Lo que aprendí educando a mis hijos en casa.
Por Catalina Saab
Mamá de cuatro hijos, esperando el quinto, creadora de Moms and Much More (@momsandmuchmore). En este artículo comparto mi experiencia personal como mamá y las reflexiones que he construido a lo largo de este camino, siempre complementadas con información basada en evidencia.
Hace unos años, si alguien me hubiera preguntado si imaginaba educando a mis hijos en casa, probablemente habría respondido que no lo sabía. No porque no creyera en el homeschool, sino porque nunca pensé que nuestras circunstancias nos permitieran vivir esa experiencia. Hoy, después de haber recorrido ese camino, puedo decir que fue una de las decisiones más transformadoras que hemos tomado como familia. Y, al mismo tiempo, también puedo decir que no creo que sea una decisión para todo el mundo.
Precisamente por eso quise escribir este artículo. No para convencer a otras familias de hacer homeschool ni para decir que es mejor que el colegio tradicional. Tampoco para defender una postura. Lo escribo porque creo que en Colombia todavía conocemos muy poco esta metodología y, muchas veces, opinamos sobre ella sin entender realmente en qué consiste. Mi intención es compartir lo que vivimos como familia, lo que aprendimos durante ese proceso y por qué hoy sigo creyendo que la mejor educación no es un modelo específico, sino aquella que responde a las necesidades de cada hijo y a las circunstancias de cada familia.
Hay una frase que resume perfectamente nuestra historia y que me ha acompañado durante estos años: las circunstancias de la vida cambian los rumbos. Esa frase explica por qué un día decidimos hacer homeschool y también explica por qué hoy uno de nuestros hijos volvió feliz al colegio. Porque entendimos que educar no consiste en defender un único camino, sino en tener la libertad de elegir el que mejor funcione para cada etapa de la vida.
Un sueño que nuestras circunstancias nos permitieron vivir
Muchas personas creen que el homeschool nació porque estábamos inconformes con el colegio de nuestros hijos. La realidad fue exactamente la contraria.
Nosotros queremos profundamente el colegio donde estudiaban. Allí construimos recuerdos muy bonitos, encontramos personas maravillosas y siempre nos sentimos acogidos. Cuando llegó el momento de retirarlos para empezar el homeschool, nos despedimos con muchísima tristeza y con un enorme sentimiento de gratitud. Nunca sentimos que estuviéramos cerrando una puerta. Al contrario, sabíamos que, si en algún momento nuestras circunstancias cambiaban, regresar también podía ser una decisión maravillosa.
Entonces, ¿por qué hacerlo?
Porque era un sueño que mi esposo y yo teníamos desde hacía mucho tiempo.
Conocíamos varias familias numerosas que educaban en casa y siempre nos llamaba la atención la cercanía que habían construido con sus hijos. Nos gustaba la idea de vivir la educación como un proyecto familiar, de compartir más tiempo con ellos y de participar de una manera mucho más activa en su proceso de aprendizaje. Sin embargo, una cosa es admirarlo y otra muy distinta decidir hacerlo.
Nos tomó cerca de tres meses tomar la decisión. Fueron semanas de conversaciones, de investigar, de escuchar experiencias de otras familias, de leer, de resolver dudas y de preguntarnos si realmente ese era el momento adecuado. Nunca fue una decisión impulsiva. Fue una decisión muy pensada y, sobre todo, profundamente compartida.
Si hoy tuviera que darle un consejo a una familia que está pensando en hacer homeschool, sería este: papá y mamá tienen que remar para el mismo lado. Una decisión como esta transforma por completo la dinámica familiar. Cambian los horarios, las rutinas, la organización de la casa y la forma de acompañar a los hijos. Por eso creo que ambos deben sentirse convencidos y en paz antes de dar ese paso.
En nuestro caso, además, existían unas circunstancias muy particulares que hicieron posible vivir ese sueño. Yo tengo un trabajo con horarios flexibles que me permite estar presente en casa. Mi esposo también tiene la posibilidad de trabajar desde la casa y participar activamente en la crianza de nuestros hijos. Pudimos contratar una profesora extraordinaria y encontrar un currículo con el que nos sentíamos tranquilos. Poco a poco todas las piezas empezaron a encajar.
Y ahí entendí algo que hoy considero fundamental: muchas veces no es que un camino sea mejor que otro; simplemente hay momentos de la vida en los que un camino tiene más sentido que otro.
También quiero reconocer algo con mucha honestidad: hacer homeschool es un privilegio
Este es un punto que pocas veces escucho cuando se habla de educación en casa y creo que vale la pena decirlo con total transparencia.
Para mí, el homeschool es un privilegio.
No porque sea una educación superior o porque haga mejores a quienes la eligen. Lo considero un privilegio porque requiere unas condiciones que no todas las familias tienen la posibilidad de reunir. Se necesita tiempo, flexibilidad laboral, estabilidad económica, organización, una red de apoyo y, en muchos casos, la posibilidad de reorganizar completamente la vida familiar alrededor de los hijos.
