Educar con respeto no significa criar sin límites.
Por Catalina Saab
Mamá de cuatro hijos, esperando el quinto, creadora de Moms and Much More (@momsandmuchmore). En este artículo comparto mi experiencia personal como mamá y las reflexiones que he construido a lo largo de este camino, hablando desde mi experiencia y complementando estas ideas con información basada en evidencia.
Si hay un concepto que ha transformado la maternidad durante los últimos años, es el de la crianza respetuosa. Basta con abrir las redes sociales para encontrar cientos de cuentas, libros, cursos y especialistas hablando sobre ella. Y aunque creo que ha sido uno de los mayores avances que hemos tenido como generación de padres, también creo que es uno de los conceptos que más fácilmente puede malinterpretarse.
Quiero empezar dejando algo muy claro: este no es un artículo en contra de la crianza respetuosa. Todo lo contrario. Si algo ha cambiado mi manera de educar a mis hijos ha sido precisamente aprender a mirarlos con más respeto, más empatía y más comprensión. Lo que sí creo es que, en ocasiones, hemos reducido la crianza respetuosa a frases que se vuelven virales en redes sociales, olvidando que detrás de ella existe un profundo conocimiento sobre el desarrollo infantil y una enorme responsabilidad por parte de los adultos.
Porque, aunque muchas veces pensamos que la crianza respetuosa busca cambiar a los niños, la realidad es exactamente la contraria: la crianza respetuosa vino a cambiarnos a nosotros. Nos invitó a cuestionar muchas formas de educar que heredamos, a entender que nuestros hijos no son adultos pequeños y a asumir que quienes primero debemos aprender somos los papás.
Respetar a un niño no significa tratarlo como si fuera un adulto
Creo que una de las cosas más bonitas que nos ha enseñado la crianza respetuosa es recordar algo que nunca debimos olvidar: los niños son personas. Parece una frase muy sencilla, pero durante muchos años normalizamos hablarles de cualquier manera, ridiculizarlos, burlarnos de ellos, minimizar lo que sentían o asumir que, por ser pequeños, sus emociones tenían menos valor que las de un adulto.
La crianza respetuosa nos recuerda que un niño merece ser tratado con la misma dignidad con la que tratamos a cualquier otro ser humano. Merece ser escuchado, merece sentirse seguro, merece que sus emociones sean tomadas en serio y merece crecer sabiendo que su voz también tiene valor. Respetar a un niño significa reconocer que tiene necesidades, pensamientos, miedos y emociones tan reales como las nuestras, aunque todavía no tenga la madurez para expresarlas de la misma manera.
Sin embargo, respetar a un niño no significa convertirlo en un adulto antes de tiempo. Ahí es donde, en mi opinión, muchas veces empezamos a confundir los conceptos. Los niños no piensan como nosotros, no regulan sus emociones como nosotros y no comprenden el mundo desde la misma lógica que un adulto. Su cerebro todavía está en pleno desarrollo y precisamente por eso somos nosotros quienes debemos hacer el esfuerzo de comprender cómo funciona esa etapa de la vida.
Muchas veces esperamos que un niño de tres años tenga el autocontrol emocional de una persona de treinta. Esperamos que tolere frustraciones que apenas está aprendiendo a manejar o que encuentre las palabras correctas para expresar algo que ni siquiera entiende completamente. Cuando eso no ocurre, creemos que nos está desafiando, cuando en realidad muchas veces simplemente nos está mostrando que todavía necesita aprender.
Ahí entendí una de las lecciones más importantes que me ha dejado la maternidad: no son mis hijos quienes tienen que pensar como yo; soy yo quien tiene que hacer el esfuerzo de entender cómo piensa un niño.
La crianza respetuosa también nos invita a estudiar
Antes pensaba que criar consistía principalmente en seguir mi intuición. Hoy sigo creyendo profundamente en el instinto de una mamá, pero también entendí que el amor necesita información. La crianza respetuosa me llevó a estudiar mucho más sobre desarrollo infantil, regulación emocional y neurodesarrollo. Me hizo entender que muchas conductas que antes interpretábamos como desobediencia, manipulación o “mal comportamiento” son, en realidad, manifestaciones normales de un cerebro que todavía está aprendiendo a desarrollarse.
Eso no significa justificar cualquier conducta. Significa comprender de dónde viene para poder acompañarla mejor. Cuando uno entiende cómo funciona el cerebro de un niño, deja de reaccionar automáticamente y empieza a responder con mucha más paciencia. Descubre que muchas veces el problema no es el niño, sino la manera en la que nosotros estamos interpretando lo que está pasando.
