Cómo pasé del agotamiento constante a una crianza más consciente y sostenible
Son las 5:47 de la mañana y estoy escribiendo esto con una mano, mientras con la otra le sobo la espalda al bebé, que tiene diez meses y todavía no me deja dormir una noche completa. Mi pelo es un nido de pájaros, tengo una mancha de leche en la pijama que ya ni sé de cuándo, y hace tres minutos descubrí que mi hija del medio, que tiene dos años y la sabiduría infinita propia de esa edad, decidió guardar mi cepillo de dientes dentro de la caneca.
Y aquí estoy. Sonriendo. Bueno, no sonriendo. Pero tampoco llorando, que ya es un logro a esta hora.
Si me hubieras dicho hace cinco años, recién casada, con una prueba de embarazo en la mano y los ojos llenos de lágrimas y planes, que esta versión de mí —despeinada, con ojeras estratégicas, con tres niños chiquitos colgando, haciendo homeschool en la mesa del comedor mientras le doy de comer al bebé— iba a ser mi mejor versión, te habría dicho que estabas loca.
Yo me imaginaba a la “mejor María” como una mujer con el pelo planchado, blusa blanca impecable, dandoconsultas en un consultorio bonito, con la agenda llena de pacientes importantes y un café de especialidad humeante en la mano.
Resulta que la mejor María tiene cero blusas blancas en el closet (porque a quién se le ocurre), toma el café frío porque siempre, siempre, alguien la interrumpe, hace tiempo que no da consultas, y las cosas importantes que hace ahora no caben en una agenda.
Caben en tres pares de ojitos que la miran como si ella fuera el sol.
Spoiler: este no es un blog sobre la maternidad perfecta. Si buscabas eso, te toca abrir Pinterest. Esto es lo otro.
El día que me di cuenta de que no podía con todo (y eso fue lo mejor que me pasó)
Mi hijo mayor tiene cuatro años. Eso significa que llevo cuatro años de mamá, casi cinco contando el embarazo. Y de esos cuatro años, hay uno que preferiría borrar del calendario y guardar al mismo tiempo en un cofre, porque ahí pasó todo lo que me rompió y todo lo queme armó de nuevo.
Tenía a mi bebé recién nacido en los brazos y se suponía que yo debía estar viviendo el momento más feliz de mi vida. Eso me habían dicho. Eso me había prometido yo misma. Y, sin embargo, estaba sentada en el piso del baño, con el bebé llorando en el moisés, yo llorando sobre una taza de Milo frío, preguntándome cómo era posible que una criatura que pesaba menos que mi cartera me hubiera desarmado entera.
Eso era la depresión posparto. Aunque yo todavía no lo sabía.
No te voy a mentir, no te voy a maquillar la historia. Hubo meses en los que no me reconocía.
Hubo noches en las que mi esposo y yo nos sentamos en bordes opuestos de la cama, en silencio, sin saber cómo encontrarnos. Porque al comienzo del matrimonio uno cree que ya se conoce, y resulta que un bebé llega y los pone a los dos a empezar de cero.
A aprender otra vez quién es el otro, ahora que los dos están agotados, asustados, y cargando algo más grande que ustedes mismos.
Ese tiempo me enseñó la primera lección de la maternidad: el control es una ilusión hermosa que se nos vende muy bien. Y mientras yo siguiera aferrada a esa ilusión, no iba a poder ser ni buena mamá, ni buena esposa, ni buena María. Tuve que soltar.
No de un día para otro, ojo.
Soltar es un trabajo de tiempo completo. Pero ese llanto en el baño fue el punto de partida.
Hoy, con tres hijos, con un matrimonio que pasó por sus tormentas y que hoy está en un mejor momento, puedo decir una cosa: al comienzo todo es difícil. Todo. Y eso no significa que esté mal.
Significa que está empezando. Lo bueno viene después, cuando uno aguanta el comienzo.
La humildad sabe a leche derramada
Una de las cosas más bonitas (y más difíciles) que me ha regalado la maternidad es la humildad. Y no la humildad de las frases motivacionales.
La humildad real, la que duele un poquito.
La humildad de pedir ayuda cuando llevas tres noches sin dormir y ya no sabes ni qué día es.
La de aceptar que tu mamá tenía razón en muchas cosas. La de reconocer que ese día le alzaste la voz a tu hijo no porque él hizo algo terrible, sino porque tú no manejaste tu propio cansancio.