Nosotros pudimos hacerlo porque nuestras circunstancias nos lo permitieron. Y quiero insistir en esto porque me parece muy importante: eso no nos hace mejores papás. Simplemente significa que, durante ese momento de nuestra vida, contábamos con las condiciones necesarias para vivir esa experiencia.
Por esa misma razón nunca juzgaría a una familia que decide escolarizar a sus hijos desde muy pequeños. De la misma manera que tampoco creo que deba juzgarse a quienes eligen educarlos en casa. Cada familia toma la mejor decisión posible con la realidad que vive, con las oportunidades que tiene y con los recursos de los que dispone.
Incluso hubo otra reflexión que nos motivó mucho. Al tener una familia grande, queríamos demostrarles a nuestros hijos —y demostrarnos a nosotros mismos— que ofrecer una educación de calidad no dependía exclusivamente de poder asumir los costos de un colegio privado. Queríamos entender que existen diferentes caminos para educar bien a un niño y que el tamaño de una familia nunca debería convertirse en un límite para soñar con una educación de excelencia.
Mucho más que estudiar desde la casa
Antes de vivir esta experiencia, yo también pensaba que el homeschool consistía simplemente en cambiar un salón de clases por la sala de la casa. Hoy sé que estaba completamente equivocada.
El mayor regalo del homeschool no fueron las matemáticas, ni el inglés, ni los contenidos académicos.
Fue el tiempo.
Tiempo para desayunar sin correr. Tiempo para conversar. Tiempo para descubrir qué hacía reír a cada uno de nuestros hijos, qué les costaba más trabajo, qué despertaba su curiosidad y cuál era la mejor manera de acompañarlos. Descubrí que cuando un papá o una mamá tiene el privilegio de observar con calma a sus hijos, empieza a conocerlos de una forma completamente distinta.
Y fue justamente ahí donde cambió mi manera de entender la educación. Comprendí que no todos los niños aprenden igual. No todos necesitan el mismo ritmo, ni la misma metodología, ni la misma cantidad de tiempo para comprender un tema. A veces esperamos que todos respondan igual porque están sentados en el mismo salón, cuando la realidad es que cada niño tiene una forma única de aprender.
Por esa razón decidimos realizar evaluaciones neuropsicológicas para entender cómo aprendía cada uno de nuestros hijos. Lo que descubrimos fue fascinante. Había niños que necesitaban pausas más frecuentes, otros que aprendían mucho mejor de manera visual, otros que requerían movimiento y otros que simplemente necesitaban que alguien les explicara el mismo concepto desde otro enfoque. Más que buscar un diagnóstico, buscábamos conocerlos mejor. Y esa información transformó por completo nuestra forma de acompañar su aprendizaje.
Muchas veces un niño parece distraído o lento dentro de un grupo grande y rápidamente pensamos que tiene dificultades para aprender. Sin embargo, en muchas ocasiones lo único que necesita es una enseñanza que respete su manera particular de procesar la información. Ahí entendí que educar no consiste únicamente en enseñar contenidos; consiste, sobre todo, en conocer profundamente a la persona que tenemos al frente.
¿Y la socialización? El mito que más escuché
Si existe una pregunta que escuché una y otra vez desde que comenzamos este camino fue esta: ”¿Y tus hijos cómo van a socializar?”. Es, probablemente, el mito más grande alrededor del homeschool. Muchas personas imaginan que un niño que estudia en casa permanece aislado, que pasa todo el día con sus papás y que pierde oportunidades para relacionarse con otros niños. Esa preocupación es completamente válida porque todos entendemos la importancia de la socialización en el desarrollo infantil. Sin embargo, nuestra experiencia fue muy distinta a lo que imaginábamos.
De hecho, mis hijos comenzaron a socializar incluso más que antes. La diferencia fue que dejaron de hacerlo exclusivamente dentro de un salón de clases y empezaron a relacionarse en escenarios mucho más diversos. Al no depender de un horario escolar tradicional, nuestras semanas se llenaron de actividades deportivas, clases de fútbol, equitación, espacios de matemáticas, encuentros con otras familias homeschool y visitas mucho más frecuentes a amigos. Descubrí que la socialización no depende únicamente de compartir pupitre con otros niños durante varias horas al día; depende de las oportunidades que tengan para construir relaciones sanas y significativas.
También comprendí algo que muchas veces olvidamos. Durante los primeros años de vida, la familia sigue siendo el entorno social más importante para un niño. En nuestro caso, además, somos una familia numerosa. Mis hijos aprenden todos los días a negociar, a esperar turnos, a resolver conflictos, a cuidar del más pequeño, a admirar al mayor y a convivir con personalidades completamente diferentes. Esa convivencia diaria también forma parte de la socialización y tiene un enorme valor en la construcción de habilidades sociales y emocionales.
Por supuesto, no todas las familias viven la misma realidad. Un hijo único probablemente tendrá necesidades distintas a las de una familia grande como la nuestra. Y justamente esa es otra razón por la que sigo creyendo que no existe un único modelo educativo perfecto. Cada familia debe construir el camino que mejor responda a las necesidades de sus hijos.
