Por Catalina Saab
Mamá de cuatro hijos, esperando el quinto, creadora de Moms and Much More (@momsandmuchmore). En este artículo comparto mi experiencia personal como mamá y las reflexiones que he construido a lo largo de este camino, siempre complementadas con información basada en evidencia.
Vivimos en una época maravillosa para ser mamás. Nunca antes habíamos tenido tanto acceso a información, a comunidades de apoyo, a recomendaciones reales de otras familias y a productos diseñados para facilitarnos la crianza. Sin embargo, esa misma abundancia también puede convertirse, sin darnos cuenta, en una fuente constante de presión. Hoy basta con abrir una red social para encontrarnos con el coche que “todas tienen”, el extractor “que cambia la vida”, el monitor más inteligente del mercado o el accesorio que, según internet, no puede faltar en el cuarto del bebé. Y entonces aparece una pregunta silenciosa que muchas mamás nos hacemos: ¿será que también lo necesito?
Después de cinco embarazos puedo decir que esa sensación nunca desaparece por completo. Muchas personas creen que, por estar esperando mi quinto hijo, ya tengo absolutamente todo resuelto, que no necesito comprar nada más y que ya descubrí cuáles son los únicos productos indispensables para criar. Pero la realidad es muy distinta. Yo también me ilusiono con conocer nuevas opciones, también investigo antes de comprar, también cambio de opinión y también descubro herramientas que realmente hacen mi maternidad más cómoda. Y, ¿saben qué? No creo que eso tenga nada de malo.
Creo que hemos caído en dos extremos que no nos hacen bien. Por un lado, el consumismo que nos hace sentir que, si no tenemos determinados productos, estamos fallando como mamás. Por el otro, la idea de que una buena madre debería sentirse orgullosa de no necesitar absolutamente nada. Personalmente, no me identifico con ninguno de esos dos discursos. Pienso que existe un punto de equilibrio mucho más sano, mucho más realista y mucho más amable con nosotras mismas.
Un bebé necesita mucho menos de lo que imaginamos
Si nos devolvemos a lo esencial, la respuesta es bastante sencilla. Un bebé necesita amor, alimento, seguridad, contacto, descanso y adultos disponibles que respondan a sus necesidades físicas y emocionales. Eso es lo verdaderamente imprescindible. Ningún coche, monitor, extractor o silla reemplazará jamás el vínculo que se construye entre un bebé y las personas que lo cuidan.
Por eso me parece importante recordar algo que, en medio de tantas recomendaciones, a veces olvidamos: el valor de una mamá nunca se mide por la cantidad de productos que compra. No existe un kit que garantice una maternidad perfecta, ni una lista de objetos que determine cuánto amor recibirá un niño. La evidencia sobre desarrollo infantil ha mostrado de manera consistente que lo que más impacta el bienestar de un bebé son las relaciones sensibles, estables y afectuosas con sus cuidadores. Un niño no necesita una habitación llena de objetos para sentirse seguro; necesita sentirse visto, escuchado, amado y acompañado.
Pero reconocer eso no significa que debamos romantizar las dificultades de la maternidad. A veces pareciera que decir “mi bebé solo necesita amor” implicara que las mamás debemos arreglárnoslas con lo mínimo, renunciar a cualquier comodidad o sentir culpa cuando queremos facilitarnos un poco la vida. Y yo tampoco estoy de acuerdo con esa idea.
Tenemos derecho a querer una maternidad más cómoda
Con el paso de los años entendí que buscar comodidad no me hace menos mamá. Al contrario. Si existe un producto que me permite dormir un poco mejor, ahorrar tiempo, reducir el esfuerzo físico o hacer más llevaderas ciertas etapas de la crianza, ¿por qué tendría que sentir culpa por quererlo?
