Cuando trabajaba como Guia Montessori, una de las preguntas que más me repetían los papás de mis estudiantes era: “¿cómo manejo las transiciones en casa?” Les costaba el momento de dejar el parque, pasar del juego a la comida, o simplemente cambiar de actividad. Pero la que más los desafiaba (que yo no hubiera imaginado) era la transición de salir del colegio e irse a sus casas. Ese momento que para nosotras como profesoras era el cierre natural del día, para muchos niños era una ruptura enorme: dejaban su ambiente, su ritmo, a sus amigos, y de pronto estaban en otro mundo que tenía otras reglas y otras exigencias.
Lo que me llamaba la atención era que para nosotras, las profesoras, acompañar las transiciones era casi intuitivo. Sabíamos cuándo avisar, cómo preparar el cierre de una actividad y qué palabras o estrategias usar. Pero para los papás, que no habían tenido esa formación, era un territorio completamente desconocido… y frustrante, porque desde afuera, la reacción de un niño que es obligado a salir de una actividad o espacio en el que está parece desproporcionada, pero no lo es en absoluto.
Entender por qué las transiciones son tan difíciles para los niños cambió la manera en que muchas de esas familias vivían su día a día, y estoy convencida de que puede cambiar la tuya también.
El cerebro infantil vive en el presente
Para un adulto, pasar de una actividad a otra es relativamente sencillo. Tenemos la capacidad de proyectarnos mentalmente hacia el futuro, anticipar lo que viene y prepararnos emocionalmente para el cambio. Un niño, sencillamente, todavía no puede hacer eso.
La corteza prefrontal (la región del cerebro responsable de la planificación, la flexibilidad cognitiva y la regulación emocional) es la última en madurar. Su desarrollo se extiende hasta la adultez temprana, pero los cambios más significativos ocurren a lo largo de toda la infancia y la adolescencia (Diamond, 2002). Esto significa que cuando tu hijo de dos o tres años está jugando y no te responde cuando le hablas, no está “eligiendo” ignorarte: literalmente no tiene la madurez neurológica para interrumpir voluntariamente su actividad, procesar que viene algo diferente y hacer la transición de manera fluida.
“La voluntad no se desarrolla por imposición. Se desarrolla a través de la experiencia repetida de elegir, actuar y completar.” — María Montessori, El niño en familia (1956)
La concentración no es un privilegio: es un proceso que tiene su propio ritmo
María Montessori observó con gran precisión algo que la ciencia del desarrollo se demoró décadas en confirmar: los niños son capaces de estados de concentración profunda que no deben ser interrumpidos sin consecuencias. A este fenómeno lo llamó el ciclo de trabajo, y lo describió como un proceso que tiene inicio, desarrollo y cierre natural.
Cuando un niño está en medio de ese ciclo y el adulto lo interrumpe abruptamente (sin aviso y sin el uso de una transición) no solo interrumpe una actividad, sino que interrumpe un proceso neurológico activo. El niño pierde el hilo de lo que estaba construyendo internamente, y esa pérdida genera una respuesta emocional real, no fingida.
“Nunca hay que interrumpir a un niño que está concentrado. Interrumpirlo es una falta de respeto hacia su persona y hacia su trabajo.” — María Montessori, La mente absorbente (1949)
Esto nos invita a cambiar la pregunta. En vez de “¿por qué reacciona así?”, la pregunta más útil es: “¿le estoy dando el tiempo y el espacio necesarios para cerrar su ciclo antes de pedirle que cambie de actividad?”
El papel del cortisol: por qué las transiciones activan el estrés
Cuando un niño tiene que enfrentar una transición de manera abrupta, su sistema nervioso la puede registrar como una amenaza. No una amenaza real (como un peligro físico) pero sí como una ruptura de lo predecible… y el cerebro infantil necesita la predictibilidad para sentirse seguro.
Bruce Perry, neurocientífico y autor de referencia en trauma infantil, ha documentado cómo el cerebro de los niños responde a la imprevisibilidad con una activación del sistema de estrés: aumenta el cortisol, se activa la amígdala, y la capacidad de regulación (que ya es limitada en la infancia) se reduce todavía más (Perry & Szalavitz, 2006). Lo que parece un berrinche desproporcionado es, en realidad, un sistema nervioso que no tiene los recursos para manejar la transición sin ayuda.
Esto es especialmente relevante para entender a los niños más sensibles o aquellos que tienen mayor dificultad con los cambios: entender el trasfondo de lo que está ocurriendo a nivel biológico y neurológico nos permite entender que no están siendo dramáticos, sino que están teniendo una respuesta fisiológica que está fuera de su control voluntario.