La de pedirle perdón a un niño de cuatro años y mirarlo a los ojos y decirle “me equivoqué, mi amor, perdóname”.
Yo crecí pensando que pedir perdón te hacía pequeña. Dios y la maternidad, me enseñaron lo contrario: pedir perdón te hace gigante. Porque le estás enseñando a otro ser humano que equivocarse no es el fin del mundo, que arreglar es posible, y que el amor es más grande que el orgullo.
Y esto también me lo enseñó mi matrimonio.
Llevamos casi cinco años casados y hemos tenido que aprender a pedirnos perdón mil veces. A reconocer cuando uno hirió al otro sin querer, cuando uno estuvo de mal genio porque sí, cuando uno cargó al otro con expectativas injustas.
Pedir perdón en pareja es una de las cosas más difíciles del mundo, porque el orgullo tira para el otro lado. Pero cada vez que lo hemos hecho, hemos quedado más cerca, no más lejos.
En los años en los que estuve dando consultas como coach de nutrición, veía esto todos los días con mis clientas.
Hay una diferencia enorme entre culpa y humildad. La culpa te paraliza. La humildad te mueve.
La culpa te dice “soy un desastre”. La humildad te dice “me equivoqué, ¿qué aprendo y cómo sigo?”.
Aprendí esa diferencia cambiando pañales. La vida es así de chistosa.
La paciencia no es esperar, es lo que haces mientras esperas
Aquí voy a confesar algo: yo era de las personas más impacientes del planeta.
Y entonces llegaron los hijos. Tres, uno detrás del otro. Y la vida, en su infinita paciencia con mi impaciencia, decidió que yo necesitaba un máster intensivo en esperar.
A veces todavía se me sale la impaciencia, pero he aprendido a controlarme más.
Soltar lo que no puedo controlar, me ha ayudado a estar más tranquila.
Aceptar que uno de mis niños grite mientras trato de dormir al otro para la siesta. Esperar a que un niño de cuatro años se ponga los zapatos él solo (porque “yo puedo, mamá”), aunque eso signifique 15 minutos en la puerta. Esperar a que la de dos termine de contarte algo en su idioma medio inventado, sin interrumpirla, aunque no le estés entendiendo nada, mientras tenía que atender una llamada importante.
Entender que mis tres hijos van a querer que les dé la comida, que se quieran sentar en mientras tenía misma silla (yo obviamente con hambre).
Esperar. Esperar. Esperar.
Hacer homeschool con tres niños tan chiquitos es, básicamente, un curso intensivo de paciencia con créditos universitarios.
Hay días en los que el día en la casa fluye perfecto. Otros días el mayor no quiere hacer lo que le tenía planeado, la del medio quiere romper todo lo que el mayor había hecho el día anterior, y el bebé decide que ese es justo el momento perfecto para no dormir su siesta. Y uno se queda ahí, respirando, repitiéndose: no es contra mí, no es contra mí, no es contra mí.
Pero acá está la cosa: la paciencia no es solo esperar. La paciencia es lo que hacesmientras esperas.
Es respirar profundo en vez de gritar. Es agacharte a su altura y decirle “tómate tu tiempo, mi amor”. Es mirar a la señora del supermercado y sonreírle, en vez de explicarle por qué tu hija está en el piso pataleando porque no quiere brócoli.
Es elegir, todos los días, mil veces al día, no perder los estribos.
Yo todavía pierdo los estribos. Que conste. Pero ahora los pierdo menos, y cuando los pierdo, me devuelvo. Eso ya es algo.
La fortaleza tiene cara de mamá despeinada
Hay una imagen que tenemos de la fortaleza: la mujer fit que se levanta a las 5 a.m., hace ejercicio, lee dos libros antes del desayuno y conquista el mundo. Y honor a quien lo logra, en serio. Pero esa no soy yo. Y posiblemente no eres tú tampoco.
La fortaleza que yo conozco tiene otra cara. Tiene la cara de la mamá que está con gripa, con fiebre, y aún así se levanta a hacer el desayuno porque hay tres bocas esperando y un esposo que también necesita su café.
Tiene la cara de la mamá que durmió tres horas porque el bebé está saliéndole los dientes, y aún así se sienta en el piso a jugar con plastilina porque al de cuatro años le hace feliz.
