Cómo manejar los berrinches a los 2 años con paciencia y disciplina positiva

Cuando trabajaba como profesora con niños de uno a dos años, había días en los que los berrinches no paraban. Quince niños con edades muy parecidas, y en algún momento del día (casi siempre varios momentos) alguno estaba en el piso, otro gritando, otro quitándole el juguete a un amigo, y todo esto pasaba con una intensidad que incluso era difícil decidir a quién ayudar primero y como hacerlo. Lo recuerdo con mucho cariño, pero también lo recuerdo como algunos de los días más agotadores de mi vida profesional, y eso que yo tenía formación, sabía lo que estaba pasando neurológicamente, y tenía dos profesoras más a mi lado.

Así que si estás en casa, sola o casi sola, navegando dos o tres berrinches diarios con un niño o una niña de dos años, lo primero que quiero decirte es que te entiendo. Sé exactamente lo desgastante que puede ser, y precisamente porque lo sé de primera mano (tanto desde la teoría como desde la práctica) quise escribir este blog.

Por qué pasan los berrinches (y hasta qué edad)

Lo primero que hay que aclarar es que los niños que tienen varias pataletas en el transcurso de su día no están atrasados en su desarrollo, no tienen problemas de comportamiento, no los están criando mal. Lo que realmente está pasando es completamente normal y esperado para un cerebro que todavía está construyéndose.

Hay algo que es esencial entender para poder ver las pataletas de nuestros hijos desde una perspectiva distinta. La corteza prefrontal de nuestros cerebros es la región que está encargada de regular nuestras emociones, frenar los impulsos, tomar decisiones y acceder al lenguaje emocional y esta estructura no termina de madurar hasta los 25 años. Por lo tanto, a los 2 años, nuestros hijos no están ni cerca de poder regular sus emociones. Los axones que conectan el sistema límbico (donde viven las emociones) con la corteza prefrontal no tienen suficiente mielina todavía, lo que significa que la señal que nos ayuda a regularnos o calmarnos simplemente no llega con la fuerza necesaria (Siegel & Bryson, 2011).

Daniel Siegel lo explica diciendo que cuando la emoción es muy fuerte y desborda a los niños, el sistema límbico toma el control y el prefrontal queda fuera de juego. Por esta razón, cuando un niño está desregulado no tiene acceso a la razón, al lenguaje ni a la regulación voluntaria. Por el contrario, los berrinches son la única forma de regulación disponible para el sistema nervioso inmaduro que tienen nuestros niños.

Ahora bien, también se debe aclarar que no hay una edad mágica en la que los berrinches simplemente desaparezcan, sino que con acompañamiento consistente, con el tiempo y con un ambiente adecuado, la frecuencia y la intensidad van bajando. Pero, este proceso es gradual, y pretender que a los 3 años ya “debería poder controlarse” es pedirle al cerebro algo que todavía no puede hacer.

Los escenarios en los que es más probable que ocurran

Los berrinches no aparecen al azar. Casi siempre hay condiciones que bajan el umbral de regulación del niño y hacen que cualquier pequeño detonador sea suficiente para que todo explote. Reconocer esos escenarios no elimina los berrinches, pero sí nos da la posibilidad de anticiparnos a estos escenarios, reducir la carga, y llegar a ellos con más recursos.

1.    Las transiciones

Cuando un niño termina una actividad que le gusta, sale del parque, apaga la televisión o pasa de un lugar a otro: las transiciones son uno de los detonadores más frecuentes y también de los más predecibles. El cerebro de un niño de 2 años vive completamente en el presente (no tiene la capacidad de proyectarse hacia lo que viene después) así que un cambio abrupto es, desde su perspectiva, una ruptura de su mundo. Anticipar con tiempo real ayuda mucho: no decir “en 5 minutos nos vamos” porque el tiempo todavía es abstracto para ellos, pero por ejemplo con mis estudiantes teníamos canciones específicas que les indicaba a los niños que era momento de pasar de una actividad a otra. Por ejemplo, después de almorzar, ellos iban al baño y cantábamos todos juntos “Twinkle Twinkle little star” y esto les ayudaba a recordar que era hora de alistarse para dormir. Asimismo, es clave que sea consistente. Cuando se utiliza la misma canción todos los dias para indicar una transición, los niños la esperan y sienten seguridad de saber lo que va a pasar.

2.    El hambre y el cansancio

Un niño con hambre o sin la siesta que necesita tiene el umbral de regulación por el piso. Esto pasa porque el nivel de glucosa en la sangre afecta directamente la capacidad de regulación emocional, y la falta de sueño compromete el funcionamiento de la corteza prefrontal todavía más de lo que ya está comprometida. Antes de buscar explicaciones complejas sobre por qué hoy estuvo imposible, vale la pena preguntarse si comió bien y si durmió suficiente. Para esto, sirve mucho guiarse por las ventanas del sueño por edad que se pueden revisar en internet.

3.    Los ambientes sobre estimulantes

Algunos ejemplos de lugares que pueden ser sobre estimulantes para un niño pueden ser un centro comercial lleno de gente, una reunión familiar con música a todo volumen, una tarde con demasiadas actividades seguidas: la sobreestimulación sensorial satura el sistema nervioso de un niño mucho más rápido de lo que imaginamos. Cuando hay muchos estímulos al mismo tiempo, la capacidad del sistema nervioso de los niños que ya es más limitada que la nuestra se agota y por eso ocurre ese desborde emocional.

