Guión para decir “no” sin perder la armonía familiar

Yo creo que, como mamá, lo que más me ha impresionado desde que tuve a mi bebé es el hecho de que absolutamente todo el mundo se quiere meter y opinar en mi forma de criar, cuidar o proteger a mi hijo. Me produce muchísima curiosidad saber por qué personas que nunca se han metido ni me han comentado nada sobre mis decisiones de vida de repente sienten ese impulso de querer meterse en las decisiones más importantes de mi familia. Por esta razón, y por lo mucho que esto me ha afectado, decidí hacer este blog y compartir con ustedes, mamás, mis reflexiones al respecto.

En primer lugar, hay que aclarar que yo sé que todas amamos a nuestras familias. Les debemos quiénes somos… pero al mismo tiempo es cierto que criamos distinto (ya sea por personalidad, por diferencia de época, de formación o de creencias). Ahora bien, no creo que ese sea un conflicto que haya que resolver o eliminar, sino que es, simplemente, parte de convertirse en mamá. Por eso, antes de hablar de técnicas o frases, quiero decirles algo que ojalá alguien me hubiera dicho a mí antes: su intuición como mamá es la información más valiosa que puede haber. No necesitamos la aprobación de nadie más para confiar en lo que sentimos que es correcto para nuestro hijo, aunque la familia extensa piense distinto.

Los límites como expresión de amor

Uno de los malentendidos más comunes es pensar que poner un límite equivale a rechazar a la persona que lo recibe. Pero la psicología humanista nos ofrece una idea muy linda para desarmar esa creencia: la de la consideración positiva incondicional, propuesta por Carl Rogers, que plantea que es posible aceptar y valorar profundamente a una persona sin necesidad de aprobar todas sus conductas (Rogers, 1961). Dicho de otra forma: puedes amar profundamente a tu mamá o a tu suegra y, al mismo tiempo, decirle con firmeza que en tu casa las cosas se hacen distinto. Una cosa no anula la otra.

Ahora, hay algo que hace toda la diferencia y que pocas veces se menciona: los límites solo funcionan cuando son un proyecto de pareja. Si tú pones un límite y tu pareja no lo sostiene (o lo contradice frente a su familia), ese límite se disuelve. No se trata de estar de acuerdo en todo, sino de sentarse, hablar y decidir juntos qué es innegociable para ustedes como familia. Cuando ambos están alineados, cada uno puede sostener el límite frente a su propia familia con seguridad, sin sentir que está solo peleando una batalla.

Antes de poner límites afuera, hay que mirar adentro

Poner límites a quienes nos criaron (o a quienes ayudaron a criar a nuestra pareja) toca heridas muy profundas. A veces no es tan simple como “decir que no”: es enfrentar culpa heredada, patrones que ni siquiera sabíamos que cargábamos, voces internas que repiten lo que escuchamos de niñas, etc. Abraham Maslow (1943, 1954) hablaba de la autorrealización como ese proceso continuo de convertirnos en la versión más auténtica de nosotras mismas, integrando quiénes fuimos con quiénes elegimos ser. La maternidad es, quizás, uno de los procesos de autorrealización más fuertes que existen, porque nos obliga a mirarnos, a cuestionar lo que heredamos y a decidir, con conciencia, qué queremos repetir y qué queremos transformar.

¿Es difícil? Sí, es difícil y probablemente va a generar tensión con quienes más amamos. Pero, al mismo tiempo, hay que entender que cuando nos convertimos en mamás, hay una nueva versión de nosotras que emerge y que no le debe explicaciones a nadie más que a nuestra propia coherencia interna.

Límites que no son negociables

Aquí quiero introducir un concepto muy poderoso de la terapia familiar sistémica: la diferenciación del self, planteada por Murray Bowen (1978), que describe la capacidad de mantener nuestra propia identidad y criterio incluso dentro de vínculos emocionalmente intensos, como el familiar. Diferenciarnos no es alejarnos ni rechazar a nuestra familia de origen; es poder decir “así criamos nosotros” sin que eso se sienta como una acusación hacia cómo nos criaron a nosotras o a nuestros esposos.

