Pequeños cambios que hacen tu vida y la de tus hijos más tranquila.
Por: María Gómez Araujo, mamá de 3 y coach de nutrición
Cuando nació mi hijo menor, mis otros dos hijos entraron al jardín infantil cuando él tenía menos de dos meses y empezaron los virus en la casa. De 5 días a la semana, iban uno o dos y me traían otro virus. Yo estaba desesperada, sin ayuda, todo el día corriendo, con afán.
Una mañana me senté en el borde de la cama y se me escurrieron las lágrimas, tenía otra vez a mis hijos enfermos y pensé “qué podemos hacer para hacernos la vida más fácil y tranquila, por qué siempre tenemos que estar estresados y con afán?”
De ahí nació todo lo que te quiero contar hoy. Porque resulta que ir más despacio no es solo mejor. Le hace bien a la salud de tus hijos. Literalmente. Al sueño, a cómo comen, a cómo se portan. Y no, no es un cuento de mamá zen de Instagram.
Vivimos apurados sin saber por qué
Primero, una confesión: soy de Bogotá y he notado que nosotros los de ciudad, cargamos un afán adentro que ni notamos. Caminamos rápido, comemos rápido, hablamos rápido, hasta descansamos rápido (¿alguien más oye mensajes de voz a 1.5x? sí, yo lo hacía).
Y entonces tenemos hijos y, sin darnos cuenta, los metemos en nuestro ritmo. Un ritmo que creo que no fue diseñado para un cuerpito de dos años que necesita veinte minutos para ponerse un zapato porque está descubriendo cómo funcionan sus dedos.
Nosotros vemos eso y nos desesperamos. El niño no se está demorando: el niño está aprendiendo. Pienso que somos nosotros los que tenemos un problema con el tiempo, no ellos.
Los niños, cuando los dejamos, viven en lo que los grandes llamamos “el presente” y pagamos miles de pesos en cursos y retiros para alcanzar.
Ellos ya están ahí. Gratis. Mirando una hormiga durante diez minutos como si fuera lo más fascinante del universo (y para ellos lo es). El problema es que nosotros les decimos “deja esa hormiga, vamos, apúrate”.
He entendido que la paciencia, esa virtud tan de mamá, no es solo aguantar el berrinche. La paciencia también es respetar el ritmo del otro. Y los hijos tienen un ritmo distinto al nuestro. Más lento. Más curioso. Más sabio, me atrevo a decir.
El sueño: lo primero que se daña con el afán
Empecemos por donde más nos duele a las mamás: el sueño. (Yo tengo un bebé de diez meses que todavía no me deja dormir una noche completa, así que de sueño hablo con autoridad moral y ojeras de testigo.)
Cuando los días van a las carreras, las noches se desordenan. Es física pura. Un niño que pasó la tarde corriendo de actividad en actividad, con la tablet de fondo para “ganar tiempo”, con la comida engullida de afán, llega a la noche acelerado. Sobreestimulado. Y un niño sobreestimulado no se duerme, por más que tú quieras meterlo a la cama a las 7:30 como dice el manual.
Cuando bajamos el ritmo en mi casa —y esto me tomó tiempo, no fue de un día para otro— pasó algo casi mágico: las noches mejoraron. Una tarde tranquila, con juego libre, sin pantallas en las últimas horas, con una comida sin afán y una rutina de antes-de-dormir que no fuera una pelea, le avisaba al cuerpo de mis hijos que el día estaba cerrando suavecito.
Los niños necesitan transiciones, no frenazos. Nosotros vivimos frenando: del colegio (o de la mesa de homeschool) directo a la comida, de la comida directo al baño, del baño directo a la cama, todo a empujones. Y luego nos preguntamos por qué les cuesta dormir. Pues porque les pedimos que pasen de cien a cero en dos minutos, algo que ni nosotros los adultos logramos.
La vida lenta le da al cuerpo el tiempo de bajar las revoluciones. Y un cuerpo que baja revoluciones es un cuerpo que se duerme. Es así de simple, y nos costó siglos entenderlo.
La comida: por qué el afán nos arruina la mesa
Acá entro en mi terreno. Trabajé años como coach de nutrición y hoy escribo y hago videos sobre maternidad, y si hay algo que he visto destruir los buenos hábitos alimenticios de una familia, es el afán.
Piénsalo: cuando comemos rápido, no masticamos bien, no nos da tiempo de sentir saciedad, comemos de más, escogemos lo más fácil (que casi nunca es lo más sano), y convertimos la mesa en una estación de servicio en vez de un momento de encuentro. Y con los niños esto se multiplica.
Un niño al que apuramos para comer aprende que la comida es un trámite. Algo que hay que “despachar”. No aprende a saborear, no aprende a reconocer cuándo está lleno, no aprende que la mesa es un lugar lindo. Y esos aprendizajes lo van a acompañar toda la vida. Las relaciones complicadas que muchos adultos tenemos con la comida muchas veces empezaron en una infancia donde comer era un afán o una pelea.
Cuando desaceleramos la mesa en mi casa, cambió todo. Comemos sentados, los cinco, sin pantallas (la mayoría de las veces). Dejamos que el de cuatro años sirva su propia agua aunque derrame la mitad. Dejamos que la de dos coma con las manos y se embarre hasta las orejas, porque así está explorando texturas y aprendiendo. No los apuramos. Conversamos. Y resulta que comen mejor, prueban más cosas, y pelean menos.
La buena alimentación no se trata solo de qué ponemos en el plato. Se trata también de cómo y en cuánto tiempo. Una comida sencilla comida con calma alimenta más que un plato perfecto comido a las carreras. Te lo firmo.