El tiempo del niño no es el tiempo del adulto
Hay una brecha fundamental entre cómo los adultos y los niños experimentan el tiempo. Para un adulto, “cinco minutos” es una unidad concreta y manejable, mientras que para un niño de dos o tres años, que vive en el momento presente y cuya percepción temporal es aún difusa, “cinco minutos” es una abstracción sin significado real.
Montessori lo entendía bien: su método no trabaja con el reloj del adulto, sino con el ritmo interno del niño. Las actividades en el ambiente Montessori tienen un tiempo de trabajo ininterrumpido (generalmente de una a tres horas) precisamente porque el desarrollo auténtico requiere que el niño pueda entrar y salir de su ciclo de concentración sin presión externa (Montessori, 1967).
En casa, esto no significa que nunca haya horarios ni límites, sino que significa que la manera en que anunciamos las transiciones importa tanto como el contenido del aviso.
Qué funciona: herramientas concretas para acompañar las transiciones
Conocer el “por qué” es el primer paso y el segundo es el “cómo”.
- Avisos con anticipación suficiente y referencias concretas: en vez de decir “en cinco minutos”, prueba con referencias visuales o físicas: “cuando termines de poner ese bloque, vamos a guardar”. Para niños más grandes, un temporizador visual (como un reloj de arena) hace el tiempo tangible y predecible.
- Nombrar la actividad que se cierra y la que viene: di “estás guardando los bloques y después vamos a comer y vas a poder contarme qué construiste.” Esto le da al niño un marco narrativo: lo que termina tiene valor, y lo que viene también.
- Ofrecer opciones limitadas: el límite no cambia (es hora de comer) pero el niño puede elegir cómo llegar: “¿Guardas tú los bloques o los guardamos juntos?” Esta micro-elección activa la corteza prefrontal de manera positiva y reduce la sensación de imposición.
- Rituales de transición: los rituales son poderosos precisamente porque eliminan la incertidumbre. Una canción específica para guardar los juguetes, una secuencia de pasos siempre igual antes del baño, un gesto físico que marca el cierre. El cerebro infantil descansa y se siente seguro cuando sabe qué esperar.
- Validar antes de redirigir: Di “dé que estabas disfrutando mucho jugando con esos bloques y es difícil parar cuando uno está en medio de algo importante.” Esta frase, sencilla, hace algo neurológicamente significativo: activa el sistema de conexión social del niño antes de pedirle que regule. Daniel Siegel lo llama “conectar antes de corregir” (Siegel & Bryson, 2011).
Una nota sobre la consistencia
Ninguna de estas estrategias funciona de manera aislada o esporádica. Lo que le da seguridad al cerebro infantil no es la perfección de cada transición, sino la predictibilidad del patrón. Cuando un niño aprende que las transiciones en su casa siempre van acompañadas de aviso, de reconocimiento y de la posibilidad de ser agentes activos de manera limitada, empieza a internalizarlas de manera diferente. La resistencia no desaparece de un día para otro, pero sí disminuye con el tiempo.
Montessori hablaba de esto cuando describía el papel del adulto preparado: nosotras como mamás debemos ser muy cuidadosas en no reaccionar ante el comportamiento de nuestros hijos, sino que debemos actuar desde la comprensión de sus necesidades reales (que es lo que nos está intentando comunicar nuestro hijo a través de este comportamiento?). Esa comprensión es, en sí misma, una forma de respeto.
“El adulto debe convertirse en un observador paciente y activo, que comprende antes de intervenir.” — María Montessori, El niño en familia (1956)
Para terminar
La próxima vez que tu hijo se resista a dejar lo que está haciendo, recuerda esto: no está tratando de ser retador… está siendo fiel a un ritmo interno que su cerebro todavía no sabe interrumpir solo, y esa resistencia, bien acompañada, no es un obstáculo. Es una oportunidad para enseñarle, poco a poco, que los cambios también pueden ser seguros.
No necesitas eliminar las transiciones difíciles. Solo necesitas entenderlas lo suficiente como para acompañarlas mejor.

Escrito por:
Carolina Calderón
Psicóloga y Guía Montessori
Referencias
Diamond, A. (2002). Normal development of prefrontal cortex from birth to young adulthood: Cognitive functions, anatomy, and biochemistry. En D. T. Stuss & R. T. Knight (Eds.), Principles of frontal lobe function (pp. 466–503). Oxford University Press.
Montessori, M. (1949). The absorbent mind. Theosophical Publishing House.
Montessori, M. (1956). The child in the family. Avon Books.
Montessori, M. (1967). The discovery of the child. Ballantine Books.
Perry, B. D., & Szalavitz, M. (2006). The boy who was raised as a dog: And other stories from a child psychiatrist’s notebook. Basic Books.
Siegel, D. J., & Bryson, T. P. (2011). The whole-brain child: 12 revolutionary strategies to nurture your child’s developing mind. Delacorte Press.



