Herramientas para los días difíciles, desde la experiencia de una mamá de tres

Por María Gómez

Hay momentos de la maternidad en los que mantener la calma parece imposible.

Una noche en vela porque uno de nuestros hijos tiene fiebre, un bebé que no deja de llorar, una discusión familiar, una preocupación económica o simplemente varios días acumulando cansancio pueden llevarnos al límite.

En esos momentos es fácil pensar que nos falta paciencia. Sin embargo, muchas veces hay algo más profundo detrás de nuestra reacción: estamos agotadas y nuestro cuerpo está funcionando bajo una carga de estrés elevada.

Dormir poco, preocuparnos constantemente o sentir que no contamos con suficientes recursos para afrontar lo que nos pasa, puede afectar nuestra capacidad para regular las emociones.

Podemos irritarnos con mayor facilidad, sentirnos desbordadas o reaccionar impulsivamente.

Se traduce en aprender a hacer una pausa entre lo que sentimos y la manera en que respondemos/reaccionamos a las dificultades.

No controlaremos todas las circunstancias que viviremos como mamás, pero sí debemos desarrollar recursos que nos ayuden a atravesarlas con mayor serenidad, pedir apoyo cuando lo necesitemos y recordar que no tenemos que hacerlo todo solas.

Cuando la maternidad nos lleva al límite

Antes de preguntarnos cómo conseguir más paciencia, puede ser útil mirar la raíz del problema.

¿Llevamos varios días durmiendo mal?

¿Hemos comido adecuadamente?

¿Estamos intentando resolver demasiadas cosas a la vez?

¿Tenemos algún espacio para descansar?

¿Estamos atravesando una preocupación que nos mantiene en alerta?

A veces lo que interpretamos como falta de paciencia es, en realidad, cansancio acumulado. El sueño insuficiente puede afectar al estado de ánimo, la atención y la regulación emocional.

Por eso, el descanso no debería verse como un premio que recibimos cuando terminamos todas nuestras obligaciones. Forma parte de las necesidades básicas que nos permiten cuidar de otros.

Si alguien de confianza puede ayudarnos (yo sé que puede costar) pero, ¿qué tal si empezamos a hacer estas preguntas?


“¿Puedes quedarte con los niños mientras descanso una hora?
“¿Puedes preparar la cena esta noche?”
“¿Puedes llevarlos al parque? Necesito un momento para recuperarme.”

Pedir ayuda antes de llegar al límite evita que el agotamiento termine convirtiéndose en irritabilidad o desesperación.

Cuando sentimos que vamos a explotar, primero calmemos el cuerpo

Si una emoción alcanza mucha intensidad, no siempre es el mejor momento para intentar solucionar el problema.

Primero necesitamos bajar un poco la activación.

Si nuestros hijos están seguros, podemos detenernos unos instantes. Sentir los pies sobre el suelo, relajar la mandíbula, bajar los hombros y respirar lentamente nos ayuda a recuperar algo de espacio interior.

Las técnicas de respiración controlada se han estudiado como herramientas para reducir el estrés y la ansiedad, y forman parte de las estrategias de autocuidado consideradas durante el embarazo y el posparto.

Pueden ser simplemente unas respiraciones antes de responder.

Después podemos preguntarnos:
¿Cómo quiero actuar sintiendo esto?

La pregunta no pretende eliminar la emoción. Busca evitar que la emoción decida automáticamente por nosotras. Podemos estar desesperadas y no gritar, sentir miedo y aun así tomar una decisión razonable, o estar frustradas y esperar unos minutos antes de responder.


Cuando un hijo está enfermo: cuidar sin intentar controlarlo todo

La enfermedad de un hijo despierta una preocupación difícil de manejar.

Aunque sepamos que probablemente se recuperará, nuestra mente puede adelantarse a diferentes escenarios. Observamos la temperatura, su respiración, su comportamiento y buscamos información intentando encontrar la certeza que necesitamos.

En estos momentos nos ayuda distinguir entre lo que está en nuestras manos y lo que no podemos controlar. Está a nuestro alcance consultar a un profesional de salud, seguir sus indicaciones, administrar correctamente los medicamentos prescritos y observar la evolución de nuestros hijos. Pero no podemos decidir cuánto durará una enfermedad ni garantizar que todo sucederá exactamente como queremos.

La pregunta puede ser:
¿Qué sí está en mi control?

Tal vez sea llamar al pediatra.

Tal vez sea preparar algo de comer.

Quizá simplemente acompañar a nuestro hijo y descansar cuando él duerma.

Esta forma de mirar la situación no elimina el miedo, pero nos permite concentrar nuestras energías en lo que sí está en nuestras manos.