De hecho, instituciones como el Center on the Developing Child de la Universidad de Harvard y la American Academy of Pediatrics llevan años insistiendo en la importancia de que los adultos comprendamos el desarrollo cerebral durante la infancia. Ambos coinciden en que los niños necesitan relaciones estables, adultos sensibles y límites consistentes para desarrollar habilidades como el autocontrol, la regulación emocional y la capacidad de resolver problemas. Es decir, la ciencia no nos está diciendo que dejemos hacer lo que un niño quiera; nos está invitando a entender mejor por qué actúa como actúa para poder educarlo de una manera más efectiva.
Validar una emoción no significa aceptar cualquier comportamiento
Otro de los mayores regalos que nos dejó la crianza respetuosa fue enseñarnos a validar emociones. Muchos crecimos escuchando frases como “ya deje de llorar”, “eso no es para tanto”, “los niños grandes no lloran” o “no pasó nada”. Con la mejor intención, muchos adultos intentaban hacer que dejáramos de sentir aquello que nos estaba doliendo.
Hoy sabemos que las emociones no desaparecen porque alguien nos diga que no deberíamos sentirlas. Validar una emoción significa reconocer que, para ese niño, aquello que está sintiendo es completamente real. Significa agacharnos a su altura, mirar lo que está ocurriendo y decirle: “entiendo que estés bravo”, “sé que estás triste”, “veo que esto te frustró”. Esa simple diferencia cambia por completo la manera en que un niño aprende a relacionarse con sus propias emociones.
Pero quiero hacer una aclaración que me parece fundamental, porque aquí es donde más fácilmente se malinterpreta la crianza respetuosa. Validar una emoción nunca significa aceptar cualquier comportamiento. Puedo comprender que mi hijo esté furioso porque apagamos el televisor y, al mismo tiempo, enseñarle que no está bien pegar, insultar o romper cosas. Puedo acompañar su frustración sin renunciar a poner un límite. Puedo entender su rabia sin dejar de ejercer mi autoridad.
Y justamente ahí empieza la diferencia entre la crianza respetuosa y la permisividad, un tema del que quiero hablar porque, en mi opinión, es donde más confusión existe hoy en día.
La autoridad también es una forma de amor
Creo que una de las mayores confusiones que existen hoy alrededor de la crianza respetuosa es pensar que respetar a un niño significa dejar que haga lo que quiera. Basta con leer algunos comentarios en redes sociales para encontrar personas diciendo que la crianza respetuosa “creó niños sin límites” o que “los papás ya no tienen autoridad”. Sin embargo, cuando uno estudia a los principales referentes en desarrollo infantil, descubre que ninguno habla de ausencia de normas o de permisividad. Todo lo contrario.
Organizaciones como la American Academy of Pediatrics, el Center on the Developing Child de la Universidad de Harvard y los Centers for Disease Control and Prevention (CDC) coinciden en que los niños necesitan adultos cálidos, sensibles y respetuosos, pero también consistentes, capaces de establecer límites claros y ejercer la autoridad de una manera segura y predecible. El respeto nunca ha estado peleado con la autoridad.
Y esa idea cambió profundamente mi forma de criar.
Hoy entiendo que decir “no” también puede ser un acto de amor. Que poner un límite no significa dejar de respetar a un hijo. Que sostener una decisión, aunque genere frustración, muchas veces también es una forma de protegerlo. Nuestros hijos necesitan adultos que los escuchen, pero también adultos que los guíen. Necesitan sentirse libres para expresar lo que sienten, pero seguros de que hay alguien capaz de tomar decisiones cuando ellos todavía no tienen la madurez para hacerlo.
Ser autoridad no significa imponer miedo. Significa transmitir seguridad.
Los papás también estamos aprendiendo
Hay otra reflexión que me acompaña mucho cada vez que hablo de crianza respetuosa.
Creo que, como generación de padres, a veces somos demasiado duros con nosotros mismos.
Somos la generación a la que le dijeron que debía romper patrones, sanar heridas, aprender sobre neurodesarrollo, regular sus emociones, criar sin violencia, validar emociones, poner límites respetuosos y, además, disfrutar cada etapa de la crianza. Todo eso mientras trabajamos, sostenemos una familia, intentamos cuidar nuestra salud mental y respondemos a las exigencias de la vida cotidiana.
Es muchísimo.
Y aunque creo profundamente que vale la pena hacer ese esfuerzo, también pienso que necesitamos tratarnos con la misma compasión con la que intentamos tratar a nuestros hijos.
Porque nosotros también estamos aprendiendo.
