Consejos de abuela para vivir la edad adulta con plenitud
Estoy a tres semanas de cumplir 61 años. Me miro en el espejo y veo una que otra cana, patas de gallina, marcadas líneas de expresión en mi frente y surcos nasales, algunas manchas y arrugas en las comisuras de los labios, además del denominado “código de barras” arriba del labio superior, sostenidas todas en el tiempo y acordes con mi edad.
Otras señales del paso inexorable de los años son los párpados caídos, las manos con signos de resequedad y una evidente flacidez y pérdida de tonificación de mi cuello, barriga y muslos, así como el famoso ‘brazo de tía’, que describe la piel suelta y caída en la parte superior de los brazos. Es la llamada sarcopenia, que se manifiesta en la pérdida de masa muscular a partir de los 40 años, con el deterioro paulatino de la firmeza propia de los años de juventud.

Y para rematar, estoy próxima a una cirugía de reemplazo total de ambas rodillas, por las secuelas de una artritis reumatoidea que contraje a mis 32 años como una enfermedad crónica, progresiva e incurable. Y bueno, ¿qué hay con ello?
Una de las primeras manifestaciones de que llegó la “sejuela” (coloquialmente se refiere a “Se fue (jué) la juventud”), es comprobar que nuestra cara, cuello, manos y cuerpo ya no tienen la tersura ni la firmeza de otras épocas; que tenemos que empezar a usar gafas recetadas para ver mejor; que comienzan a aparecer achaques y limitaciones, que nuestra energía disminuye, la capacidad para movernos, la flexibilidad y estabilidad ya no son las mismas de antes, y la digestión, el sueño e incluso la memoria y concentración se alteran (como cuando nos esforzamos por recordar una palabra o el nombre de una persona, o no encontramos las gafas o las llaves -y ¡las tenemos en las manos!-).
Y estoy convencida de que no existe crema ni tratamiento que borre lo vivido. Tampoco creo en inyecciones, implantes, rellenos, estiramientos ni cirugías, porque lo que estos procedimientos pretenden es tratar de engañar el ciclo natural de la vida. ¡A mí me gusta envejecer con dignidad!
De hecho, tengo una amiga que cada vez que nos reunimos y nos tomamos fotos con celular le gusta poner filtros que nos dejan como muñecas de porcelana, con un aspecto de “cuchi-barbies” o, mejor, como máscaras del Carnaval de Venecia, inexpresivas, ficticias y plásticas. Y ese es siempre mi reclamo: “A mí déjame mis arrugas, no tengo porqué esconderlas ni avergonzarme de ellas. ¡Las arrugas son la mejor demostración de que he vivido!”.
Definitivamente, qué bien se siente aceptar la edad adulta con el amor propio de mujer.
Cuando todo empieza a parecernos “muy lejos, muy caro o muy tarde”; cuando el ímpetu y la disposición para decir a todo sí (como antes lo hacíamos) comienza a filtrarse con una actitud mucho más selectiva, dando prioridad al bienestar emocional y la calidad de vida, es como en la canción de Pablo Milanés que podemos reconocer que “El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos (…)”.

Estos son algunos consejos de vida para vivir la edad adulta con plenitud, muy acordes con los conocidos parámetros de las famosas “Zonas Azules” (concepto creado por el explorador estadounidense Dan Buettner, quien identificó cinco regiones del mundo -Okinawa, Japón; Cerdeña, Italia; Icaria, Grecia; la península de Nicoya, Costa Rica y Loma Linda, California-, donde la población tiene una longevidad saludable, superando los 100 años de manera más frecuente que en otros lugares, gracias a un estilo de vida que combina una dieta lo más natural posible, actividad física regular, bajo estrés y fuertes lazos sociales):
- Sentido de vida. Algo tan sencillo como decir todas las mañanas al despertar “¡Estoy viva!”, pero no solo en el aspecto fisiológico, sino de propósito. Levantarse temprano con una agenda en la cabeza -y, mejor aún, por escrito-, con la lista de actividades, asuntos pendientes por gestionar, compromisos, citas y planes, activa un motor de iniciativa, resultados y satisfacción, como la que a mí me produce el ir chuleando los logros o puntos cumplidos, con una carita feliz, un “ya”, etc.
Desde preparar el almuerzo de mi esposo para llevar a la oficina, regar las matas mientras las llamo por su nombre (Aurora, Milagritos, Cuqui, Miranda, Luz de María, Violeta), hasta realizarme una densitometría ósea para medir el nivel de calcio en mi organismo y detectar una posible osteoporosis, asistir a una competencia de natación de mi nieto y luego tomar onces con una de mis mejores amigas.
El sentirse útil y mantener una fuerte conexión familiar y social aporta de forma significativa en el sentido de vida. Disfrutar cada momento y atesorar experiencias como ir a cine, teatro, conciertos, actividades culturales, charlas, seminarios, exposiciones, etc. nos mantiene el alma joven.
2. ¡Moverse, moverse, moverse! Estiramientos al despertar estando aún en la cama, para activar los músculos, la circulación, la respiración.
Tener una rutina diaria de ejercicio físico, bien sea en silla o de pie, con pequeñas rutinas que activen el flujo cardiovascular, la flexibilidad, la fuerza muscular, la estabilidad y el equilibrio. El resultado es autonomía, independencia y amor propio de mujer.