Para una persona creyente, también puede ser un momento para confiar en Dios:

“Señor, ayúdame a hacer bien lo que depende de mí y a confiarte lo que no puedo controlar.”

La confianza no sustituye nuestra responsabilidad. Nos ayuda a recordar que hacer nuestraparte no significa tener que controlar el resultado.

No somos nuestras emociones

Sentir una emoción intensa no significa que debamos actuar de acuerdo con ella.

La rabia puede aparecer.

También la frustración, el miedo, la tristeza o la impaciencia.

Todas forman parte de la experiencia humana. Lo importante es aprender poco a poco a reconocerlas y decidir qué hacemos con ellas.

Esto también es una enseñanza para nuestros hijos.

No necesitan ver a una mamá que nunca se pone brava. Necesitan descubrir que es posible enfadarse y, aun así, tratar a los demás con respeto; equivocarse y reparar; sentirse desbordado y buscar ayuda.

Y habrá días en los que no lo conseguiremos.

Quizá gritemos.

Quizá digamos algo que después lamentemos.

Cuando eso pase, podemos reparar la relación acercándonos y diciendo:

“Mamá estaba muy cansada y reaccionó mal. Lo siento. Tú no tienes la culpa. Voy a intentar hacerlo de otra manera.”

Pedir perdón no significa renunciar a los límites que necesitamos establecer.

Significa asumir nuestra responsabilidad y mostrarles a nuestros hijos que los conflictos no tienen por qué romper la conexión.

Cuando todo parece urgente, escoge una sola cosa

Otro motivo frecuente de estrés es intentar resolverlo todo al mismo tiempo.

La casa está desordenada, hay ropa pendiente, los niños necesitan algo, tenemos trabajo por terminar y nuestra cabeza sigue ocupada con una preocupación de la mañana.

Cuando todo parece urgente, está en nuestras manos reducir el horizonte.

No necesitamos resolver toda la semana.

Ni toda la casa.

Ni todos los problemas familiares.

Solo necesitamos preguntarnos:
¿Cuál es el siguiente paso que realmente necesita mi atención?

Quizá sea preparar la comida. Quizá sea acostar a nuestros hijos.

Quizá sea responder una llamada.

Quizá sea dejar todo lo demás por unos minutos y descansar.

La capacidad de priorizar también es una forma de autocuidado.

La OMS destaca, dentro de las intervenciones de apoyo durante el período perinatal, estrategias relacionadas con el afrontamiento, la resolución de problemas y el fortalecimiento de las redes de apoyo.

A veces recuperar la calma comienza precisamente aquí: dejar de intentar resolver cinco cosas simultáneamente.

Alimentarnos bien también forma parte del cuidado

Cuando estamos pendientes de las necesidades de todos, las nuestras pueden quedar relegadas.

Un café rápido por la mañana, muchas horas sin comer y cualquier cosa al final del día puede convertirse en la rutina.

La alimentación no sustituye el tratamiento de la ansiedad, la depresión u otros problemas de salud mental. Pero nuestro organismo necesita energía y nutrientes para funcionar adecuadamente.

En lugar de transformar la alimentación en otra exigencia, podemos plantearnos una pregunta sencilla:

¿Qué puedo hacer hoy para cuidarme mejor?

Una alimentación variada puede incluir frutas y verduras, legumbres, fuentes de proteína, cereales integrales, frutos secos, semillas, grasas saludables y suficiente agua.

No necesitamos hacerlo perfecto.

Cuidarnos no consiste en cumplir una lista imposible, sino en prestar atención a nuestras necesidades básicas.

La maternidad no se sostiene en soledad

A veces creemos que pedir ayuda significa que no estamos cumpliendo bien nuestro papel.

Es justamente al contrario.

Reconocer que necesitamos apoyo es una forma de responsabilidad.

Nuestra red puede incluir a la pareja, familiares, amigas, comunidad, profesionales de la salud u otras personas de confianza.

Y no siempre necesitamos una gran solución. A veces necesitamos que alguien prepare la comida, cuide a los niños durante una hora o simplemente nos escuche.

También podemos buscar ayuda profesional cuando la situación lo requiera.

Si la ansiedad, la tristeza, la irritabilidad o la desesperanza son intensas, persistentes o interfieren con nuestra vida cotidiana, es importante hablar con un profesional de salud.

Cuidar nuestra salud mental también es cuidar a nuestra familia.

Para las que viven la maternidad desde la fe

La fe no elimina el cansancio, las enfermedades ni las preocupaciones.

Tampoco significa que debamos aceptar pasivamente todo lo que nos pasa.

Podemos acudir al médico cuando estamos enfermas.

Pedir ayuda cuando estamos agotadas.

Buscar apoyo psicológico cuando lo necesitamos.