Descubrir los talentos de cada hijo
Otra de las cosas que más me enamoró del homeschool fue la posibilidad de personalizar la educación. Muchas familias llegan a esta metodología porque sus hijos practican un deporte de alto rendimiento, desarrollan un talento artístico o musical, o simplemente porque descubrieron que aprenden mejor de una manera diferente. Esa realidad me llevó a hacerme una pregunta que cambió mi forma de ver la educación: ¿estamos educando para que todos aprendan lo mismo o para que cada niño descubra aquello en lo que realmente puede brillar?
Con frecuencia sentimos que un buen estudiante es aquel que obtiene excelentes resultados en todas las materias. Sin embargo, la vida nos demuestra que las personas terminan desarrollando profesiones, talentos y vocaciones muy distintas. Algunos destacan en la ciencia, otros en el deporte, otros en la música, otros en el liderazgo o en el emprendimiento. El homeschool me permitió comprender que educar no consiste únicamente en llenar la agenda de asignaturas, sino también en dejar espacio para cultivar aquello que hace único a cada niño.
Eso no significa bajar el nivel académico. Todo lo contrario. Significa entender que el aprendizaje cobra mucho más sentido cuando logramos conectar el conocimiento con los intereses, las fortalezas y la personalidad de cada hijo. Cuando un niño descubre aquello que le apasiona, aprende con una motivación completamente diferente.
El homeschool en Colombia: una conversación que apenas comienza
Mientras vivíamos esta experiencia también entendí que en Colombia todavía conocemos muy poco sobre el homeschool. En países como Estados Unidos, Canadá o varios países de Europa esta modalidad educativa lleva décadas creciendo. Existen comunidades muy organizadas, currículos de excelente calidad, actividades compartidas y miles de familias que la eligen por razones muy distintas. Algunas lo hacen por temas académicos, otras por proyectos deportivos o artísticos, otras por filosofía de vida y muchas simplemente porque descubrieron que era el modelo que mejor funcionaba para sus hijos.
En Colombia, en cambio, todavía genera muchas dudas e incluso algunos prejuicios. Y me parece completamente normal. Todo aquello que conocemos poco suele despertar preguntas. Por eso creo que vale la pena abrir esta conversación, no para convencer a las familias de educar en casa, sino para que sepan que existe una alternativa más dentro de las posibilidades educativas. Conocer una opción nunca obliga a escogerla; simplemente nos permite tomar decisiones más informadas.
Las circunstancias cambian los rumbos
Si hoy miro hacia atrás, no siento que el homeschool haya sido una buena decisión porque mis hijos aprendieron antes a leer o porque adelantaron contenidos académicos. Siento que fue una buena decisión porque, en ese momento de nuestra vida, nos permitió vivir un sueño como familia. Nos regaló tiempo, conversaciones, aprendizajes compartidos y la oportunidad de conocer profundamente a cada uno de nuestros hijos.
Hoy nuestras circunstancias son diferentes. Karim volvió feliz al colegio y esa decisión nos llena de tranquilidad. Los otros niños probablemente recorrerán caminos distintos y Nicolás, que todavía viene en camino, también escribirá su propia historia cuando llegue el momento. Porque entendimos que nuestra misión como papás no es defender un modelo educativo. Nuestra misión es descubrir qué necesita cada hijo en cada etapa de su vida y tener la libertad de ofrecerle el camino que mejor responda a esa necesidad.
Después de vivir el homeschool sigo creyendo profundamente en el colegio tradicional. De la misma manera, después de haber tenido a mis hijos en un colegio maravilloso, sigo creyendo profundamente que el homeschool puede ser una alternativa extraordinaria para algunas familias. No son dos modelos que compiten entre sí; son dos caminos distintos que pueden conducir al mismo propósito: formar niños seguros, felices, curiosos y preparados para la vida.
Al final, las circunstancias cambian los rumbos. Lo importante no es defender una metodología, sino recordar que nuestros hijos no necesitan papás empeñados en demostrar que escogieron el modelo perfecto. Necesitan papás presentes, capaces de conocerlos profundamente, de respetar sus tiempos, de descubrir sus talentos y de tomar decisiones pensando siempre en su bienestar. Porque la mejor educación nunca será la que esté de moda. La mejor educación será aquella que, con amor, responsabilidad y compromiso, ayude a cada niño a desarrollar todo el potencial que Dios sembró en él.
Bibliografía
- National Home Education Research Institute (NHERI). Investigaciones sobre rendimiento académico, desarrollo social y resultados a largo plazo de estudiantes educados en casa.
- Home School Legal Defense Association (HSLDA). Recursos sobre la práctica del homeschool, comunidades educativas y legislación comparada.
- UNESCO. Publicaciones sobre diversidad de modelos educativos, personalización del aprendizaje y derecho a la educación.
- Harvard Graduate School of Education. Estudios sobre participación de las familias en la educación, desarrollo integral y aprendizaje personalizado.
- American Psychological Association. Publicaciones sobre desarrollo infantil, aprendizaje, autoestima y bienestar emocional.