Caminar empinada o en los talones, salir a dar un pequeño paseo durante diez minutos inmediatamente después de comer (para bajar los niveles de azúcar en sangre y propiciar la digestión), asistir a clases de baile (tango, salsa, rumba, merengue), a sesiones de actividad física al aire libre y hacer pausas activas aún estando en casa cada hora, ¡mantiene el cuerpo despierto!
3. Alimentación balanceada. El sentido común predomina para elegir en las tres comidas del día alimentos como huevos, verduras, frutas, legumbres, granos integrales, frutos secos, semillas y carnes blancas, con bajo consumo de azúcares, carnes rojas, embutidos, enlatados, harinas refinadas y aceites procesados.
Tomar mucha agua, evitar jugos y bebidas azucaradas, postres, fritos y productos de paquete. En mi caso particular, tomo bebidas a base de cúrcuma (considerado como el más potente antiinflamatorio y antioxidante de la naturaleza), leches de coco y de almendras, té verde, matcha y chai; no tomo trago ni leche de vaca (pero sí quesos, yogur griego y kéfir).
4. Nutrir la mente. Aprender un idioma (a través de plataformas como Duolingo), practicar un instrumento musical, realizar actividades manuales como tejer (ya que equilibra ambos hemisferios cerebrales y da una sensación de bienestar emocional); leer al menos 10 minutos antes de dormir, escuchar a diario música clásica (en especial de Mozart, la Sonata para dos pianos en Re mayor, K.448, porque está comprobado que mejora la atención, la concentración y la memoria).
Y otro tip: Oler romero fresco aumenta la memoria en un 75%, al mejorar la comunicación entre las neuronas.
5. Capotear el estrés. Otros consejos de vida como hábitos que me funcionan de maravilla es bañarme con agua helada todos los días (sin importar el clima o la temperatura exterior), como una forma de neutralizar el estrés. Respirar con calma, inhalando, sosteniendo y exhalando, de forma pausada y consciente.

Y otro hábito irremplazable es dormir entre 6 y 7 horas y media cada noche, yendo a la cama máximo a las 10:30 p.m., luego de tomar un agua aromática de manzanilla, toronjil y manzana mezclada con medio sobre de gelatina sin sabor (una dosis efectiva de colágeno). El sueño es vital para la longevidad saludable. ¡Ah! Y si me puedo regalar una siesta en la tarde, ¡bienvenida sea!
6. Alimentar el alma. Uno de los pilares de mi salud emocional es mi vida espiritual, con la práctica diaria de mi fe católica a través de la oración y los sacramentos. No hay nada que me dé la paz que encuentro en Dios. Procuro y busco momentos de silencio, recogimiento y reflexión para ir al interior de mi ser y mantener mi “lago en calma”.
Adoptar un ritmo de vida “sin prisa, pero sin pausa”, con un bajo nivel de estrés que nos de tranquilidad y alegría, definitivamente contribuye a la salud emocional.
De hecho, el neurocirujano Fernando Hakim hace énfasis en cuatro aspectos clave para la salud del cerebro: hacer ejercicio, comer sano, socializar con amigos que nos hagan reír y tener una mascota (como el perro que sale a saludarnos efusivamente cuando llegamos a casa libera en nosotros altos niveles de oxitocina, la hormona de la calma y la relajación, lo que redunda en el bienestar emocional).
Envejecer con dignidad es poder darse el lujo de diseñar un estilo de vida acorde a nuestra condición física, necesidades emocionales, prioridades, gustos, creencias y red de apoyo familiar y social.

Escrito por:
Adriana Arango M
No Soy experta, soy mamá y abuela.








