada en galletas, cortaban con sus cortadores de papas distintos tipos de comida (banano, pepino, queso). Asimismo, amasaban y horneaban su propio pan desde cero. Sin afán, sin intervenciones constantes de las profesoras, con una seriedad y una concentración que me dejaron impactada.

Lo que más me sorprendió no fue la habilidad que tenían para hacer todo esto,  sino la actitud con la que lo hacían. Era notorio que todo lo que tenía que ver con comida era su actividad favorita del día, puesto que todos llegaban a mirar de primeras que alimentos había para preparar. Además, había una especie de orgullo cuando participaban de esta actividad.. y tenía todo el sentido: lo que ellos preparaban no era solo para ellos, era para el grupo entero. Cada niño que cortaba una manzana lo hacía sabiendo que sus amigos también iban a comerla. Eso les daba algo que va mucho más allá de la motricidad fina o el aprendizaje sensorial: les daba un sentido de pertenencia y de contribución real a su comunidad.

Vi, en esas cocinas pequeñas y bien equipadas, exactamente lo que Montessori describió en sus libros: niños que no necesitaban que los motivaran, porque la tarea misma (real, concreta, útil para otros) era motivación suficiente.

La trampa del perfeccionismo: por qué el proceso importa más que el resultado

Tengo que ser honesta: incluir a un niño en la cocina significa aceite derramado, harina en el piso, fresas aplastadas, y recetas que no quedan perfectas… y  aquí es donde muchas mamás se detienen porque el caos supera la paciencia.

Montessori lo anticipó explicando que el error no es un fracaso sino “una guía” (Montessori, 1967), y que la capacidad de reconocerlo y corregirlo es parte esencial del aprendizaje. Los materiales que se usan en la cocina (a diferencia de muchos juguetes) ofrecen retroalimentación inmediata y real: si echas algo líquido en un recipiente demasiado rápido, el líquido se derrama. Si mezclas mal, la masa queda con grumos. De esta manera, los niños  aprenden de la experiencia directa, no de la corrección del adulto.

Esto conecta con algo que los investigadores del desarrollo han documentado ampliamente: la motivación intrínseca, que se refiere al  deseo de hacer algo por el placer y la satisfacción de hacerlo, se fortalece cuando el niño puede experimentar las consecuencias naturales de sus acciones (Deci & Ryan, 2000). Cada vez que intervenimos para evitar el error o para hacer la tarea “más rápido”, interrumpimos ese ciclo.

Cómo hablarle mientras cocina: el lenguaje que nutre

La cocina no solo es un espacio para el desarrollo motor, es un espacio de aprendizaje de lenguaje. Cada preparación está llena de vocabulario: ingredientes, acciones, texturas, cantidades, colores, tiempos.

Algunos principios que guían el lenguaje Montessori en este contexto:

– Nombra lo que ves, no lo que sientes tú:  En vez de “¡Qué bien lo estás haciendo!”, intenta decir “Estás revolviendo despacio y el agua no se derrama.” Esto describe la acción real y desarrolla vocabulario preciso (Lillard, 2005).

– Usa lenguaje científico real: No “ponle cositas encima”, sino “ponle las semillas encima.” Los niños absorben el lenguaje con una facilidad increíble, y la nomenclatura precisa construye pensamiento preciso.

– Dale tiempo para responder:  Di una instrucción simple y pausas. No satures con mucha información porque la corteza prefrontal de un niño de dos años necesita tiempo para procesar.

– Modela con calma: Si algo se derrama, di “se derramó el agua, vamos a limpiarla”. Así enseñas también regulación emocional de forma implícita.

Un espacio para los dos, no solo para él

Hay algo que vale la pena decir y que rara vez aparece en los blogs de maternidad: incluir a nuestros hijos en la cocina no es sólo bueno para ellos, también es bueno para nosotras.

En la primera infancia, el contacto, la presencia y las rutinas compartidas son las que construyen el vínculo. No hace falta una actividad especial ni un juguete educativo caro. Basta con pelar juntos una mandarina, lavar juntos los tomates, preparar juntos el desayuno del domingo.

Bowlby (1988), dice en su teoría del apego la cual es hoy un pilar de la psicología del desarrollo, que la figura de apego es como una “base segura” desde la cual el niño explora el mundo. La cocina (con su calor, sus olores, su ritmo cotidiano)  puede ser exactamente eso: un lugar donde el niño sabe que está contigo, haciendo cosas reales y siendo parte de algo.

Por dónde empezar: tres pasos concretos para esta semana

Si todo esto suena bien en teoría pero no sabes por dónde comenzar, aquí te dejo algo simple y realista que puedes hacer:

Paso 1: Elige una tarea pequeña y repetible

Algo que pase todos los días: lavar la fruta del desayuno, poner los platos sobre la mesa, revolver el jugo. La repetición es lo que construye competencia y confianza.

Paso 2: Prepara el espacio antes de llamarlo

Ten todo listo: el taburete en su lugar, el bowl en la posición correcta, el agua a una temperatura segura. Cuando el ambiente está preparado, la experiencia fluye.

Paso 3: Baja tus expectativas sobre el resultado y sube tus expectativas sobre el proceso

La sopa puede quedar imperfecta y el pan puede no saber bien,  pero si tu hijo de dos años mezcló la masa con motivación y concentración durante cinco minutos, algo mucho más importante acaba de pasar en su cerebro. En conclusión, la cocina desde la perspectiva Montessori no es una cocina perfecta sin manchas. Es una cocina donde dos o más personas (de edades muy distintas) comparten el espacio y el tiempo de una forma que los hace crecer a todos.

Escrito por:

Carolina Calderón

Psicóloga y Guía Montessori

Referencias:

Bowlby, J. (1988). *A secure base: Parent-child attachment and healthy human development*. Basic Books.

Deci, E. L., & Ryan, R. M. (2000). The “what” and “why” of goal pursuits: Human needs and the self-determination of behavior. *Psychological Inquiry, 11*(4), 227–268. https://doi.org/10.1207/S15327965PLI1104_01

Diamond, A. (2010). The evidence base for improving school outcomes by addressing the whole child and by addressing skills and attitudes, not just content. *Early Education and Development, 21*(5), 780–793. https://doi.org/10.1080/10409289.2010.514522

Lillard, A. S. (2005). *Montessori: The science behind the genius*. Oxford University Press.

Montessori, M. (1964). *The Montessori method* (A. E. George, Trad.). Schocken Books. (Obra original publicada en 1912)

Montessori, M. (1966). *The secret of childhood* (M. J. Costelloe, Trad.). Ballantine Books. (Obra original publicada en 1936) Montessori, M. (1967). *To educate the human potential*. Kalakshetra Press. (Obra original publicada en 1948)

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