Antes de conocer la pedagogía Montessori, tanto en mi práctica como profesora de preescolar como en mi rol actual como mamá, asumía que acompañar a un niño significaba participar activamente en su juego. Es una idea profundamente instaurada: cuando nos involucramos, sentimos que estamos siendo buenas mamás, qué el tiempo compartido es tiempo de calidad.

Aunque esa sensación no es falsa, sí es incompleta, porque revela algo importante sobre cómo entendemos hoy la crianza: aprendimos culturalmente que estar presentes significa estar activas, que acompañar significa intervenir y que, si nuestro hijo juega solo, estamos siendo negligentes.

El mito de la mamá que siempre se involucra

Las últimas décadas han traído o han promovido una forma de maternidad intensiva que, con la mejor intención, ha generado una presión enorme: la idea de que una mamá “buena” es la que está constantemente estimulando, enseñando y entreteniendo a su hijo.

La socióloga Sharon Hays (1996) llamó a esta tendencia “maternidad intensiva”: un modelo cultural que demanda que las mamás inviertan cantidades desproporcionadas de tiempo, energía y recursos emocionales en la crianza, tomando al hijo o hijos como centro absoluto de la vida familiar.

El problema no es el amor, sino que este modelo, además de agotar a las mamás, interfiere con algo que los niños necesitan profundamente: el espacio para desarrollarse por su propia iniciativa.

Qué dice Montessori sobre el juego independiente

María Montessori observó algo que hoy nos parece contraintuitivo: los niños, cuando están en un ambiente adecuado y no son interrumpidos, son capaces de alcanzar una concentración profunda y sostenida que los adultos raramente logramos. Ella llamó a este estado “el fenómeno de la concentración” y lo consideró uno de los pilares del desarrollo sano.

“La primera tarea del educador es despertar en el niño la vida, mediante el estímulo de sus actividades espontáneas” (Montessori, 1949).

Para Montessori, la intervención constante del adulto no es una muestra de amor: es una interrupción. Cuando irrumpimos en el juego de un niño (aunque sea con buenas intenciones), rompemos ese ciclo de concentración que su cerebro estaba construyendo.

El ambiente preparado del que tanto he hablado en mis blogs está diseñado precisamente para que el niño pueda actuar con autonomía. En este espacio, el adulto observa, pero no dirige. Está disponible, pero no es protagonista.

Lo que el cerebro necesita cuando juega solo

Desde la neurociencia, el juego independiente no es tiempo libre ni tiempo perdido, sino tiempo de integración.

Stuart Brown, fundador del National Institute for Play, ha documentado extensamente cómo el juego libre (sin estructura externa de un adulto) activa circuitos cerebrales asociados a la creatividad, la regulación emocional y las funciones ejecutivas (Brown & Vaughan, 2009). Cuando un niño juega solo, está tomando decisiones, resolviendo problemas, gestionando la frustración y aprendiendo a tolerar el aburrimiento. Esta última es una habilidad que la neurociencia hoy reconoce como fundamental para la atención sostenida.

Peter Gray, psicólogo de la Universidad de Boston, argumenta que el juego libre es el mecanismo evolutivo a través del cual los niños aprenden a regularse, a negociar, a ser creativos y a desarrollar autonomía (Gray, 2013). También señala algo que debería hacernos reflexionar: a medida que el juego libre ha disminuido en las últimas décadas, la ansiedad infantil y los problemas de regulación emocional han aumentado.

¿Entonces nunca debo jugar con mi hijo?

Claro que sí. La pregunta no es si jugar con tu hijo, sino cómo y cuándo hacerlo.

El psicólogo John Gottman (1997) identificó lo que llamó “juego de piso”: momentos cortos pero completamente presentes en los que el adulto se une al mundo del niño siguiendo su iniciativa, sin redirigir, corregir ni proponer algo nuevo. Estos espacios, incluso de diez o quince minutos, tienen un efecto gigante sobre el vínculo y la seguridad emocional del niño.

Lo que Gottman encontró es que la calidad del tiempo compartido importa mucho más que la cantidad. Un rato de juego genuinamente conectado (donde el adulto sigue la iniciativa del niño y se emociona con él, sin enseñar ni corregir) hace más por el vínculo que horas de presencia distraída (usando el celular, por ejemplo).

La teoría Montessori es coherente con esto: el adulto entra a jugar cuando el niño lo invita, observa antes de actuar y sabe retirarse cuando el niño ha retomado el hilo de su propio juego.

Cómo preparar el ambiente para que el juego independiente sea posible

El juego independiente no ocurre porque sí, sino que requiere ciertas condiciones. Aquí es donde entra uno de los conceptos de los que más he hablado en mis anteriores blogs: el ambiente preparado.

Un ambiente preparado para el juego independiente tiene algunas características esenciales:

  • Materiales accesibles y en cantidad limitada: los niños se abruman con demasiadas opciones. Menos juguetes, bien seleccionados y al alcance del niño, favorecen la concentración.
  • Un espacio seguro donde el niño pueda moverse libremente: la seguridad física del entorno es lo que permite al adulto dar un paso atrás.
  • Materiales con propósito: Montessori diferenciaba entre juguetes que entretienen y materiales que desarrollan. Un juguete que hace todo el trabajo (luz, sonido, movimiento) deja poco espacio para la iniciativa del niño.
  • Un adulto que observa sin intervenir: la observación es una práctica activa, no pasiva. Significa estar presentes sin ser una presencia disruptiva (nosotros también hacemos parte del ambiente preparado).