4.    Los lugares y situaciones que nadie le anticipó

Los niños necesitan saber qué va a pasar porque la incertidumbre activa el sistema de amenaza del cerebro. Llegar a un lugar desconocido sin ninguna preparación previa, o enfrentar una situación nueva sin que nadie se la haya explicado con anticipación, genera una activación que muchas veces se descarga en berrinche. Contarle antes de salir de la casa a dónde van, qué van a hacer, quién va a estar, etc (con palabras simples y con un tono tranquilo) es una de las intervenciones más subestimadas y más efectivas para ayudar a nuestros hijos.

5.    La acumulación de frustraciones pequeñas

A veces el berrinche no tiene un detonador obvio. Pareciera que explotan de la nada, pero lo que pasa en esos casos es que el niño llega al final del día con muchos “no”, pocas oportunidades de autonomía real, demasiadas interrupciones y/o poca conexión con sus cuidadores principales. Cualquier cosa pequeña puede ser la gota que derrama el vaso.

Qué puedes hacer tú

1.    Acompañar la emoción en vez de apagarla

Lo que de verdad ayuda a nuestros hijos durante un berrinche no es calmarlo rápido, es estar presente mientras pasa. Siegel y Bryson (2011) lo llaman “connect then redirect”: primero hay que conectar y después se puede orientar. Intentar razonar o redirigir mientras el niño está en pleno desborde no funciona porque el lóbulo prefrontal está fuera de juego, es decir que no hay con quién hablar todavía. Lo que sí funciona es nuestra presencia física, usar voz baja, pegarlo a nuestro cuerpo tranquilo. El sistema nervioso del niño se regula en relación con el nuestro (eso se llama co-regulación) (Gunnar & Donzella, 2002).

Cuando pasa ese desborde emocional, ahí sí hay espacio para nombrar lo que ocurrió con palabras simples: “te dio mucha rabia cuando tuvimos que salir del parque. Eso fue difícil.” No como lección ni como corrección, sino para ayudarle a construir el lenguaje emocional que con el tiempo va a reemplazar al berrinche.

2.    Preguntarte qué es lo que más te cuesta a ti

Algo que pocas personas mencionan en los artículos sobre berrinches es que la respuesta del adulto depende enormemente del estado interno del adulto. El llanto de un niño está diseñado evolutivamente para ser una señal de alarma y si además cargas con tu propia historia, con poco sueño, con estrés acumulado, o con mensajes aprendidos de que las emociones fuertes son un problema, el umbral para activarte es mucho más bajo.

Vale la pena hacerse algunas preguntas con honestidad: ¿qué es lo que más me cuesta del berrinche de mi hijo? ¿Es el llanto en sí? ¿La sensación de no poder controlarlo? ¿El miedo a lo que piensen otros? ¿Algo que me recuerda a mi propia infancia? Identificarlo no lo resuelve de inmediato, pero abre una puerta y en la medida en que puedas trabajar eso (en terapia, en conversaciones honestas, en espacios de acompañamiento propio) tu capacidad de co-regular a tu hijo también crece.

3.    Buscar apoyo para ti también

Esto no debería ser un plus ni una señal de debilidad: debería ser una prioridad. Co-regular a un niño durante meses y años requiere que alguien también te sostenga a ti. Esa persona puede ser tu esposo, una amiga, tu mamá, una red de apoyo, una profesional. Lo que no puede ser es que tú estés siempre del lado que da y nunca del lado que recibe.

Otro tip muy bueno es que cuando ya estás muy agotada y sientes que no puedes estar presente con calma, date permiso de pedirle a alguien que esté con el niño mientras tú te respiras y te distraes un rato. Unos minutos de pausa real valen más que intentar acompañar desde un lugar de desbordamiento. El niño necesita tu presencia regulada, no tu presencia al costo de todo lo demás. En el colegio en el que yo trabajaba, teníamos el acuerdo con las otras 2 profesoras que cuando notaramos que alguna estaba desregulada por el tono de voz que estabamos usando con los niños, intercambiabamos de papel y así la que estaba desregulada recibí ayuda (esto tambien lo podrias intentar con otro adulto de confianza para ti).

Por dónde empezar

Si después de leer todo esto sientes que son demasiadas cosas a la vez, te propongo que empieces por una sola: la próxima vez que venga el berrinche, antes de hacer cualquier otra cosa, respira tú primero. Una exhalada larga (más larga que la inhalada) activa el nervio vago y baja tu activación en segundos. Ese pequeño cambio, hace toda la diferencia.

Al mismo tiempo, haría las paces con que no siempre vamos a poder responder de la manera ideal a los berrinches de nuestros hijos y está bien. De hecho, me parece importante que nuestros hijos vean en nosotras que también nos equivocamos y también nos desbordamos emocionalmente. Lo que me parece clave en estas situaciones es siempre hablar con ellos si llegamos a equivocarnos y explicarles que a nosotras también nos pasa, nos desbordamos y podemos decir cosas hirientes o usar un tono de voz alto y pedir disculpas. Al final de cuentas, lo más importante es que vean que estamos intentando ser la mejor versión de nosotras mismas para ellos, pero que ese proceso de trabajo y sanación personal es para toda la vida.

Escrito por:

Carolina Calderón

Psicóloga y Guía Montessori

Referencias

Bowlby, J. (1988). A secure base: Parent-child attachment and healthy human development. Basic Books.

Greene, R. W. (2014). The explosive child: A new approach for understanding and parenting easily frustrated, chronically inflexible children. Harper Paperbacks.

Gunnar, M., & Donzella, B. (2002). Social regulation of the cortisol levels in early human development. Psychoneuroendocrinology, 27(1–2), 199–220.

Perry, B. D., & Szalavitz, M. (2006). The boy who was raised as a dog: And other stories from a child psychiatrist’s notebook. Basic Books.

Siegel, D. J., & Bryson, T. P. (2011). The whole-brain child: 12 revolutionary strategies to nurture your child’s developing mind. Delacorte Press.

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