Selectividad alimentaria a los 2 años: guía práctica para mamás estresadas
Después de trabajar varios años con niños y niñas de 2 años viví varias veces una misma escena. A la hora del almuerzo, después de servirle a todos, varios niños miraban la comida y decían “no” a todo lo que veían en su plato, o sólo querían comerse el carbohidrato pero no los vegetales ni la proteína. Como profesora y como mamá me preguntaba si estaban comiendo suficiente, si les faltaba algo, si estaba haciendo algo mal o si los papás se molestarían cuando les contara día tras día lo poco que comía su hijo.
Durante años fui profesora Montessori y tuve un salón de clases en Canadá con quince niños de entre año y medio y dos años y medio. Una de las cosas más reveladoras de ese trabajo no era lo que pasaba en el salón, sino las entrevistas que hacíamos con los papás a mitad del año. Ahí, en esas conversaciones, entendí muchas cosas sobre por qué algunos niños comen con tantas ganas y con gusto y otros no quieren ni pensar en lo que habrá de almuerzo.
Hoy quiero compartir con ustedes lo que aprendí, tanto en ese salón como en los años de formación antes de eso, con la esperanza de que algo de esto les quite un peso de encima o la gran preocupación que esto puede traer.
Después de varios años entendí que, casi siempre, cuando un niño de dos años no quiere comer, no significa que haya algo mal con él. Al fin y al cabo, todos los seres humanos tenemos la necesidad natural de alimentarnos. Sin embargo, sí podemos hacer ciertos cambios y ajustes que lo ayuden a desarrollar una relación más positiva con la comida y un mayor interés por comer.
¿Qué pasa a los dos años que los niños se vuelven tan desafiantes?
Antes de hablar de qué hacer o qué evitar, quiero que entiendan algo que a mí me pareció completamente liberador cuando lo aprendí: el rechazo a la comida a los dos años, en la mayoría de los casos, no es un problema de alimentación, sino que es un “problema” en su desarrollo.
Alrededor de los dos años, los niños atraviesan lo que Erik Erikson describió como la etapa de autonomía versus vergüenza y duda (Erikson, 1950). En otras palabras, esto significa que sus hijos están descubriendo que son personas separadas de ustedes, con voluntad propia, y que pueden decir “no”. Eso es exactamente lo que debe estar pasando. El “no” no es una señal de alarma; es una señal de que sus hijos se están desarrollando bien.
La comida, además, es uno de los pocos territorios donde un niño de dos años puede ejercer ese control de verdad. No puede decidir si va al parque o no, no puede decidir a qué hora duerme, pero sí puede decidir abrir o no la boca y aunque a veces resulte desafiante para los adultos, tener ese pequeño “poder” de decisión es fundamental para el desarrollo de su identidad, autonomía y sensación de independencia.
A esto se suma la neofobia alimentaria, que es la resistencia natural de los niños hacia los alimentos nuevos o poco familiares (Dovey et al., 2008). Esto es un mecanismo evolutivo, no un capricho, y es por esto que nuestros hijos no rechazan el brócoli para hacernos la vida difícil; sino que su cerebro en desarrollo está siendo cuidadoso con lo desconocido. Saber esto no resuelve el problema de inmediato, pero sí cambia desde dónde nos paramos para enfrentarlo con mayor entendimiento.
La mesa tiene que ser un espacio agradable
De todas las cosas que aprendí con mis quince niños de dos años, esta es la que más peso tiene y la que más veces vi comprobada: los niños que comen mejor no son los que tienen los papás más estrictos ni los más creativos con las recetas. Los niños que mejor comían, eran los niños que asociaban la hora de comer con algo agradable.
Cuando la comida se convierte en un momento de tensión, de negociación, de ruego o de amenaza, el niño aprende a relacionar el acto de comer con estrés, y ese estrés, literalmente, afecta el apetito. No es que sea manipulador; es que su sistema nervioso responde exactamente como el nuestro respondería si alguien nos mirara con cara de angustia cada vez que nos sentamos en la mesa.
En las entrevistas con papás, una de las preguntas que más información me daba era: “¿cómo es la hora de comer en tu casa?” Cuando la respuesta era “muy dificil”, “una pelea”, “me toca perseguirlo por toda la casa”… ya sabía bastante sobre por qué ese niño llegaba al salón con tanta resistencia frente a los alimentos. Por otro lado, cuando la respuesta era “comemos todos juntos, normal”… ese niño generalmente era mucho más abierto a los alimentos aunque tuviera ciertas preferencias.
Entonces, la primera pregunta que te invito a hacerte no es “¿cómo hago que coma más?” sino “¿cómo está siendo la experiencia de comer en nuestra casa?”. Si hay tensión, ese es el primer problema que hay que resolver.
Qué sí hacer: 5 cosas que funcionan
1. Darle opciones dentro de lo que tú decides
Recuerda que tu hijo necesita sentir que tiene poder de decisión. Una manera de darle eso sin perder el control de la situación es ofrecerle opciones limitadas. Por ejemplo le puedes decir: ¿Quieres el brócoli en trocitos o entero? ¿Primero quieres comerte el arroz o el pollo? Suena insignificante, pero para un niño de dos años es significativo. De esta manera, va a sentir que él también tiene voz en lo que pasa en su plato, y eso reduce la necesidad de decir “no” por el simple placer de ejercer autonomía.
2. No rendirse rápidamente con un alimento
La investigación sugiere que un niño puede necesitar entre 10 y 15 exposiciones a un alimento nuevo antes de aceptarlo (Birch & Marlin, 1982). Eso significa que si la primera vez que le diste espinaca la rechazó y no volviste a ofrecérsela, técnicamente apenas vas en el intento número uno. Lo que sí importa es cómo se la presentas: cambia la preparación, el tamaño, la textura y el contexto. El brócoli al vapor no es lo mismo que el brócoli salteado con ajo. Dale la oportunidad de conocer el alimento de verdad y de diversas maneras.