Muchos crecimos en hogares donde nadie hablaba de regulación emocional, donde pedir perdón a un niño parecía una muestra de debilidad y donde los adultos pocas veces explicaban el porqué de sus decisiones. Pretender que cambiemos décadas de aprendizaje de un día para otro sería poco realista.
Por eso creo que la crianza respetuosa también empieza por reconocer nuestras propias limitaciones. Habrá días en los que perderemos la paciencia. Habrá momentos en los que levantaremos la voz. Habrá decisiones que, con el tiempo, haremos de otra manera.
Y eso no significa que estemos criando mal.
Significa que seguimos siendo seres humanos.
Pedir perdón también educa
Si hay algo que admiro profundamente de nuestra generación es que cada vez más papás se atreven a hacer algo que antes parecía impensable: pedirles perdón a sus hijos.
Todavía recuerdo la primera vez que tuve que hacerlo. No fue fácil. Una parte de mí sentía que reconocer un error podía hacerme perder autoridad. Con el tiempo entendí exactamente lo contrario.
Pedir perdón no debilita nuestra autoridad.
La humaniza.
Cuando un hijo escucha a su papá o a su mamá decir: “Perdón, reaccioné mal”, aprende una lección muchísimo más valiosa que cualquier discurso sobre el respeto. Aprende que equivocarse hace parte de la vida, que nadie es perfecto y que asumir la responsabilidad por nuestros actos también es una forma de amar.
Nuestros hijos no necesitan papás que nunca se equivoquen.
Necesitan papás que sepan reparar cuando se equivocan.
Y creo que esa es una de las mayores herencias que podemos dejarles.
Educar con respeto también significa preparar para la vida
Hay una frase que me gusta repetir mucho y que resume buena parte de lo que pienso sobre este tema: nuestro trabajo no es evitarles toda frustración a nuestros hijos; nuestro trabajo es enseñarles a enfrentarla.
La vida les va a decir que no muchas veces. Van a perder partidos, van a sacar malas notas, tendrán amigos que los decepcionen, trabajos que no salgan como esperaban y sueños que, en ocasiones, tendrán que aplazar. Si durante la infancia nunca aprenden a manejar la frustración, será mucho más difícil hacerlo cuando sean adultos.
Por eso creo que un niño puede llorar porque le ponemos un límite y, aun así, sentirse profundamente amado. Puede no estar de acuerdo con una decisión y seguir sabiendo que sus papás lo respetan. Puede escuchar un “no” sin dejar de sentirse seguro.
Porque el respeto nunca consistió en evitar el conflicto.
Consiste en la manera en que acompañamos a nuestros hijos mientras atraviesan ese conflicto.
Conclusión
Después de todos estos años como mamá, si alguien me preguntara qué es para mí la crianza respetuosa, respondería algo muy sencillo: es recordar todos los días que mis hijos son personas.
- Personas pequeñas, sí.
- Con un cerebro que todavía está madurando.
- Con emociones intensas.
- Con necesidades diferentes a las mías.
- Pero personas profundamente dignas de ser escuchadas, respetadas y amadas.
Y precisamente porque los respeto, también les pongo límites.
Precisamente porque los amo, no les permito todo.Precisamente porque quiero prepararlos para la vida, entiendo que mi responsabilidad no es hacerles el camino fácil, sino acompañarlos mientras aprenden a recorrerlo.
Creo que la crianza respetuosa nunca consistió en criar niños sin límites. Consiste en criar niños profundamente respetados. Y quizás ese sea el mayor desafío de nuestra generación: ejercer la autoridad sin perder la ternura, poner límites sin perder el respeto y recordar que educar no significa tener hijos perfectos, sino formar adultos capaces de amar, de respetar y de vivir mejor que nosotros.
Bibliografía
- Center on the Developing Child, Harvard University. Serve and Return, desarrollo cerebral temprano y relaciones estables como base del aprendizaje y la regulación emocional.
- American Academy of Pediatrics (AAP). Recomendaciones sobre disciplina positiva, desarrollo socioemocional y establecimiento de límites respetuosos.
- Centers for Disease Control and Prevention (CDC). Positive Parenting Tips y recursos sobre desarrollo infantil, disciplina y establecimiento de normas según la edad.
- Daniel J. Siegel & Tina Payne Bryson. The Whole-Brain Child (2011) y No-Drama Discipline (2014). Obras de referencia sobre neurodesarrollo, regulación emocional y disciplina basada en la conexión.
- Diana Baumrind. Investigaciones pioneras sobre estilos de crianza, especialmente el estilo autoritativo, caracterizado por combinar afecto, altas expectativas y límites claros.
- UNICEF. Recursos sobre crianza positiva, protección de la infancia y desarrollo integral desde un enfoque de derechos.






