Entendamos cómo las pantallas durante las comidas pueden influir en la relación de nuestros hijos con la comida, su desarrollo y la convivencia familiar.
Por María Gómez, mamá de 3 y coach de nutrición.
Si eres mamá, probablemente has vivido esta escena: tu hijo lleva un tiempo sentado en la mesa y solo juega con ella, tu por otro lado tienes mil cosas por hacer y como una solución fácil aparece el celular. En segundos abre la boca, come todo y sientes un enorme alivio.
Lo entiendo perfecto.
Soy mamá de Agustín, Alicia y Gregorio, coach de nutrición y una apasionada de la crianza respetuosa. Precisamente porque conozco lo retadora que puede ser de la maternidad, sé que las pantallas durante las comidas no aparecen porque “los papás lo hacen mal”.
Aparecen porque muchas veces estamos cansados, estamos intentando atender a varios hijos al mismo tiempo o simplemente buscamos sobrevivir a un momento difícil .
Desde que nacieron mis hijos, me he puesto a investigar sobre el tema, especialmente sobre estudios que demuestran cómo podemos hacer que nuestros hijos tengan una mejor relación con la comida y por esta razón, quisiera contarles un poco de lo que he entendido.
La hora de comer es mucho más que nutrirse
Cuando pensamos en la alimentación infantil generalmente nos enfocamos en los nutrientes: proteínas, hierro, vitaminas, calcio, entre otros, pero, pienso que va mucho más allá que eso.
Cuando un niño come, descubre nuevos sabores, fortalece habilidades motoras, practica el lenguaje, aprende normas sociales…
Las investigaciones muestran que las comidas familiares se asocian con una alimentación de mejor calidad en un futuro, un mayor consumo de frutas y verduras, mejores habilidades comunicativas e incluso un mejor bienestar emocional.
Por eso la mesa nunca ha sido solamente un lugar para comer y ya, pues es uno de los primeros espacios donde nuestros hijos aprenden habilidades esenciales para la vida.
¿Qué pasa en el cerebro cuando un niño come viendo una pantalla?
Nuestro cerebro tiene una capacidad limitada para procesar información.
Cuando un niño está viendo una caricatura o un video en una pantalla, gran parte de su atención está dirigida a las imágenes en movimiento, los sonidos, la música y los cambios rápidos de escena.
La comida pasa a un segundo plano.
Esto puede provocar que el niño se demore en reconocer que ya está satisfecho, que coma automáticamente o que apenas se acuerde qué comió.
A este fenómeno se le conoce como alimentación distraída (distracted eating), y ha sido ampliamente estudiado tanto en niños como en adultos.
Cuando el cerebro no presta atención al acto de comer, también registra peor la experiencia alimentaria. Esto puede afectar la memoria sobre cuánto se comió y dificultar que el niño aprenda a identificar sus propias señales de hambre y saciedad.
Qué pasa cuando nuestros hijos comen distraídos?
Los bebés nacen con una increíble capacidad para regular cuánto necesitan comer.
Si miramos a un bebé sano, veremos que deja de comer cuando está satisfecho y vuelve a pedir comida cuando siente hambre.
Con el crecimiento aparecen muchos factores externos que pueden interferir con esa capacidad: la presión para terminar el plato, los premios con comida, los castigos… y también las pantallas.
Diversos estudios han encontrado que las distracciones durante las comidas disminuyen la atención hacia las señales internas del cuerpo.
No significa que un episodio ocasional vaya a generar un problema.
Significa que, cuando la pantalla está presente en la mayoría de las comidas, el niño tiene menos oportunidades de practicar una habilidad que va a usar durante toda su vida: reconocer cuándo tiene hambre y cuándo ya está “lleno”.
El riesgo de sobrealimentación
Uno de los hallazgos más consistentes en la investigación es que las pantallas durante las comidas pueden asociarse con un mayor consumo energético.
¿Por qué pasa?
Porque cuando nuestra atención está concentrada en otro estímulo, comemos en “piloto automático”.
Algo parecido sucede cuando nosotros terminamos un paquete de galletas viendo una película y, al terminar, ni siquiera sabemos cuántas comimos.
No es falta de disciplina, es la forma en que funciona nuestro cerebro.
En niños, además, varios estudios muestran que quienes comen frecuentemente frente al televisor tienden a consumir menos frutas y verduras y más alimentos ultraprocesados y bebidas azucaradas (mira los estudios en las referencias al final de este blog).
Es importante aclarar que estas investigaciones muestran asociaciones, no una relación de causa y efecto absoluta.
Sin embargo, los resultados son consistentes entre diferentes poblaciones y respaldan la recomendación de evitar las pantallas durante las comidas siempre que sea posible.
Pero el impacto va mucho más allá del peso
Cuando hablamos de pantallas en la mesa podemos pensar inmediatamente en obesidad.
Sin embargo, reducir el problema únicamente al peso es quedarse muy corto.
La hora de comer también fortalece:
- el lenguaje
- la convivencia
- la regulación emocional
- la capacidad de esperar turnos
- la curiosidad por nuevos alimentos
- el sentido de pertenencia familiar.
Los niños aprenden mirando.
Cuando ven que los adultos prueban alimentos diferentes, conversan, se ríen y disfrutan ese momento, también están aprendiendo cómo relacionarse con la comida.
La pantalla interrumpe una gran parte de ese aprendizaje social.
¿Qué dicen la OMS y la Academia Americana de Pediatría?
La Organización Mundial de la Salud recomienda limitar el tiempo sedentario frente a pantallas en los menores de cinco años y promover actividades que favorezcan la interacción con los cuidadores.