Y, al mismo tiempo, poner nuestra vida en manos de Dios.

Hay días en los que no sentimos que tengamos mucho que ofrecer. En esos momentos, quizá no necesitemos una gran oración.

Puede bastar con decir:

“Señor, hoy estoy cansada. Ayúdame a amar bien en este momento.”

O:

“Señor, te entrego lo que no puedo resolver.”

La maternidad está llena de pequeños sacrificios que nadie ve: noches interrumpidas, planes cancelados, enfermedades, tareas repetitivas y preocupaciones que llevamos en silencio.

No siempre podemos cambiar esas circunstancias.

Pero podemos pedir la gracia de vivirlas con amor, sin confundir el sacrificio con la obligación de soportarlo todo solas.

Ofrecer nuestro cansancio a Dios no significa buscar el sufrimiento. Significa encontrar sentido en aquello que, por el momento, no podemos evitar.

Una guía sencilla para los días difíciles

Cuando sientas que estás llegando al límite, vuelve a estas preguntas:

1. ¿Qué está pasando realmente?
Distingue los hechos de aquello que tu mente está anticipando.

2. ¿Qué depende de mí?
Haz lo que puedas y deja de exigir certeza sobre lo que no puedes controlar.

3. ¿Qué necesita mi cuerpo?
Comprueba si necesitas comer, beber agua, descansar, dormir o simplemente detenerte unos minutos

4. ¿Estoy demasiado activada para responder bien?
Si es así, haz una pausa y regula primero el cuerpo.

5. ¿Cuál es el siguiente paso?
No intentes resolverlo todo. Elige una sola acción.

6. ¿Necesito ayuda?
Piensa en una persona concreta y formula una petición concreta.

7. ¿Cómo quiero tratar a mi hijo y a mí misma en este momento?
No necesitas actuar perfectamente. Solo intenta acercarte a la madre que quieres ser.

8. ¿Qué puedo confiar hoy a Dios?
Haz responsablemente tu parte y entrega aquello que está fuera de tu alcance.

La calma no significa que nunca volveremos a perder la paciencia

Habrá noches difíciles.

Habrá enfermedades.

Habrá días de cansancio.

Habrá momentos en los que nuestra paciencia será mucho menor de la que quisiéramos.

Por eso, el objetivo no debería ser convertirnos en madres que nunca se alteran.

La verdadera calma quizá consista en reconocer antes nuestros límites, saber qué necesitamos y tener recursos para volver a empezar.

A veces será descansar.

Otras veces, respirar.

Quizá pedir ayuda.

Tal vez hablar con un profesional.

Y en determinados momentos simplemente necesitaremos reconocer:
“Hoy no puedo sola.”

Eso no es fracaso.

Es honestidad.

La maternidad no nos pide estar siempre serenas, disponibles y perfectas.

Nos pide aprender a cuidar, a poner límites, a reparar cuando nos equivocamos y a aceptar que también nosotras necesitamos ser cuidadas.

Y para quienes vivimos nuestra maternidad desde la fe, podemos añadir algo más: hacer nuestra parte y confiar el resto a Dios.

Porque quizá la mejor mamá no sea la que puede con todo.

Quizá sea la que sabe detenerse, pedir ayuda, reconocer sus límites, volver a conectar después de un día difícil y seguir eligiendo amar.

La calma no es una maternidad sin problemas.

Es aprender a atravesar los problemas sin perder de vista lo que realmente importa.

Y cuando hoy no podamos hacerlo perfectamente, siempre podemos respirar, reparar, pedir ayuda y volver a intentarlo.

Escrito por:

Maria Gómez

Coach de Nutrición

Fuentes y bibliografía

American College of Obstetricians and Gynecologists (ACOG). Información sobre salud mental perinatal, sueño, alimentación, ejercicio, apoyo social y autocuidado.

World Health Organization (WHO). Información y recomendaciones sobre salud mental materna, apoyo psicosocial y bienestar durante el período perinatal y posnatal.

Bentley, T. G., et al. (2023). Breathing Practices for Stress and Anxiety Reduction. Brain Sciences, 13(12), 1612.

Lane, M. M., et al. (2024). Ultra-processed food exposure and adverse health outcomes: umbrella review of epidemiological meta-analyses. BMJ, 384, e078043.

Werneck, A. O., et al. (2024). Adherence to the ultra-processed dietary pattern and risk of depressive outcomes. Clinical Nutrition, 43(5), 1190–1199.

Nota: Este artículo tiene un propósito educativo y no sustituye la valoración individual de un médico, psicólogo, psiquiatra o nutricionista. Si la ansiedad, tristeza, irritabilidad o desesperanza son intensas, persistentes o interfieren con la vida cotidiana, es importante buscar ayuda profesional.

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