Cómo intervenir de manera respetuosa y efectiva
Hay pocas situaciones que generan tanta incomodidad en nosotras como mamás como ver a uno de nuestros hijos pegarle a otro niño. Lo he visto muchas veces a lo largo de mi trabajo como guía Montessori y también lo he hablado con varias familias y todas suelen coincidir en que es muy duro ver a uno de nuestros hijos hacerle daño a otro y sobretodo, es muy complicado saber qué hacer para que este comportamiento pare.
Lo primero que quiero decir al respecto de este tema es algo que considero fundamental: un niño que pega no es un niño que quiere hacer daño o que es malcriado. Tampoco es necesariamente un niño agresivo, dominante o problemático. La mayoría de las veces, un niño que pega es un niño que todavía no tiene las herramientas necesarias para gestionar una emoción intensa, defender un límite, comunicar una necesidad o desenvolverse en una situación social compleja.
Cuando entendemos esto, dejamos de ver el comportamiento como un problema que hay que eliminar y empezamos a verlo como una información valiosa sobre lo que el niño necesita aprender (qué es lo que este comportamiento nos está intentando decir?). Este cambio de mirada transforma completamente nuestra forma de intervenir y de ver a nuestros hijos.
¿Por qué los niños pegan?
Desde una perspectiva Montessori, el comportamiento siempre tiene una necesidad detrás. Los niños no actúan para manipularnos, ni para hacernos quedar mal frente a otros adultos, ni para hacer daño. Actúan desde el nivel de desarrollo en el que se encuentran y creo firmemente en que como mamás deberíamos intentar ver todas las situaciones en las que están nuestros hijos desde una mirada de “la interpretación más generosa”. Con esto quiero decir que como mamás deberíamos estar siempre del lado de nuestros hijos y saber que sus comportamientos son solo la expresión de algo que no pueden poner en palabras.
Además, en los primeros años de vida, el cerebro todavía está construyendo las habilidades que más adelante permitirán regular impulsos, tolerar frustraciones, esperar turnos, resolver conflictos verbalmente y considerar el punto de vista de otra persona. Por eso, cuando un niño pega, suele estar ocurriendo alguna de estas situaciones:
- Está frustrado y no sabe expresar lo que siente.
- Quiere un objeto que otro niño tiene.
- Se siente invadido o incómodo.
- Está cansado, hambriento o sobreestimulado.
- Está experimentando con las relaciones sociales.
- No tiene el lenguaje suficiente para comunicar lo que necesita.
- Ha perdido momentáneamente el control de sus impulsos.
Ahora bien, nada de esto convierte la agresión en algo aceptable. Sin embargo, sí nos ayuda a entender que el objetivo no es castigar a nuestro hijo, sino enseñarle habilidades que todavía está desarrollando y acompañarlo a entender lo que realmente necesita.
¿Qué hacer cuando nuestro hijo pega?
Cuando un niño pega, nuestra prioridad no es corregirlo ni darle una lección moral, sino que nuestra prioridad es detener el comportamiento de manera calmada y proteger a todos los involucrados. Eso significa intervenir físicamente si es necesario (que en la mayoría de los casos lo es). Podemos acercarnos, poner una mano suave pero firme para impedir otro golpe y decir algo sencillo:
“Voy a ayudarte. No puedo permitir que pegues.” Me gusta esta frase porque transmite dos mensajes importantes al mismo tiempo. Por un lado, establece un límite claro: no voy a permitir que lastimes a otros. Por otro, comunica algo igualmente importante: estoy aquí para ayudarte. No hay amenaza, humillación, ni juicios.
Lo que generalmente hacemos y no ayuda realmente
Cuando tenemos pena de la situación o estamos nerviosas es fácil reaccionar desde la emoción. Sin embargo, muchas respuestas habituales terminan dificultando el aprendizaje.
Por ejemplo decir:
- “¿Qué te pasa?”
- “Eso no se hace.”
- “Eres un niño malo.”
- “Si vuelves a pegar nos vamos para la casa.”
- “Pídele perdón ya mismo.”
Aunque estas frases generalmente se dicen con buena intención, ninguna ayuda realmente al niño a desarrollar autocontrol. La emoción de la vergüenza o el miedo rara vez enseña. Asimismo, las disculpas obligadas tampoco enseñan empatía. De hecho, cuando un niño está desregulado, su cerebro no se encuentra en condiciones de procesar reflexiones complejas o largas. Primero necesita recuperar la calma con nuestra ayuda y propia regulación y después de eso si tendrá la capacidad de aprender.
¿Hay que obligarlo a pedir perdón?