3. Ser el ejemplo en la mesa
Esto es algo que les decía mucho a los papás en las entrevistas, especialmente cuando me confesaban que ellos tampoco comían verduras o eran vegetarianos y en el colegio tenían a sus hijos en menú con todo tipo de proteína animal: un niño aprende más de lo que ve que de lo que le dicen. Si tú comes de todo con gusto, si en la mesa se habla bien de la comida, si los adultos disfrutan lo que están comiendo, ese es el mejor estímulo que le puedes dar. Ahora bien, si hay alimentos que a ti no te gustan, quizás este sea un buen momento para revisarlo (mira si en alguna preparación te puede gustar), no solo por él, sino por ti.
4. Respetar su apetito
La nutricionista y terapeuta familiar Ellyn Satter propone un marco que a mí me parece de los más sensatos que existen: la división de responsabilidades en la alimentación (Satter, 1995). Los papás son responsables de qué se sirve, cuándo y dónde. Por otro lado, el niño es responsable de cuánto come y si come. Eso no significa abandonarlo a su suerte; significa confiar en que su cuerpo sabe regularse cuando no hay presión encima. Los niños tienen mecanismos internos de hambre y saciedad que funcionan muy bien cuando no los interferimos con ansiedad.
5. Crear un ritmo en el día
No hablo de horarios rígidos ni de mirar el reloj constantemente; hablo de que el niño pueda anticipar lo que viene. Cuando el día tiene una secuencia predecible, el cuerpo también se sincroniza. Después del parque viene el almuerzo y después del cuento, la comida (si por alguna razón hay un cambio en la rutina hay que hacérselo saber). Esa predictibilidad le da seguridad, y un niño que llega a la mesa tranquilo y con hambre es un niño mucho más dispuesto a comer.
Qué evitar: errores más comunes que vi repetirse
Obligar, rogar, negociar o premiar con postre son estrategias que en el corto plazo pueden funcionar, pero que a largo plazo enseñan al niño a comer por razones externas, no porque tenga hambre ni porque disfrute la comida. Por ejemplo si le dices: “Si te comes las espinacas, te doy postre” convierte las espinacas en un castigo y el postre en una recompensa, y ninguna de las dos cosas es lo que queremos construir.
Armar un gran drama o tener un sermón largo cuando el niño tira la comida al piso o rechaza algo también es contraproducente. Entiendo que es agotador, especialmente cuando llevas un buen rato cocinando y estás esforzándote por preparar algo rico, pero la reacción emocional del adulto es información para el niño, y a veces una reacción intensa, incluso sin querer, refuerza el comportamiento. Si un niño tira la comida y la mamá reacciona fuerte (ya sea de manera positiva o negativa), se vuelve una situación interesante y va a querer repetir ese mismo comportamiento. Lo ideal es recoger sin hacer del momento algo muy grande, sin regaño, con una calma que no siempre es fácil de tener pero que marca una diferencia enorme.
Por último, intenta evitar las pantallas durante las comidas. Cuando los niños comen distraídos con televisión, tablet o celular, les cuesta mucho más conectar con las señales de su propio cuerpo: reconocer si tienen hambre, si ya están satisfechos o incluso poner atención a lo que están comiendo.
Además, las comidas no solo son un momento para alimentarse, sino también una oportunidad para explorar sabores, texturas, conversar y construir una relación más consciente y positiva con la comida. Mientras menos distracciones haya en la mesa, más fácil será que puedan disfrutar ese proceso y escuchar lo que su cuerpo necesita.
Para cerrar: confía en el proceso y en él
Si hay algo que me llevé de todos esos años en mi rol como profesora es que los niños, cuando se sienten seguros y sin presión, tienden a encontrar su camino con la comida. No siempre al ritmo que nosotras quisiéramos y no siempre comiendo lo que esperamos, pero lo encuentran.
Tu trabajo no es lograr que coma todo lo que le pones en el plato sino que lo importante es crear las condiciones para que la comida sea una experiencia positiva y que sea así a través del tiempo.
Sé que el tema de la comida puede generar mucha angustia y ansiedad, porque queremos que nuestros hijos estén sanos, bien nutridos y creciendo de la mejor manera. Pero, justamente por eso, vale la pena intentar vivir este proceso con más calma y menos presión, para no convertir la comida en una lucha constante ni generar aversión hacia ella.
Al final, siguen siendo niños: están aprendiendo, explorando y desarrollándose a su propio ritmo. Darles tiempo, acompañarlos con paciencia y permitirnos disfrutar el proceso también hace parte del camino.

Escrito por:
Carolina Calderón
Psicóloga y Guía Montessori
Referencias
Birch, L. L., & Marlin, D. W. (1982). I don’t like it; I never tried it: Effects of exposure on two-year-old children’s food preferences. Appetite, 3(4), 353–360. https://doi.org/10.1016/S0195-6663(82)80053-6
Dovey, T. M., Staples, P. A., Gibson, E. L., & Halford, J. C. G. (2008). Food neophobia and ‘picky/fussy’ eating in children: A review. Appetite, 50(2–3), 181–193. https://doi.org/10.1016/j.appet.2007.09.009
Erikson, E. H. (1950). Childhood and society. W. W. Norton & Company.
Satter, E. (1995). Feeding dynamics: Helping children to eat well. Journal of Pediatric Health Care, 9(4), 178–184. https://doi.org/10.1016/S0891-5245(05)80057-4