Muchas veces escucho comentarios como: “Con el primero uno compra de todo, pero ya para el quinto no necesita nada”. Y sonrío, porque mi experiencia ha sido exactamente la contraria. Con cada hijo he aprendido algo nuevo. He descubierto necesidades que antes no tenía, he cambiado de gustos y he encontrado soluciones que hace diez años ni siquiera existían. La tecnología avanza, los productos evolucionan, aparecen mejores materiales, mejores diseños y herramientas pensadas para resolver problemas que antes simplemente aceptábamos como parte de la maternidad.
También pasa algo muy sencillo: las cosas se desgastan. Los coches cumplen su vida útil, los extractores dejan de funcionar igual, los colchones envejecen y algunos productos que utilizamos con nuestros primeros hijos ya no responden a las necesidades de nuestra familia hoy. Además, nosotras también cambiamos. Tenemos derecho a cambiar de opinión, a descubrir nuevas preferencias y a elegir aquello que, de acuerdo con nuestra realidad, nos haga la vida más fácil.
No creo que comprar algo nuevo nos convierta automáticamente en personas consumistas. Tampoco creo que renunciar a todo nos haga mejores mamás. Lo importante es preguntarnos desde dónde nace esa decisión. ¿La estoy tomando porque realmente mejorará mi calidad de vida? ¿O porque siento que debo tener lo mismo que veo todos los días en redes sociales?
Las redes sociales: una fuente de inspiración… y también de ansiedad
Las redes sociales cambiaron por completo la forma en la que vivimos la maternidad. Hace algunos años, cuando una mamá necesitaba una recomendación, acudía a su mamá, a una hermana, a una amiga o a su pediatra. Hoy, en cuestión de segundos, podemos encontrar cientos de opiniones sobre un mismo producto, comparar marcas, ver demostraciones en video y leer experiencias de familias de todo el mundo. Esa posibilidad me parece maravillosa. De hecho, muchas de las decisiones que he tomado durante este embarazo han estado acompañadas de horas de investigación y de escuchar a otras mamás que ya recorrieron ese camino.
Sin embargo, las redes también tienen un lado que debemos aprender a reconocer. Los algoritmos están diseñados para mostrarnos constantemente aquello que nos interesa. Si un día buscamos extractores de leche, durante las siguientes semanas aparecerán decenas de modelos distintos. Si investigamos sobre coches para bebé, sentiremos que existen veinte opciones “imprescindibles”. Y cuando empezamos a consumir ese contenido una y otra vez, es muy fácil terminar creyendo que todo eso es una necesidad real.
Ahí es donde muchas mamás comenzamos a experimentar algo que pocas veces reconocemos: ansiedad. No porque realmente necesitemos ese producto, sino porque sentimos que todas las demás ya lo tienen. Empezamos a preguntarnos si estamos haciendo las cosas bien, si nos estamos quedando atrás o si nuestro bebé estará en desventaja por no tener aquello que vemos una y otra vez en la pantalla.
Por eso creo que el verdadero reto no es alejarnos de las redes sociales, sino aprender a relacionarnos con ellas de una manera más consciente. Recordarnos que lo que vemos es solo una parte de la realidad y que ningún algoritmo conoce mejor a nuestros hijos que nosotros mismos.
Las comunidades de mamás también nos ayudan a tomar mejores decisiones
Si algo valoro profundamente de esta época es la posibilidad de escuchar experiencias reales. Me encanta leer reseñas, comparar opiniones y conocer tanto lo bueno como lo malo de un producto antes de invertir en él. Muchas veces un review honesto me ha evitado gastar dinero en algo que prometía muchísimo y que, en la práctica, no cumplía con las expectativas.
También me ha pasado exactamente lo contrario. Gracias a recomendaciones de otras mamás descubrí herramientas que realmente transformaron mi día a día y que probablemente nunca habría conocido de otra manera.
Por eso no creo que el problema sean las recomendaciones. Tampoco creo que el problema sea querer comprar algo que facilite nuestra maternidad. El verdadero valor de estas comunidades está en ayudarnos a filtrar. Nos permiten distinguir entre un producto que simplemente está de moda y otro que, por su calidad, funcionalidad o seguridad, realmente puede hacer una diferencia para determinadas familias.