Tiene la cara de la mamá que está grabando un video para su trabajo, con buena luz y voz alegre, mientras por dentro está pidiéndole a Dios fuerzas para terminar el día.
Esa fortaleza no se aprende en un libro. Se aprende siendo. Se aprende cuando descubres que puedes con más de lo que creías.
Que tu cuerpo aguanta más. Que tu corazón es más elástico. Que tu paciencia tiene reservas que no sabías que tenías.
Y ojo, fortaleza no significa no llorar. Yo lloro. Lloro un montón. Lloro de cansancio, de felicidad, de frustración, de orgullo, de todo. Lloré durante mucho tiempo en la posparto y todavía hoy, cuando recuerdo, se me aguan los ojos.
Pero entendí algo importante: fortaleza es llorar y seguir. Es romperse y volverse a armar, una y otra vez, sin que se note tanto la grieta. O notándose, qué importa.
A la María que estuvo en el piso del baño hace cuatro años, yo le quiero decir desde acá: aguanta. Lo estás haciendo. Aunque no lo sientas, lo estás haciendo.
El servicio: la palabra que nadie quiere oír (pero que lo cambia todo)
Te voy a confesar algo que me costó años entender: servir a otros, cuando se hace por amor, no te quita. Te llena.
Yo crecí en una cultura que me decía que sacrificarte por otros era cosa del pasado, que las mujeres modernas vivíamos para nosotras mismas, que el “self-care” era lo único importante.
Y mira, yo creo en el self-care, lo predico en mis videos todo el tiempo. Pero también creo que nos vendieron una versión chiquita, egoísta, de lo que es cuidarse.
Porque resulta que cuidar a otros también es cuidarse. Cocinarle a tu familia un almuerzo rico, después de un día largo, también es un acto de amor para ti misma.
Sentarte con tu esposo a tomar tinto en silencio cuando los niños por fin están dormidos, también te llena.
Acostar a tus hijos con un cuento, aunque te estés cayendo del sueño, también te alimenta el alma. No es martirio. Es entrega. Y hay una diferencia gigante.
El martirio se queja, se resiente, lleva cuentas. La entrega da, y al dar, recibe.
Yo no era así antes. Yo era de las que llevaba cuentas. “Yo hice esto, entonces él debería hacer esto”. “Yo me sacrifiqué, entonces me merezco esto otro”. Y vivía cansada. Cansadísima.
Y eso, te lo digo con todo el corazón, le hizo daño a mi matrimonio en los primeros años. Porque las cuentas no caben en una pareja. Apenas empieza una a contar, ya perdió.
La maternidad y el matrimonio me obligaron a soltar las cuentas. Porque un hijo no te puede devolver lo que tú le das. Y un esposo, cuando es bueno (y el mío lo es, aunque a veces se le olvide leer la mente), tampoco lleva cuentas contigo. Tú das, das, das, y aprendes a recibir tu recompensa en otras monedas: en una risa, en un abrazo apretado, en un “te amo, mami” dicho con voz de pasta, en una nota de mi esposo en la nevera, en verlos a todos dormir.
Y resulta que esas monedas pagan mejor que las otras.
La gratitud: el ejercicio que más me ha cambiado el cuerpo (y no es un abdominal)
Como coach de nutrición, paso mucho tiempo hablando de cuerpo. De músculo, de grasa, de hábitos, de hormonas. Y te juro por lo más sagrado que el ejercicio que más me ha cambiado el cuerpo y la vida no se hace con pesas. Es el ejercicio de la gratitud diaria.
Suena cliché, lo sé. Pero: cuando uno está agotado, frustrado, con los hijos peleando, la casa hecha un chiquero y la lista de pendientes más larga que su brazo, lo más fácil del mundo es entrar en modo víctima. “Pobre yo”. “Nadie me ayuda”. “Estoy harta”.
Y entonces uno respira, mira alrededor, y se obliga (al principio sí toca obligarse) a encontrar algo, lo que sea, por lo que estar agradecida. La luz que entra por la ventana de la cocina.
Los tres niños sanos, aunque hoy estén insoportables. El esposo que, aunque veces no lea la mente, está ahí, firme. El techo. El café, aunque esté frío. Algo.
Y pasa una cosa rara: el cuerpo cambia. Los hombros bajan. La mandíbula se afloja.