Y hay algo más, algo que tiene que ver con la gratitud: cuando comemos despacio, alcanzamos a agradecer. A notar que hay comida en la mesa, que estamos juntos, que hubo manos que cocinaron. Los niños que aprenden a agradecer la comida la valoran distinto. Y un niño que valora la comida es un niño que come mejor.
El comportamiento: niños apurados, niños alterados
Esta es la parte que más me sorprendió cuando empecé a ver de verdad a mis hijos.
Los días que íbamos rápido eran los días de más pataletas. Más peleas entre ellos, más llanto, más “no quiero”, más todo. Y yo, en mi inocencia, pensaba que los niños estaban “imposibles” ese día. Que les había caído mal algo. Que estaban en una “etapa”.
Hasta que entendí que el imposible muchas veces era el ritmo, no el niño.
Un niño apurado es un niño estresado. Y un niño estresado tiene poquísimas herramientas para manejar ese estrés (las mismas herramientas que muchos adultos no tenemos, seamos honestas). Entonces lo saca como puede: gritando, pegando, tirándose al piso, negándose a todo. No es maldad. Es un sistema nervioso chiquito que está sobrecargado y no sabe qué hacer.
Cuando bajamos el ritmo, los berrinches no desaparecieron —que nadie venda esa mentira— pero sí bajaron muchísimo. Los niños tenían más espacio para procesar, para aburrirse (sí, aburrirse es buenísimo), para jugar libre, para regular sus emociones a su tiempo. Un niño que no vive corriendo es un niño con más calma adentro. Y la calma de adentro se nota afuera.
Acá hay una lección de humildad para nosotras las mamás, y me la aplico la primera: muchas veces el problema de comportamiento de nuestros hijos es, en parte, un reflejo del ritmo que les estamos imponiendo. No para culparnos, las mamás cargamos demasiado… sino para darnos cuenta de que tenemos más poder del que creemos. Si yo bajo mi afán, mis hijos bajan el suyo. Funcionan como espejos. Y eso, lejos de ser una carga, es una buena noticia.
Pero María, ¿cómo se hace eso en la vida real?
Ya te oigo. “Todo muy lindo, pero yo trabajo, tengo mil cosas, no puedo vivir como si estuviera en un retiro espiritual en el campo”. Te entiendo perfecto. Yo también tengo trabajo, tres hijos, una casa, homeschool y un bebé que no duerme. La vida lenta no es vida sin responsabilidades. Es vida sin afán innecesario. Hay una diferencia.
No se trata de hacer menos cosas necesariamente. Se trata de hacerlas con otra actitud. Acá van algunas cosas que a mí me han servido, por si te sirven a ti:
- Quita un “apúrate” al día. Solo uno, para empezar. Antes de decirlo, pregúntate: ¿de verdad estamos tarde, o es mi afán hablando? La mayoría de las veces, era mi afán.
- Construye colchones de tiempo. Si algo toma 20 minutos, dale 30. Ese colchón es la diferencia entre una mañana de gritos y una mañana en paz. Salir más temprano cuesta levantarse más temprano, sí, pero compra una mañana sin afán. Vale la pena.
- Protege la mesa. Aunque sea una comida al día, que sea sin pantallas, sentados, sin reloj. Una sola. Es sagrada.
- Deja que se aburran. No llenes cada minuto. El aburrimiento es la cuna de la creatividad. Un niño aburrido termina inventando un mundo entero. Un niño entretenido todo el tiempo nunca aprende a estar consigo mismo.
- Modela tú la calma. Esta es la más difícil y la más importante. Los niños no hacen lo que decimos, hacen lo que hacemos. Si tú vives a mil, ellos viven a mil. Si tú respiras, ellos respiran. La vida lenta empieza en ti, no en ellos.
Ninguna de estas es perfecta y yo fallo en todas, todas las semanas. Pero el punto no es la perfección. El punto es la dirección. Ir, poco a poco, hacia una casa con menos afán.
Lo que de verdad están aprendiendo
Al final, esto va más allá del sueño, la comida y el comportamiento, aunque todo eso importe.
Cuando escogemos la vida lenta, les estamos enseñando a nuestros hijos algo que el mundo de hoy desprecia: que tienen valor por lo que son, no por lo que producen ni por lo rápido que lo hacen. Que merecen tiempo. Que la vida no es una lista de pendientes que hay que despachar, sino algo que se vive, se saborea, se disfruta.
Les estamos enseñando a estar presentes. A mirar la hormiga. A masticar despacio. A dormir tranquilos. A no vivir con el corazón acelerado desde los tres años.
Y de paso, nos lo estamos enseñando a nosotras mismas. Porque, seamos sinceras, las que más necesitamos ir más despacio somos nosotras. Nuestros hijos no nacieron apuradas. Nosotras les enseñamos el afán. La buena noticia es que también les podemos enseñar la calma.
Hoy, cuando siento que el “apúrate” se me sube a la garganta, respiro y me acuerdo de esa mañana en la que conté ocho. Y casi siempre —no siempre, soy humana— me lo trago, me agacho a la altura de mi hijo, y le digo: “tómate tu tiempo, mi amor. No tenemos afán”.
Y resulta que es verdad. Casi nunca tenemos el afán que creemos tener.
Si llegaste hasta acá, gracias por regalarme estos minutos lentos en medio de tu día. Ojalá hoy puedas quitar un “apúrate”. Solo uno. Vas a ver cómo respira distinto tu casa.
Un abrazo de mamá a mamá, sin afán. Nos vemos en el próximo.

Escrito por:
Maria Gómez
Coach de Nutrición