Creo que ahí está una de las grandes ventajas de las comunidades digitales cuando se construyen desde la honestidad. Nos permiten aprender unas de otras. Compartir aciertos, errores y experiencias para que cada familia tome decisiones mucho más informadas.
Consumir con criterio, no con culpa
Después de tantos años siendo mamá, he llegado a una conclusión muy sencilla: el problema no es comprar. El problema es comprar desde la comparación.
Cuando una compra nace del miedo a no ser suficiente, de la presión por parecer una buena mamá o de la necesidad de seguir una tendencia, probablemente termine generando más ansiedad que tranquilidad.
Pero cuando una compra responde a una necesidad real, cuando mejora nuestra calidad de vida, cuando nos ahorra tiempo, cuando nos permite descansar un poco más o simplemente nos hace sentir más cómodas en una etapa tan exigente como la maternidad, no veo por qué deberíamos sentir culpa.
También creo que debemos dejar de juzgar las decisiones de otras familias. Hay mamás que disfrutan una maternidad mucho más minimalista y eso está perfecto. Otras encuentran tranquilidad teniendo ciertas herramientas que hacen su rutina más práctica, y también está perfecto. Ninguna de esas decisiones define cuánto aman a sus hijos.
A veces olvidamos que detrás de cada compra hay una historia distinta. Hay familias con necesidades diferentes, bebés con temperamentos distintos, rutinas completamente opuestas y prioridades que no siempre son las mismas. Lo que para una mamá fue un gasto innecesario, para otra puede haber significado dormir mejor durante meses o hacer posible una lactancia que estaba siendo muy difícil. Generalizar rara vez hace justicia a la realidad.
La mejor inversión sigue siendo el vínculo
Si pudiera resumir todo este artículo en una sola idea, sería esta: una buena mamá no se construye con una tarjeta de crédito, pero tampoco debería sentirse culpable por querer una maternidad más amable.
Nuestros hijos nunca nos van a querer más porque el coche sea de una marca determinada o porque tengamos el último producto que se hizo viral en internet. Lo que realmente recordarán será nuestra presencia, nuestra paciencia, nuestra forma de acompañarlos y el amor con el que crecieron.
Pero tampoco quiero romantizar el agotamiento. Si una herramienta puede ayudarte a descansar un poco más, a disfrutar más la lactancia, a simplificar una rutina o a hacerte sentir más tranquila, y está dentro de tus posibilidades, también tienes derecho a elegirla sin sentir que debes justificar esa decisión ante nadie.
Después de cinco hijos sigo investigando, sigo leyendo reseñas, sigo emocionándome con productos nuevos y sigo cambiando de opinión. Porque la maternidad también evoluciona, porque yo también he cambiado y porque las soluciones de hoy no son las mismas de hace diez años. Y creo que eso es completamente válido.
Porque al final, el mejor regalo que podemos darle a un hijo no es una habitación llena de cosas, sino una mamá que pueda disfrutar más su maternidad. Y si para lograrlo necesita muy poco, está bien. Si necesita algunas herramientas que le hagan la vida más fácil, también está bien. La clave no está en comprar más ni en comprar menos. La clave está en elegir con libertad, con información y sin culpa.
Bibliografía
- American Psychological Association. (2023). Health Advisory on Social Media Use in Adolescence. (Fundamentos sobre comparación social, bienestar y uso de redes sociales).
- UNICEF. Early Moments Matter for Every Child. Recursos sobre las necesidades fundamentales de los niños en la primera infancia y el papel del cuidado sensible.
- Zero to Three. Recursos sobre el desarrollo temprano, el vínculo afectivo y las necesidades reales de los bebés durante los primeros años de vida.
- Emily Oster. ParentData. Artículos basados en evidencia para ayudar a las familias a tomar decisiones informadas durante el embarazo, la maternidad y la crianza.
- The Center for Humane Technology. Publicaciones sobre el impacto de los algoritmos, la economía de la atención y la comparación constante en redes sociales.