Respiras más profundo. Te ríes más fácil. Y los problemas, que siguen ahí, dejan de pesar tanto.
A las mamás que me escriben y a las que les hablo por video siempre les digo: antes de cambiar tu dieta, cambia tu mirada. Si te ves al espejo y solo ves defectos, ninguna ensalada del mundo te va a sanar.
Si te ves al espejo y agradeces tener un cuerpo que te cargó tres hijos (¡tres!), que te lleva a caminar, que te abraza a tu gente, entonces sí, hablamos de comida.
La gratitud no es una emoción, es un músculo. Y se entrena, como cualquier otro.
La esperanza es un acto de rebeldía
Hoy, con tres niños chiquitos, con un matrimonio que está pasando por su mejor temporada después de aguantar las difíciles, con homeschool, con un trabajo que amo, con una vida que no para, hay días en los que estoy agotada.
No te voy a mentir. Hay noches que me pregunto si lo estoy haciendo bien, si mis hijos van a recordar a una mamá presente o a una mamá distraída, si soy buena en lo que hago, si vale la pena tanto esfuerzo.
Y entonces los miro dormir. A los tres. Apilados en la cama grande, porque siempre terminan ahí. Y veo sus pestañas larguísimas, sus mejillas todavía con cara de bebé, la manita del bebé apretando su muñequito.
Y siento eso que no se puede explicar pero que las mamás sabemos: que sí, que vale la pena, que lo estoy haciendo bien aunque no perfecto, que hay un sentido enorme en todo esto.
A eso yo le llamo esperanza. Y la esperanza, en este mundo cínico y apurado en el que vivimos, es un acto de rebeldía.
Es decir: yo creo que esto importa. Yo creo que criar bien a estos tres seres humanos va a cambiar el mundo, aunque sea un pedacito. Yo creo que el amor, dado en pequeñas dosis todos los días, suma.
No tengo evidencia científica de que mis hijos vayan a salir bien. No tengo garantías.
Lo que tengo es esperanza. Y la esperanza es lo que me hace levantarme mañana a las 5:47, otra vez, a hacer todo de nuevo.
Lo que le diría a la María de hace cuatro años
Si pudiera devolverme y sentarme con esa María recién parida, llorando en el baño con la taza de Milo, le diría tres cosas: Una, que se quitara la idea de la mamá perfecta de la cabeza. Que esa mujer no existe, y que perseguirla solo iba a hacerla más infeliz. Que la mamá que su bebé necesitaba no era
perfecta, era presente. Eso es muy diferente. Y que iba a pedir ayuda. Que iba a hablar con su esposo aunque doliera, que iba a ir al médico, que no se iba a quedar callada.
Que la depresión posparto no se cura solita y no es debilidad: es una enfermedad.
Pedir ayuda es parte de ser buena mamá.
Dos, que cada día que se sintiera al límite, que cada pañal, cada noche sin dormir, cada lágrima, cada pelea con su esposo que se resolvía después de hablar bonito, no era en vano.
Que ahí, justo ahí, en lo más feo y desordenado, se estaba forjando una versión de ella misma que ni se imaginaba. Una más fuerte, más sabia, más blandita por dentro, más firme por fuera.
Una que iba a poder cargar con tres, no con uno, y todavía le iban a sobrar fuerzas para reírse.
Y tres, que se diera permiso de disfrutar. De disfrutarse a ella misma despeinada, de disfrutar a sus hijos en sus etapas más caóticas, de disfrutar el desorden, el ruido, los olores raros, las risas tontas. Porque esto pasa rapidísimo. Y un día se va a dar cuenta de que esa vida que ella creía que estaba postergando, era la vida misma.
Si llegaste hasta acá, gracias. De verdad. Sé que tu tiempo vale oro, y que probablemente lo leíste con un hijo encima, una taza en la mano, un audio sin responder, mil cosas pendientes.
Y por eso mismo te lo digo con todo el cariño: ya eres tu mejor versión. No la de Pinterest. La real. La despeinada, la cansada, la que duda, la que se equivoca, la que vuelve a empezar. Esa. Esa es la buena.
Un abrazo de mamá a mamá. Nos vemos en el próximo blog. Voy por más café.

Escrito por:
Maria Gómez
Coach de Nutrición