Está bien escuchar consejos cuando, como familia, decidimos con conciencia que queremos escucharlos y permitir que otras personas, gracias a su experiencia, nos cuenten qué harían frente a alguna situación particular. Pero también está igual de bien (de hecho, es sano) reconocer que hay decisiones de crianza que tomamos como pareja y que no están en discusión, y que no queremos que nadie comente. Por ejemplo, cómo dormimos a nuestro hijo, qué comemos, cómo manejamos las pantallas, cómo disciplinamos, etc. En algunos casos, y con algunos temas específicos, no buscamos opiniones, y esperamos que, aunque nuestras familias no estén de acuerdo o lo harían distinto, nos apoyen.

Cómo comunicar los límites sin crear confrontación

La comunicación no violenta, propuesta por Marshall Rosenberg (2003), nos invita a expresar lo que necesitamos desde la claridad y la empatía, sin culpa ni ataque. Aplicado a la familia extendida, esto se traduce en frases simples pero firmes. Por ejemplo:

“Sabemos que lo dices con amor, pero para nosotros es importante hacerlo así.”

 “Entendemos que ustedes lo hicieron distinto, pero nosotros elegimos este camino para nuestro hijo.”

Un detalle que ha marcado una diferencia muy grande para nosotros es hablar siempre en plural. No decirle a los papás “mi esposo quiere esto”, sino “nosotros decidimos esto”. Ese pequeño cambio de lenguaje dice algo muy importante, y es que hay un equipo detrás de esa decisión, no una mamá “exagerada” imponiendo reglas sola.

Asimismo, es clave que cada uno se comunique con su propia familia de la manera en la que sabe que es la más apropiada. Por ejemplo, yo sé cómo hablarle a mis papás (toda la vida lo he hecho y tenemos una manera de decirnos las cosas que es muy de nuestra familia) y mi esposo sabe cómo hablarle a los suyos.

Cuando aparece la culpa

Nadie nos prepara para esto, pero la maternidad es, probablemente, el terreno donde más opiniones no pedidas vamos a recibir en nuestra vida. Todo el mundo comenta, todo el mundo opina, todo el mundo se siente con derecho a meterse… y en medio de eso, es fácil empezar a sentir culpa, porque hay personas que, cuando se les ponen límites, se sienten muy ofendidas, y eso nos lleva como mamás a cuestionarnos y a dudar de nuestras decisiones.

Ahora bien, hay que entender que la culpa que aparece al poner límites no es una señal de que estamos haciendo mal las cosas; es la señal de que estamos desaprendiendo un patrón muy antiguo, el de complacer para pertenecer o para mantener la armonía familiar. Hacer las paces con que los demás piensen lo que quieran de ti, siempre y cuando tú estés tranquila de corazón sabiendo que todo lo que haces lo haces porque desde el amor sientes que es lo mejor para tu familia, es probablemente uno de los aprendizajes más liberadores de la maternidad.

Conclusión

Después de todo lo anterior, creo que uno de los puntos más importantes es, de verdad, enfocarnos mucho en escuchar nuestra intuición, porque al final es nuestro turno de maternar, de cometer los errores que tengamos que cometer y de gozarnos este sueño tan grande que es construir nuestra propia familia. Si todavía no han tenido estas conversaciones con sus familias, denle prioridad a hacerlo, ojalá antes de que lleguen los nietos y llegue el conflicto (anticipar siempre es más fácil que reparar).

Por último, me parece importantísimo que como familia escojan sus batallas. No todo merece un límite firme o un conflicto; algunas cosas se pueden dejar pasar con una sonrisa. Hay que guardar nuestra energía y firmeza para lo que de verdad importa, porque si no vamos a terminar totalmente desgastadas. Al final, poner límites no es alejar a tu familia o a la de tu esposo, sino que es la forma más honesta que tienes de decirles cuánto amas a la tuya.

Escrito por:

Carolina Calderón

Psicóloga y Guía Montessori

Referencias

Bowen, M. (1978). Family therapy in clinical practice. Jason Aronson.

Maslow, A. H. (1943). A theory of human motivation. Psychological Review, 50(4), 370–396.

Maslow, A. H. (1954). Motivation and personality. Harper & Row.

Rogers, C. R. (1961). On becoming a person: A therapist’s view of psychotherapy. Houghton Mifflin.

Rosenberg, M. B. (2003). Nonviolent communication: A language of life (2nd ed.). PuddleDancer Press.

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