Esta es una pregunta muy frecuente. Personalmente, no creo que obligar a los niños a pedir perdón funcione a pesar de que varias familias crean lo contrario. No porque las disculpas no sean importantes, sino porque una disculpa auténtica nace de la comprensión y la empatía, no de la presión adulta. Cuando obligamos a un niño a decir “perdón”, muchas veces solo le enseñamos una palabra social vacía. Aprende qué palabra debe pronunciar para que los adultos queden tranquilos pero ellos realmente no están ni entendiendo ni interiorizando su significado. Los niños comienzan a entender las bases del arrepentimiento y la empatía entre los 3 y 4 años, pero logran comprender el concepto real y complejo del perdón hasta los 7 u 8 años
En vez de forzar una disculpa, podemos ayudarlo a reparar.
Por ejemplo:
“Veo que Martín está llorando. Vamos a ver si necesita ayuda. Vamos a traerle hielo para su pierna y le preguntamos juntos si esta bien”
¿Qué hacer después de la reparación?
Una vez que nuestros hijos repararon y están tranquilos, podemos hablar sobre lo que pasó. Este momento es importante porque es cuando verdaderamente se da el aprendizaje.
La conversación debe ser corta, concreta y adaptada a la edad.
Podemos decir algo como:
“Querías la pala y te sentiste frustrado y le pegaste a Martin. No te dejé pegar porque pegar duele mucho. A la próxima vez puedo ayudarte a decir: ¿Me prestas la pala cuando termines?’”
De esta manera nos cercioramos de no minimizar la emoción, ya que la frustración que sienten nuestros hijos en sus interacciones sociales es importante y válida. Después de eso, podemos y debemos enseñar que no todas las formas de expresar esa emoción son aceptables.
En Montessori hablamos con frecuencia de este equilibrio: aceptar todos los sentimientos, pero no todos los comportamientos.
La importancia de observar antes de intervenir
Algo que he aprendido después de muchos años observando niños es que los golpes rara vez aparecen de la nada sino que generalmente existen señales previas. De pronto el niño llevaba varios minutos intentando conseguir un juguete o de pronto otro niño estaba invadiendo constantemente su espacio. De pronto pudo haber estado cansado o el parque estaba muy lleno y el parque fue muy sobre estimulante.
Cuando comenzamos a observar estos patrones, podemos intervenir antes de que aparezca la agresión y esa intervención preventiva suele ser mucho más efectiva que cualquier corrección posterior.
¿Cómo prevenir que siga pasando?
Aunque no existe una fórmula mágica, hay varias estrategias que pueden ayudar significativamente.
Nombrar emociones todos los días
Los niños desarrollan inteligencia emocional cuando escuchan a los adultos poner palabras a las experiencias internas.
- “Pareces frustrado.”
- “Te sentiste decepcionado.”
- “Veo que estás muy emocionado.”
Con el tiempo, estas palabras sustituyen comportamientos impulsivos.
Enseñar alternativas concretas
No es suficiente decir “no pegues” sino que necesitamos mostrar qué puede hacer en vez de pegar.
Por ejemplo en la casa pueden practicar antes de salir al parque alternativas que puede hacer nuestro hijo cuando alguna situacion que suele disparar el golpe aparece:
- Pedir ayuda a un adulto.
- Decir “no me gusta”.
- Alejarse.
- Esperar su turno.
- Pedir el juguete con palabras.
Estas habilidades requieren práctica constante.
Leer cuentos sobre emociones y conflictos
Los libros permiten explorar situaciones difíciles cuando el niño está tranquilo. Además, ofrecen lenguaje y modelos de comportamiento que luego pueden utilizarse en la vida real.
No se trata de usar los cuentos como una herramienta correctiva, sino como una oportunidad para ampliar la comprensión emocional.
Favorecer mucho movimiento libre
Los niños necesitan mover su cuerpo constantemente. Necesitan correr, trepar, saltar, empujar objetos pesados y explorar el entorno contribuye al desarrollo de la autorregulación. En ese sentido, un niño que puede satisfacer sus necesidades de movimiento suele tener más recursos para gestionar situaciones sociales complejas que aquellos que no tienen esta oportunidad.
Supervisar sin sobre controlar
Otra cosa clave que hay que tener en cuenta es que tenemos que ser cuidadosas en tampoco intervenir demasiado en las interacciones sociales que tienen nuestros hijos por miedo a que ocurra un accidente. A veces pasamos de intervenir demasiado tarde a intervenir demasiado pronto y tenemos que recordarnos constantemente que el objetivo no es controlar cada interacción porque los niños necesitan practicar habilidades sociales con libertad y de manera auténtica.
Nuestra función, realmente consiste en estar disponibles para acompañar y guiar cuando sea necesario, no en dirigir cada minuto de juego.
Cuentos y videos recomendados
Cuentos disponibles en Amazon:
Cuento What to Do When You Feel Like Hitting
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The rainbow fish read by by Ernest Borgnine
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Escrito por:
Carolina Calderón
Psicóloga y Guía Montessori