Por otra parte, la Academia Americana de Pediatría insiste en crear momentos y espacios libres de pantallas dentro del hogar, especialmente durante las comidas familiares y antes de dormir.
¿Por qué hacen tanto énfasis en esto?
Porque la alimentación es una actividad que involucra mucho más que ingerir calorías. También implica comunicación, aprendizaje, autorregulación y vínculos afectivos.
Las recomendaciones actuales no buscan demonizar la tecnología. Buscan proteger esos momentos del día que tienen un enorme valor para el desarrollo infantil.
El problema no es una comida aislada
Esta es probablemente la parte que más tranquilidad da.
Ningún estudio serio concluye que un niño vaya a desarrollar problemas porque un día comió viendo una película durante un viaje o porque una tarde vió el celular para poder atender una emergencia.
La ciencia estudia patrones.
Es decir, lo que pasa cuando la mayoría de las comidas dependen de una pantalla.
Como sucede con la alimentación, el sueño o el ejercicio, lo importante no es la excepción.
Es el hábito.
“Si le quito la pantalla, no come”
Esta es una de las frases que más les oigo a las mamás con las que hablo y es completamente entendible.
Muchas familias llevan meses o incluso años usando la pantalla como parte de la rutina de alimentación.
El cerebro del niño aprende esa asociación.
Comida = pantalla.
Cuando la quitamos, aparece la frustración.
No porque el niño sea manipulado o desafiante.
Simplemente porque estamos modificando una rutina que su cerebro esperaba.
La buena noticia es que el cerebro infantil también tiene una enorme capacidad para adaptarse.
Con paciencia y consistencia, la mayoría de los niños logra volver a disfrutar las comidas sin necesidad de un estímulo externo.
¿Y si come menos?
Este puede ser el mayor miedo de los papás.
La respuesta corta es: probablemente sí… al principio.
Y eso no necesariamente es un problema.
Cuando dejamos de distraer al niño, muchas veces comienza a prestar atención a algo que antes pasaba desapercibido: ya está lleno.
Otros niños simplemente necesitan un tiempo para adaptarse al nuevo ambiente.
Los expertos en alimentación infantil recuerdan que debemos evaluar la alimentación de un niño a lo largo de varios días o incluso semanas, no por una sola comida.
Un almuerzo pequeño rara vez significa una mala nutrición.
¿Y si mi hijo es muy selectivo para comer?
Aquí es importante hacer una diferencia.
No todos los niños que necesitan una pantalla para comer son “mañosos”.
Muchos están atravesando una etapa normal del desarrollo llamada neofobia alimentaria, que consiste en el rechazo natural hacia alimentos nuevos y suele aparecer entre los dos y los seis años.
En estos casos, la pantalla puede hacer que el alimento “entre”, pero no ayuda a que el niño aprenda a aceptarlo.
De hecho, varios especialistas consideran que distraer al niño mientras come reduce la oportunidad de explorar colores, olores, texturas y sabores, experiencias fundamentales para ampliar el repertorio alimentario.
Si la selectividad es muy intensa, afecta el crecimiento o limita severamente la alimentación, conviene consultar con un profesional capacitado en alimentación infantil.
El ejemplo de los adultos
Hay algo de lo que hablamos poco.
No solo importa el celular del niño.
También importa el nuestro!
Cuando respondemos mensajes durante la comida o revisamos redes sociales mientras nuestros hijos comen, sin querer transmitimos que ese momento no merece toda nuestra atención.
No hace falta ser perfectos, pero intentar dejar el celular a un lado durante veinte o treinta minutos puede marcar una enorme diferencia.
Nuestros hijos aprenden mucho más de lo que observan que de lo que les decimos.
La crianza respetuosa también pone límites
A veces confundimos crianza respetuosa con evitar cualquier frustración.
Pero respetar no significa decir sí a todo.
Significa acompañar las emociones mientras sostenemos límites claros y coherentes.
Podemos decir:
“Entiendo que quieras ver tu película mientras comes, pero esta vez vamos a comer juntos sin pantallas. Prefieres comer en este plato o en este?”
El límite permanece.
Pequeños cambios que hacen una gran diferencia
No hace falta transformar toda la rutina de un día para otro.
Puedes empezar por acciones muy sencillas:
- apagar el televisor durante una comida.
- dejar los celulares fuera de la mesa.
- comer juntos siempre que sea posible.
- hacer una pregunta de un tema interesante en lugar de insistir con “come”.
- permitir que el niño manipule los alimentos.
- respetar sus señales de hambre y saciedad.
- evitar negociar cada bocado.
Con el tiempo, estos pequeños hábitos construyen una relación mucho más saludable con la comida.
La meta no es criar hijos que nunca vean pantallas
Vivimos en un mundo digital.
Las pantallas forman parte de nuestra vida y probablemente seguirán haciéndolo.
No se trata de eliminarlas, sino de decidir conscientemente cuáles son esos momentos del día que vale la pena proteger.
Y la hora de comer es uno de ellos.
Porque alrededor de una mesa no solo comemos, también pasamos tiempo de calidad con nuestros hijos, construimos recuerdos, una relación con la comida que acompañará a nuestros hijos durante toda la vida.
Como mamá, yo tampoco tengo comidas perfectas.
Hay días caóticos, platos que nadie quiere probar, bebés llorando y horarios imposibles, pero leer sobre este tema y saber sus consecuencias a largo plazo, me hace tomar cada día esta decisión con más firmeza y seguridad.
Pues cada comida compartida, incluso cuando dura apenas quince minutos, es una oportunidad para enseñar algo mucho más importante que terminar un plato.

Escrito por:
Maria Gómez
Coach de Nutrición
Referencias
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