¿Y si mi hijo ya no sabe jugar solo?

Esta es una de las preguntas más frecuentes que recibo, y es completamente válida. Muchos niños que han crecido con atención adulta constante desarrollan una dependencia real hacia esa presencia. No es un defecto del niño: es una adaptación a lo que el ambiente le ha enseñado.

La buena noticia es que la autonomía puede construirse gradualmente y con intención.

Empieza con presencia física, no con ausencia: No se trata de desaparecer de manera abrupta. El primer paso es estar en la misma habitación, pero no participar activamente: leer, tomar café, doblar ropa. Tu presencia sigue siendo una base segura, pero ya no eres el estímulo principal.

Reduce el tiempo de juego conjunto de forma gradual: Si juegas treinta minutos seguidos con tu hijo, empieza a retirarte a los veinte, luego a los quince. Avisa antes de hacerlo: “Voy a terminar pronto y tú vas a seguir jugando solo un momento”. Predecir la transición reduce la ansiedad.

Haz del juego independiente un ritual, no un castigo: El tono con el que presentas el juego autónomo importa. “Ahora tú juegas y yo observo”, dicho con calma y confianza, comunica algo completamente distinto a “ahora juega solo porque mamá está ocupada”.

No rescates el aburrimiento demasiado rápido: El aburrimiento inicial es normal y necesario. Es el momento justo antes de que el niño encuentre su propio hilo y, si intervenimos en los primeros dos minutos de queja, no le estamos dando la oportunidad de llegar a ese punto.

Revisa el ambiente: A veces el problema no es el niño, sino los materiales disponibles. ¿Son adecuados para su edad? ¿Los rotas o siempre son los mismos? Un ambiente predecible, pero renovado cada cierto tiempo, mantiene el interés sin necesitar al adulto como fuente de entretenimiento.

Reconoce el esfuerzo, no solo el resultado:
Cuando tu hijo logre jugar solo, aunque sea cinco minutos, nómbralo sin exagerar: “Jugaste solo un rato. Lo hiciste”. No es un elogio vacío; es un espejo que le muestra su propia capacidad.

Este proceso toma tiempo; en algunos niños toma semanas y en otros puede tardar meses… y seguramente habrá días en que parezca que retrocedieron (eso es normal). La dependencia no se construyó de un día para otro, y la autonomía tampoco.

Lo que sientes cuando tu hijo juega solo (y por qué es válido)

Seamos honestas: a veces, cuando nuestro hijo juega solo, lo que sentimos no es alivio, sino culpa.

Esa culpa viene de un mensaje cultural muy fuerte que les dice a las mamás que su valor está ligado a cuánto se sacrifican, cuánto están presentes, cuánto dan… y deconstruir ese mensaje no es fácil, pero es necesario.

Lo primero que hay que hacer es entender que permitir que tu hijo juegue solo no es abandono, sino, por el contrario, es confianza. Es decirle, con tus acciones: “Creo en tu capacidad. No necesito rescatarte del aburrimiento”. Esa confianza, paradójicamente, construye más seguridad emocional que la presencia constante. Los niños que saben que el adulto está disponible (pero que no necesitan su atención en cada momento) desarrollan mayor autonomía, menor ansiedad y una autoestima más sólida (Ainsworth et al., 1978).

En conclusión

Si hay algo que este artículo quiere dejarte, no es una lista de tareas ni un protocolo a seguir, sino un permiso: un permiso para sentarte en el sofá mientras tu hijo juega en el piso, para terminar tu café caliente, para observar sin actuar, para no sentirte obligada a ser la fuente constante de estímulo, entretenimiento y aprendizaje de tu hijo.

Con todo esto, quiero terminar diciendo que tu presencia importa y tu disponibilidad importa, pero también tenemos que darles a nuestros hijos el regalo de explorar, aprender y crecer de manera independiente.

Escrito por:

Carolina Calderón

Psicóloga y Guía Montessori

Referencias

Ainsworth, M. D. S., Blehar, M. C., Waters, E., & Wall, S. (1978). Patterns of attachment: A psychological study of the strange situation. Lawrence Erlbaum Associates.

Brown, S., & Vaughan, C. (2009). Play: How it shapes the brain, opens the imagination, and invigorates the soul. Avery.

Gottman, J. M., & DeClaire, J. (1997). The heart of parenting: Raising an emotionally intelligent child. Simon & Schuster.

Gray, P. (2013). Free to learn: Why unleashing the instinct to play will make our children happier, more self-reliant, and better students for life. Basic Books.

Hays, S. (1996). The cultural contradictions of motherhood. Yale University Press.

Montessori, M. (1949). The absorbent mind. Theosophical Publishing House.

Montessori, M. (1967). The discovery of the child. Ballantine Books.

What do you think?

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

No Comments Yet.